Capíulo siete
CAPÍTULO SIETE
CHARLOTTE
Querida Charlotte:
Tu padrastro recibió una carta de Mrs. Pennington.
Nos informa que no has asistido a clase durante las últimas semanas.
Queremos expresarte nuestra gran preocupación.
Mrs. Pennington nos dice que estás muy bien, que no estás enferma ni te sientes mal aunque, aparentemente, has estado entrando y saliendo a cualquier hora y, además, no cumpliste con el toque de queda de la universidad.
Supuse que ya eras responsable y madura como para ir a Girton College, pero quizás me equivoqué.
La educación es cara y no debe ser desperdiciada, tienes que tomártelo en serio.
Por favor, Charlotte, respeta las normas de Mrs. Pennington.
Ella personifica el modelo de mujer que siempre he deseado para ti.
Esta es tu primera y última advertencia.
Si volvemos a enterarnos de comportamientos inapropiados de tu parte, nos veremos obligados a traerte a casa de inmediato.
Siempre tuya,
Mamá
La carta que llega con el correo de la mañana al Girton Hall mortifica a Charlotte por varias razones.
En primer lugar no está escrita de puño y letra por su madre.
Es obvio que Sarah se la dictó a George, de ahí el uso paternalista del “nosotros”.
Charlotte detesta la idea de que su padrastro sea el interlocutor en las comunicaciones con su madre.
¿No debería ser privada la correspondencia entre madre e hija?
En segundo lugar Charlotte no se salta las clases ni vuelve después de medianoche a propósito.
Es que no puede negarse si las sufragistas le asignan tareas.
Sarah escribe, a través de George, que Charlotte debe tomarse esto en serio.
Quiere responder me lo estoy tomando muy en serio.
¿Cómo va a aprovechar su educación si las mujeres no tienen derecho a votar?
¿Para qué esforzarse estudiando matemáticas o política si tu opinión sobre cómo gasta el dinero tu país o cómo se dictan las leyes no vale nada?
Ella vino a Girton para encontrar su lugar en el mundo, apara dejar una marca.
Se está tomando esto más en serio que cualquier otra cosa en la vida.
Pero Charlotte no puede decir nada de eso; su madre no lo entendería.
Ella cree que la severa y anticuada Mrs. Pennington es el modelo perfecto de mujer.
De todos modos, ni Sarah ni George saben que Charlotte está colaborando con las suffragettes.
Y a pesar de su compromiso con la causa —en realidad, precisamente por eso—, no quiere que lo sepan.
Arruga la carta y la arroja a la papelera.
Se pone el sombrero (el mismo que su madre y ella compraron juntas especialmente para Girton) y mientras se ata la cinta color crema bajo la barbilla, Charlotte imagina la cara que pondría su madre si la viera usando este sombrero no para ir a un té en la universidad, sino para salir a vender periódicos en alguna esquina de Cambridge.
Hace una pausa y se arma de valor: el día está despejado, hay trabajo por hacer y, además, por primera vez en su vida Charlotte se siente valorada por su personalidad, nadie la hace callar, ni la castiga ni la critica por hablar en voz alta, por desear demasiado, por ocupar espacio.
Las militantes de la Unión Social y Política de las Mujeres le dijeron hace unas semanas que ella es muy valiosa para la organización.
Es audaz, rápida e inteligente. Aunque es mediodía, más por despecho que por necesidad, vuelve a salir por la ventana.
Beatrice la saluda desde la verja que bordea el jardín.
—¡Ven, Charlotte! —grita y se ata uno de sus rizos rubios con un alfiler de plata para sombreros.
—Me escribió mi madre —comenta Charlotte, enlazando el brazo con el de Beatrice—. Sabe que falté a clase.
—Ay, qué pena —dice Beatrice despreocupada. Charlotte ríe. Pasan por la sede de la Unión a buscar ejemplares de Voto femenino, el periódico sufragista.
