Capíulo diez
CAPÍTULO DIEZ
CHARLOTTE
Charlotte ya no sale por la puerta principal.
Está empezando noviembre y está anocheciendo.
La joven salta por el alféizar y atraviesa el jardín; en el camino quisiera expulsar de su cuerpo la frustración que le provocan las excusas insulsas de Beatrice.
Es irritante que su amiga se niegue a ver el contexto completo y evite las actividades de la Unión por Mrs. Pennington.
Pero apenas llega a la sala de reuniones, Charlotte ya no se siente sola.
El lugar está lleno de mujeres, algunas son más jóvenes, otras la triplican en edad, renquean y caminan con bastón, pero todas llevan alguna combinación de violeta, blanco y verde, los colores de la Unión.
Hoy vinieron todas: las Hurston están en el pueblo.
Adeline se dirige a la multitud flanqueada por su hija Isabel y Polly, la infalible organizadora de Cambridgeshire.
La fundadora de la organización es tan impactante en persona como en las fotografías de los periódicos, pero es aún más magnética; lleva el cabello gris plata recogido bajo el sombrero, un vestido de terciopelo malva haciendo juego y, cruzada en el pecho, la banda de las suffragettes.
Isabel está de pie junto a ella, como un figurín de Selfridge’s, con sus labios de muñeca y los ojos muy separados, es igual que su madre pero en miniatura y joven.
—Me complace anunciarles que, el mes próximo, la Unión Social y Política de las Mujeres va a celebrar su Parlamento anual en Londres —dice Adeline con voz imponente—.
Como muchas ya saben esta es la oportunidad de reunir a todas nuestras sedes regionales y unificar esfuerzos para planificar las estrategias a implementar el año que viene.
—Por primera vez —añade Isabel—, vamos a convocar nuestro Parlamento de las Mujeres en el Royal Albert Hall.
Los murmullos crecen por todo el salón. Hasta Charlotte, que nunca fue a Londres, ha oído hablar del Royal Albert Hall: en su escenario se presentan óperas, orquestas y políticos de nivel internacional.
—Nos proponemos vender seis mil entradas, que es toda la capacidad de la sala —dice Adeline—. Estoy segura de que estaremos a la altura de semejante hazaña.
Charlotte no puede dejar de mirar a Adeline Hurston.
Es tan diferente a su madre, que se empequeñece en cualquier evento social.
Mrs. Hurston tiene una presencia arrolladora, habla con seguridad, se planta.
Charlotte no se la imagina encorvada sobre los zapatos polvorientos de su marido o fregando el suelo de rodillas para que se vuelva a ensuciar en una hora.
Adeline Hurston, a diferencia de la madre de Charlotte, tiene un propósito en la vida .
Charlotte se lleva diez entradas para vender en la universidad después de la charla; siempre a escondidas, por supuesto. Isabel saluda a alguien con el brazo cuando Charlotte se está retirando. Tarda en caer en la cuenta de que la está saludando a ella.
Vuelve a casa resplandeciente de felicidad.
Va trastabillando por las calles conocidas, arrastra las botas por los caminos sinuosos que aprendió a recorrer en la oscuridad.
Repasa mentalmente los discursos, las voces, los argumentos inteligentes.
Se ríe, imagina a Adeline Hurston debatiendo con la sumisa Mrs. Foster.
Hasta Mrs. Pennington se sentiría intimidada al oír la inspirada oratoria de Adeline.
Acaricia los bordes suaves del broche metálico que guarda en el bolsillo.
No se atreve a sacarlo tan cerca del campus, pero esas dos palabras la llaman, aun estando escondidas: VOTO FEMENINO escritas en negrita.
Charlotte tiene un plan. Va a mostrar el broche y las entradas a Beatrice.
Cuando los vea no se va a poder resistir; asistirá a la próxima reunión, más si se trata de planificar el Parlamento de las Mujeres.
No importa que Beatrice no haya ido a vender periódicos un par de fines de semana, van a viajar juntas a Londres para el evento.
¡Será la primera vez que Charlotte vaya a la ciudad! Parece un sueño.
Al llegar, y para su desgracia, no nota la sombra que se proyecta desde la ventana de la habitación.
Charlotte ya está sentada a horcajadas sobre el alféizar, con la falda levantada casi hasta las caderas, cuando ve a Mrs. Pennington en la puerta; la mujer la contempla con los ojos entrecerrados y una mirada fulminante.
