Capíulo ocho
CAPÍTULO OCHO
BEATRICE
El fuego arde en la chimenea, el calor es abrasa dor.
Mrs. Pennington se empeña en mantener esa temperatura en su oficina en invierno y en verano.
La tutora hace pasar a Beatrice y a Charlotte, les indica que se sienten en las sillas de madera situadas frente a su escritorio y se detiene un momento a estudiar a sus presas.
El moño apretadísimo le da a la piel del rostro una tensión antinatural, las orejas sobresalen como dos branquias.
—Miss Evans. Falta a clase, se escapa… y ahora esto —dice con tono severo, pero es evidente que se está regodeando—. Y en cuanto a ti, Miss Piper, tu madre me advirtió que podrías traer problemas. —Beatrice siente una punzada en el estómago.
—Estoy esperando una explicación. Espero que puedan justificar la escena inaceptable que acabo de ver.
—Mrs. Pennington —empieza a hablar Charlotte—. Solo hacíamos trabajo voluntario para un club de mujeres. —Por suerte no se atreve a decir “unión política”.
—Y tú, ¿tienes algo que agregar?
Beatrice se revuelve en la silla.
—Lo siento mucho, Mrs. Pennington —contesta, y estalla en llanto.
No puede seguir hablando. Charlotte la mira e intenta sonreírle sin que Mrs. Pennington la vea.
Cree que Beatrice está fingiendo; ojalá ella fuera tan hábil.
Pero Beatrice no se recompone, se le cierra el pecho y las lágrimas siguen corriendo.
—Bueno, bueno —dice Mrs. Pennington. Le alcanza un pañuelo por encima del escritorio y la deja llorar con placer apenas disimulado—.
No debo decirles que el comportamiento que han tenido hoy es indigno de las muchachas de Girton.
Si alguna de las dos decide reincidir en estos comportamientos inaceptables, será expulsada de inmediato.
Dadas las circunstancias, se les aplicará una suspensión condicional a ambas, y se enviará una notificación a sus padres.
—Pero…
Mrs. Pennington se lleva un dedo nudoso a los labios.
—Ni una palabra más, Miss Evans. Tú sobre todo sabes que estás en la cuerda floja. Suban a sus habitaciones ahora mismo. Fin de la conversación.
Ya en su habitación, Beatrice no consigue recuperar el aliento; toma aire a bocanadas apoyada contra la puerta cerrada.
Imagina lo que pasará cuando su madre reciba la notificación de Mrs. Pennington y se entere de que recibió una suspensión condicional y de que se enfrenta a la expulsión…
La sola idea es un puñetazo en el estómago.
Beatrice se desploma sobre la cama, todavía sostiene el pañuelo con el perfume empalagoso de Mrs. Pennington entre las manos.
Alguien llama suavemente a la puerta después de unos minutos. Beatrice no contesta, así que Charlotte entra de todos modos.
—No es nada, Bea —susurra Charlotte y le apoya la mano en la espalda con dulzura. Beatrice tiembla—. Mrs. Pennington no nos va a expulsar... siempre y cuando el dinero de la matrícula llegue a tiempo a la oficina de becas —agrega con una risita.
Beatrice siente que un ancla la arrastra al fondo de sí misma. Charlotte no sabe que la disciplina puede ser una moneda de cambio más valiosa que la riqueza.
—No pueden expulsarme —solloza Beatrice. Está temblando de pies a cabeza, como una hoja al viento—. Mi madre no va a permitir que vuelva a casa hasta que no esté comprometida para casarme. Por eso tengo que ir al baile del King’s. Y no pueden volver a atraparme así.
—Ah, no seas tonta —dice Charlotte—. No pasa nada. —Le acaricia los bucles—. Puedes ir al baile y también podemos ser voluntarias para las sufragistas. Solo debemos tener más cuidado con Mrs. Pennington.
A Beatrice se le escapa un suspiro entrecortado.
Se siente humillada y aterrada a la vez.
Seguro que Charlotte cree que es una ridícula...
¿cómo va a ponerse así por un reto de Mrs. Pennington?
Ojalá pudiera explicarle por qué no puede volver a casa, a menos que se considere una alternativa viable la pena de muerte.
—No pueden expulsarme —repite como si suplicara, casi con desesperación. Beatrice se quita los guantes de encaje y empieza a jugar, nerviosa, con su brazalete de oro.
—Entonces, ¿no vas a venir a la reunión de esta noche? —pregunta Charlotte.
Triste, pero con firmeza, Beatrice dice que no con la cabeza.