—Buen día, Miss Piper, Miss Evans —dice Polly Stevens, la presidenta regional. Les entrega dos pilas de periódicos—. Buena suerte para hoy.
Los saludos cálidos y las caras amistosas contrastan con el silencio sepulcral de los pasillos de Girton, donde las chicas ni se dignan a llamar a Charlotte por su nombre.
Casi se pone a saltar al acercarse al pueblo, la emociona el peso de los periódicos bajo el brazo.
Es un día verdaderamente precioso; hace frío pero está despejado.
Los reflejos que proyecta el sol otoñal danzan sobre las ondas del río Cam.
Las botas de las dos jóvenes repiquetean contra el pavimento.
—Otro hermoso día para que nos escupan —dice Beatrice con una sonrisa; los ojos verdes le brillan cuando suben al cordón, en la esquina de la calle principal—. ¿Empezamos?
Cortan el hilo de uno de los paquetes, toman un periódico cada una y comienzan a agitarlo sobre la cabeza.
—¡ Voto femenino ! —grita Beatrice.
—¡ Voto femenino ! —repite Charlotte—. ¡Un periódico por dos centavos!
Aunque se envían delegaciones casi todos los fines de semana, las suffragettes todavía son una rareza en el pueblo.
Hasta que llegó la USPM a la ciudad, nunca hubo mujeres vendiendo en las esquinas, salvo las de los puestos del mercado, pero estas guapas universitarias no se parecen en nada a las esposas de los granjeros curtidas por el clima; dicen las malas lenguas que las suffragettes se parecen más a las damas de la noche de Whitechapel.
Charlotte ha oído el nombre de Jack el Destripador pronunciado por más de un transeúnte y no en voz baja.
Sin embargo, la mayoría ignora a Charlotte y a Beatrice, lo que, francamente, no es tarea sencilla para un sábado tan concurrido.
De todos modos cada tanto alguna mujer les deja una moneda en la mano y, con discreción, toma un periódico de la pila, lo enrolla de inmediato y lo guarda en la cesta.
Charlotte la imagina abriendo el periódico furtivamente más tarde para devorarlo en privado, antes de quemar la evidencia.
—Oí que arrestaron a Isabel y Adeline Hurston hace unos días —dice Beatrice durante un descanso—. Estaban protestando frente a un acto de campaña en el norte.
—Ah, no lo sabía.
—Ya las metieron presas en todo el país. Y varias veces. Me atrevería a decir que Mrs. Hurston es tan famosa como la reina Mary.
—Vi la fotografía de Adeline en los periódicos. Qué elegancia. Y cuando Isabel estuvo aquí, en Cambridge, estaba… deslumbrante. No puedo imaginar a mujeres así en una celda —reflexiona Charlotte.
—De eso se trata, ¿no? Isabel y Adeline fundaron la Unión con solo un puñado de amigas en la sala de su casa en 1903.
Desde ese momento no dejaron de presionar al gobierno para que empiece a tomar en serio las reivindicaciones de las mujeres.
Una mujer puede ser elegante e inteligente, rebelde y reformista a la vez.
Y si a las personas las incomoda imaginar a damas refinadas tras las rejas, bueno, que se sientan incómodas.
Nosotras estamos incómodas sin el derecho al voto.
Es asombrosa la capacidad de Beatrice para convertir cualquier circunstancia en una argumentación y ganar siempre.
—Algún día vas a ser una excelente abogada —dice Charlotte.
Beatrice se sonroja y da un periódico a una madre joven que lleva a un nene chiquito de cachetes colorados. Charlotte le ofrece un periódico a una anciana que finge no verla y se aleja por la acera a una velocidad sorprendente para una mujer de su edad.
—Hablando de todo un poco, ¿vas a ir al baile? —pregunta Beatrice. Últimamente, el baile anual del King’s College es el único tema de conversación en el comedor.