Charlotte se queda paralizada, como si la propia Medusa la hubiera convertido en piedra.
Esto es, si la gorgona fuera una mujer fea, tuviera cara de pez y sintiera placer por el giro que tomaron los acontecimientos esa noche.
—Podría decirse que este es el período de prueba más corto en la historia de Girton College, todo un récord —masculla Mrs. Pennington.
Marca las palabras, lo está disfrutando.
Debe de haber ensayado esa línea—. Qué eficiencia la tuya: pasar de la suspensión condicional a la expulsión con tanta rapidez.
A Charlotte se le hiela la sangre. Contempla la posibilidad de arrodillarse y suplicar, aunque le repugna la idea de conceder a Mrs. Pennington la sumisión que tanto ansía.
Charlotte analiza sus opciones rápidamente; le palpitan las sienes y se le nubla la vista.
La expulsión no es una posibilidad no, de ninguna manera.
¿Cuántos años tuvo que soportar la vida en el hogar de su padrastro, sin amigos y frustrada?
¿Cuántos años pasó buscando una salida con desesperación?
Cuando descubrió una universidad que milagrosamente aceptaba mujeres sintió que, por fin, su vida tenía un propósito.
Pasó varios meses encerrada entre libros para aprobar el examen de ingreso y compensar la pobre educación que había recibido en la escuela de su pueblo, mal equipada y a cargo de una maestra sobrecargada de trabajo.
Con la seguridad de que podía conseguir un lugar, rogó hasta que convenció a George y, después, persuadió a su madre. Por Dios, ¿qué va a decir su madre?
A pesar de todo Girton no fue lo que ella esperaba.
Aunque estaba acostumbrada a la soledad, nunca se había sentido tan sola como en estas últimas semanas.
Se preguntó qué pasaba con ella, por qué, sin importar adónde fuera, nunca se integraba.
Con las suffragettes, siento que pertenezco.
Pero no puede pensar así. Si tiene que abandonar Girton, si tiene que volver a casa de sus padres, también va a perder esa parte de su vida.
Charlotte no quiere sacrificar su libertad.
A pesar de que se sintió frustrada tantas veces al cerrar la puerta, ¡tiene una puerta propia que cerrar!
Y, seguramente, su vida aquí está empezando a tener algún sentido.
Los “y si…” le zumban en la cabeza hasta que emerge una claridad repentina.
Lamenta mucho más la pérdida de su libertad que el privilegio de ser estudiante.
No quiere pertenecer al grupo de las chicas de Girton para quienes la única meta en la vida es el matrimonio y el ascenso social.
Lo único que la retiene, la razón para levantarse de la cama todas las mañanas, ni siquiera está en Girton.
Y si ya no es bienvenida aquí, es porque no tiene nada que perder.
En realidad hace semanas que descuida sus clases.
Ocupa todas las horas de vigilia en tareas para la Unión.
Y por la noche sueña con el día en que pronunciará sus propios discursos, en el que van a tomar Cambridge por asalto y se presentarán frente a todos esos catedráticos pedantes, frente a los jóvenes ricos y las chicas insulsas, llevando la banda tricolor cruzada en el pecho.
—Te irás por la mañana —dice Mrs. Pennington cerrando la puerta. Charlotte se desploma en el suelo, pero no protesta.
Mrs. Pennington envía un telegrama a Sarah y a George al día siguiente. Charlotte corre al pueblo a enviar el suyo.
“Lo siento”, escribe, le da vueltas la cabeza por la preocupación y un poco también por la excitación. “Por favor, no vengan a buscarme. Les avisaré cuando llegue a Londres”. Londres . La palabra tiene el sabor de un conjuro.
Sabe que se van a enfurecer, sobre todo su madre.
Pero Londres —aunque nunca haya pisado esa ciudad, aunque nunca haya experimentado su primavera pegajosa ni la brisa del Támesis— la está llamando.
En el mismo instante en que decidió no suplicar por el perdón de Mrs. Pennington, Londres se le apareció como un faro; no había alternativa.
El comité central de la USPM, en la posada de Clement, es el destino inexorable.
Charlotte todavía conserva el sobre con dinero que le había entregado George al principio del semestre.
Son las últimas libras que va a recibir de él.
Pero, por suerte, casi no las ha tocado salvo para comprar algunos libros de texto.
Charlotte se pone la chaqueta de lana sobre el vestido y, por última vez (y la primera en mucho tiempo, si va a ser honesta consigo misma), se dirige a la entrada principal del Girton Hall.