Las buenas hijas Capíulo nueve
18%

Capíulo nueve

CAPÍTULO NUEVE

EMILY

Después de la muerte de Marianne, Thomas vuelve a casa a cenar.

Emily sirve la mesa, ambos comen poco y en silencio; para ellos mirar la silla vacía de Marianne es un acto reflejo, girar la cabeza también.

El decimoctavo cumpleaños de Emily pasa inadvertido para ambos y es mejor así.

No poder compartir ese día con su madre es demasiado doloroso, tanto que hasta despertarse por la mañana le consume hasta la última gota de energía.

Es una injusticia tan cruel que haya muerto la única persona en el mundo capaz de consolarla en estos tiempos de desdichas.

Los días se convierten en semanas. Thomas desaparece casi toda la noche, dice que trabaja hasta tarde.

A veces duerme en el suelo de su oficina, llega con el cabello revuelto y se tambalea al atravesar el patio cuando viene a cambiarse de ropa al día siguiente.

Emily sabe que no soporta la pena de dormir en la misma habitación donde murió Marianne; la presencia de su madre está grabada en cada superficie como flores prensadas en cera; su aroma todavía impregna el aire viciado.

Emily nota, también, las botellas vacías de licor que Thomas lleva consigo.

Y el frasco que guardaban en la alacena para juntar las monedas que sobraban ahora está vacío.

Un día, Emily está segura de que ve a su madre al final de un largo pasillo en Holloway.

La sigue sigilosamente como cuando era niña, hasta que la nueva guardiana se da vuelta y ella se detiene en seco; el rostro de la pobre mujer parece una máscara maléfica.

Emily no se molesta en preguntar el nombre de la persona contratada para reemplazar a su madre.

Se va a ir pronto. Nadie permanece en este trabajo si puede evitarlo.

Sus ojos y oídos la engañan, le traen pasos y sombras de fantasmas que le aceleran el corazón pero, de pronto, vuelve a la realidad.

El silencio es doloroso en la casa. Cada crujido, cada roce, cada paso son ensordecedores comparados con las palabras no dichas entre padre e hija, y la ausencia del canto y la risa de Marianne.

Emily está tan absorbida por la pena que dejó de registrar el nombre de las prisioneras como hacía su madre.

Una mañana se despierta y decide que eso se terminó.

Empieza a presentarse celda por celda. En poco tiempo deja de sentirse tan sola y encuentra algo de alivio para su dolor, al menos por un rato.

—¿Necesitas algo? —pregunta Emily, con cuidado de que no la escuchen su padre ni los guardias.

—Polvo dental, si es posible.

—Tela nueva para la regla. Gracias, señorita.

Sube y baja las escaleras desvencijadas y vuelve con los brazos cargados de provisiones.

Casi puede escuchar a su madre susurrándole al oído: “Ahora sé una niña buena y no le cuentes nada a tu padre”.

Emily descubre que cuando está ocupada puede pasar el día sin llorar.

Cuanto más ocupada está, más se apaga el dolor en el pecho.

Hornea pan negro y reparte rebanadas a las prisioneras. Lleva té a su padre.

—Lo estás haciendo bien —le dice en voz baja una de las prisioneras. Emily todavía no llega a esbozar una sonrisa, pero siente un calorcito por dentro aunque sea débil.

Se trata de Jessie, una suffragette de Lancashire, un condado cercano al lugar donde nació Emily.

Su padre murió en una mina cuando ella tenía ocho años.

Al siguiente empezó a trabajar en una fábrica textil junto a su madre y cuatro hermanas.

Fue allí donde perdió el dedo meñique izquierdo.

En el accidente, explica, la sangre salpicó todo el telar y provocó gritos de terror entre las obreras.

—Fue horroroso —recuerda como si nada—. Parecía la escena de un asesinato.

Emily se queda mirando el muñón de la mano izquierda y se pregunta cómo puede llevarlo tan bien. Jessie se da cuenta y esconde la mano detrás de la espalda.

—Sé que no es gracioso —dice—. Pero puedo reír o llorar y prefiero reír.

Emily entiende por primera vez por qué sus padres se mudaron a Londres.

A pesar de toda la nostalgia que sentía su madre por la vida en el campo, ellos tuvieron la suerte de irse.

Los pulmones tuberculosos de Marianne ya estaban muy dañados por años de inhalar el aire contaminado de la fábrica, la misma fábrica, tal vez, donde unos años más tarde Jessie pasaría su infancia.

Marianne no pudo salvarse, pero salvó a su hija del mismo destino.

La historia de Jessie es un espejo de la que podría haber sido la vida de Emily.

Esa noche, en la cama, atenta al regreso de Thomas, que va a venir borracho del bar, se pregunta si ella también podría elegir la risa.