—No me invitaron —admite Charlotte. Hace semanas que no intercambia una sola palabra —ni una sílaba, para ser más exactos— con ningún chico.
Mucho menos una frase completa al menos desde Jack, salvo por algún “disculpe” o un “¿cómo está?” al pasar y por cortesía.
Para su madre sería un gran alivio saber que la castidad de su hija mayor no se ha puesto a prueba desde que llegó a Cambridge— . ¿Y a ti?
—Hay un amigo de la familia en el King’s —explica Beatrice—. Daniel Rosseter. Me pidió que fuera con él.
—¿Un amigo? ¿O un “amigo”? —bromea Charlotte. Para su sorpresa Beatrice se pone roja como un tomate.
—Solo si mi madre se sale con la suya.
—Bueno, qué agradable.
Beatrice sonríe con aire burlón.
—No suenas muy convencida. ¿No hay nadie de tu ciudad que pueda llevarte, aunque solo sean amigos?
Charlotte pone los ojos en blanco. Por mucho que intente explicarle cómo fue su modesta crianza de clase media, pareciera que Beatrice no termina de entender cómo, a pesar de ser brillante, Charlotte no está rodeada de amigos y vecinos con buenos contactos.
—No conozco a nadie aquí —dice Charlotte y se encoge de hombros para dejar claro que le importa muy poco.
Y, pensando a largo plazo, es verdad que no le importa.
Charlotte preferiría pasar la noche haciendo trabajo voluntario para la USPM.
Pero, la verdad, tampoco le molestaría que la invitaran al baile.
—Bueno, me voy a divertir mucho más si tú estás allí. Voy a averiguar si alguno de los amigos de Daniel todavía necesita pareja.
—Gracias —dice Charlotte—. ¡Ay! —Un chico que no debe de tener más de doce años corre hacia ella y le escupe el zapato—. ¿Perdón?
—¡Eres un grosero! —grita Beatrice al chico que se aleja corriendo.
El muchacho se une a un grupo que está en la acera de enfrente, y se ríen por lo bajo. Charlotte mueve la cabeza como si no le importara. No es nada que no hayan visto antes y no son más que unos niños. Se limpia el zapato contra el borde del cordón.
—¡Cuidado! —grita Beatrice. Charlotte levanta la vista justo cuando una piedra le pasa volando junto a la cabeza. Los chicos salen huyendo, pero ella siente que el corazón le da un vuelco.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —dice Charlotte enderezándose.
—Esos chicos son incorregibles —dice Beatrice.
—Y justo ese tenía una puntería excelente.
—Al menos no… —Beatrice se queda callada de repente.
—¿Qué? —Charlotte se gira y ve a Mrs. Pennington que se acerca con paso enérgico—.
Mierda —murmura. Bajo el ala del sombrero, los ojitos brillantes y los labios finos de la tutora le dan, como nunca, ese aspecto de trucha tan suyo.
Lleva la cinta negra del sombrero tan apretada bajo la barbilla que el cuello sobresale y se balancea.
En otra situación a Charlotte le hubiera dado un ataque de risa, pero ahora deja caer el brazo a un lado y ya no agita el periódico sobre la cabeza.
Beatrice imita el gesto, aunque una fracción de segundo después.
—Miss Piper. Miss Evans. —Parece que Mrs. Pennington se hubiera tragado los labios, de tanto que los aprieta—. Vuelvan conmigo de inmediato.
—Pero…
Charlotte intenta protestar, pero Beatrice le da un pisotón. Recoge la pila de periódicos sin vender con un suspiro.
—Será mejor que dejes eso allí —ordena Mrs. Pennington.
Charlotte suelta la pila. Siente náuseas al pensar en todos esos ejemplares (tan necesarios para recaudar fondos) empapados en un charco o, peor aún, destrozados por esos chicos horribles. Solo le queda la esperanza de que Polly venga a buscarlos a tiempo.