Las buenas hijas Capíulo seis
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Capíulo seis

CAPÍTULO SEIS

EMILY

La tuberculosis de Marianne Brown, latente du rante largo tiempo, reaparece a fines de octubre.

Débil y con mucha fiebre, guarda cama; ni siquiera puede tragar el caldo con el que su hija intenta alimentarla.

Emily no tarda en abandonar la escuela para pasar todo el día en la casita, yendo de un lado a otro, haciendo de enfermera.

Y aunque la relación con Martin siempre fue un secreto, hasta las reclusas se atreven a preguntar al joven guardia qué le pasa a Marianne y él se acerca a la casita para contárselo a Emily.

Ella está en la puerta, sentada en la escalera de piedra retorciéndose las manos, que parecen ciruelas pasas de tan arrugadas que están por ponerle paños húmedos en la frente a su madre.

El cielo está azul como los huevos de un petirrojo, demasiado hermoso para lo avanzado de la estación..

En épocas mejores, Marianne habría insistido en ir de picnic a pesar del frío.

Ahora apenas puede levantar la cabeza. Deberían haberla llevado al hospital cuando empezaron los síntomas, pero Marianne se negó a abandonar su casa y Emily teme que ya sea tarde.

Hace rodar un guijarro bajo el zapato y aplasta la tierra con el pie.

Es mejor mirar el suelo que a ese cielo azul, cuya belleza parece una burla.

—Hola Miss Brown —dice Martin. No se acerca demasiado a la casa ni a Emily. Está el miedo al contagio, por supuesto, pero también hay otra cosa, algo más acuciante. Se mete las manos en los bolsillos.

—Las prisioneras preguntan por usted.

—Ah…

—Y por Mrs. Brown. —Se balancea al hablar—. ¿Cómo está ella?

—No lo sé —responde Emily. Por la mañana, Thomas salió rumbo a la ciudad en busca de otro médico.

El diagnóstico que les dio el de la prisión fue muy malo y Thomas quiso oír una segunda opinión.

Una actitud así, viniendo de su padre, siempre tan sumiso, equivalía a una traición.

Emily no puso ninguna objeción cuando salió.

Aparentemente Marianne ni siquiera lo oyó.

—Lo siento —dice Martin—. ¿Puedo sentarme?

Cruza el umbral invisible que los separa para sentarse junto a ella en la escalera, se quita la gorra y se pasa los dedos delgadísimos por el cabello rubio.

Sus brazos se rozan. Él se sonroja al encontrarse con la mirada de Emily; hasta hace unos días ella hubiera sentido mariposas en el estómago. Ahora solo se siente vacía.

—Me enteré de que dejó la escuela —comenta Martin—. Entonces, ¿ahora piensa seguir trabajando para su padre?

—No está en mis planes —dice Emily. Luego se corrige—: Todavía no lo sé.

—Se quedará mientras sus padres la necesiten, aunque quiere volver a la escuela.

Siente que con los días se va atrasando más y más, no solo en lo que respecta a su educación; también se va alejando la posibilidad de una vida fuera de Holloway.

—Bueno, si decide quedarse…

—¡Martin! —Otro guardia lo llama desde el edificio principal.

—Mierda… Ah, perdón —dice Martin—. Digo, perdón, perdón… —Se pone colorado por haber dicho una palabrota delante de la hija del director.

—No pasa nada. —Hay pocas cosas que no haya oído Emily al haber crecido dentro de una prisión.

Cuando era pequeña la mayoría de las mujeres evitaban decir palabrotas si ella estaba escuchando.

Pero, de niña, tenía un talento especial para escabullirse sin que nadie lo notara.

Ahora que ya es casi adulta —cumple dieciocho la próxima semana— las prisioneras arrojan las palabrotas más coloridas por el aire, como si fueran papel picado.

Ya no les importa su presencia o, quizás, lo hacen precisamente porque ella está allí.

—De acuerdo. Puedo volver mañana si quiere —dice Martin. Emily se levanta y entra rápidamente en la casita. A ella le gustaría, pero Martin no vuelve al día siguiente.

El médico mira, de pie e impotente, desde la puerta del dormitorio esa noche. Marianne parpadea débilmente. Emily le toma la mano, tiene las mejillas bañadas en lágrimas.