Las buenas hijas Capíulo cinco
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Capíulo cinco

CAPÍTULO CINCO

CHARLOTTE

Charlotte leyó esa hoja de papel tantas veces que perdió la cuenta. El panfleto, que de eso se trata, convoca a una asamblea en el pueblo para tratar el voto femenino. Suffragettes radicalizadas , piensa Charlotte; puede escuchar el tono despectivo de Mrs. Foster. Bien, ya veremos.

El panfleto le quema en el bolsillo. Charlotte abre la pesada ventana de su habitación con los dos brazos, solo lo necesario para poder escabullirse y aterrizar en el jardín.

Si Mrs. Pennington llegara a descubrirla, estallaría con un ataque de histeria, pero Charlotte sabe que, todos los días, la tutora tiene por costumbre beber una copita de jerez a las siete de la tarde; es el momento de escapar sin que la descubran.

Aterriza en los arbustos no con tanta elegancia como esperaba, se sacude el polvo y elude el resplandor que llega de la casa del conserje.

El aire de la noche está helado y es embriagador.

Girton College está ubicado al noroeste de la ciudad de Cambridge, para que las jóvenes seductoras no distraigan a los señores académicos piensa Charlotte.

Pero caminar no le disgusta. Huntingdon Road está tranquila a esa hora.

Cuando llega al centro de reuniones (un sencillo edificio de piedra en las afueras del pueblo), se encuentra con las ventanas iluminadas y la puerta principal abierta.

Charlotte se ha acostumbrado a entrar en habitaciones repletas de desconocidos desde que llegó a la universidad. Saca pecho y entra.

Ya hay una concurrencia importante en el salón y el ambiente está animado, aunque no ve a nadie de su edad.

Hay unas ancianas con capas largas en las primeras filas y también madres no tan jóvenes, algunas hasta con uno o dos niños a cuestas conversando alegremente.

El espacio abarrotado de gente le despierta un poco de nostalgia por el hogar; la expectativa en el aire y la efervescencia despiertan algo dormido en la memoria de Charlotte: cuando era muy pequeña iban todos juntos a la iglesia.

Los domingos por la mañana llegaban caminando a la capilla del pueblo, siempre llena de caras conocidas.

El pastor, viejo y corpulento, daba su sermón y luego regresaban a casa a comer la carne asada del domingo en familia.

Charlotte no volvió a pisar una iglesia desde el funeral de su padre.

Finalmente encuentra una silla en la última fila y se envuelve en su chal para protegerse del frío. Le entregan un volante. El panfleto de Beatrice solo decía que todas las jóvenes eran bienvenidas. ¿En qué se ha metido? Comienza a leer, pero la distrae un griterío que viene desde adelante.

—Buenas noches. —Una joven menuda trepa al estrado.

Lleva el peinado voluminoso típico de las chicas Gibson, tan de moda en ese momento, y un sombrero decorado con flores—.

Buenas noches —repite mientras las asistentes se acomodan—.

Gracias a todas por estar aquí hoy. Soy Isabel Hurston y vengo en representación de la Unión Social y Política de las Mujeres.

Un murmullo se eleva desde la multitud. Isabel parece solo unos años mayor que Charlotte e irradia un glamour natural. Ya es posible afirmar que esta no es la reunión sufragista de Mrs. Foster.

—¿Por qué no pueden votar las mujeres? —comienza su discurso Isabel.

Hay una cadencia melodiosa en su forma de hablar, las palabras fluyen como si estuviera cantando.

Es raro, piensa Charlotte; no termina de entender por qué percibe una disonancia en la voz de esa mujer que se proyecta por todo el salón—.

Si trabajamos, si criamos a nuestros hijos, si somos la guía espiritual y moral de nuestras familias, ¿por qué no tenemos el mismo derecho a votar que los hombres?

Hombres que, podría agregar sin temor a equivocarme, no dudan en gastarse todo el dinero que ganan en beber, y a los que tampoco les tiembla la mano cuando se trata de pegar a sus esposas o abandonar a sus hijos.

Isabel hace una pausa y contempla la multitud.

Alguien celebra lo de gastarse el dinero en beber y Charlotte se estremece.

Esto ya no parece una iglesia. Esa mujer, Isabel Hurston, elegante y de voz cristalina, no se parece en nada al pastor serio y barrigón de su infancia.

Cuando Isabel retoma su discurso, Charlotte descubre qué es lo que la había perturbado al principio: nunca había escuchado hablar a una mujer de esa manera, ni en un sermón, ni en un discurso, ni en una conferencia.

La disonancia que percibe es la voz de una mujer que se alza en un espacio público y exige ser escuchada, no como en los salones de Girton College, donde solo se oyen susurros. La experiencia es embriagadora.

—Nos hemos embarcado en la conquista de la igualdad entre el hombre y la mujer.

No pedimos privilegios, solo el acceso igualitario a tener representación en nuestro propio gobierno.

Esta lucha no tiene nada que ver con partidos ni partidismos.

Se trata de la obligación moral que tiene nuestro país de respetar a las mujeres, porque sin nosotras esta nación se vendría abajo.

Todas ustedes —dice, y con el brazo abarca la multitud— están aquí hoy porque saben que nuestra sociedad, tal como está, es injusta. Saben que es necesario cambiarla. Pero…

Las mejillas de Isabel se encienden. Charlotte contiene la respiración. ¿ Pero qué?

—Pero hay una diferencia muy clara entre pensar y hacer. Es nuestro deber no quedarnos en la queja y poner manos a la obra; debemos estar dispuestas a actuar. Hechos, no palabras, y cuando actuemos, cuando nos pongamos de pie, vamos a cambiar este país y el mundo.

La concurrencia estalla en aplausos. Isabel sonríe, se pone de puntillas y mira a la multitud. A Charlotte el corazón le salta dentro del pecho. Sabe que Isabel todavía tiene cosas por decir y deja de aplaudir, no quiere perderse ni una palabra.

—Entonces... —dice Isabel mirando a los ojos a cada una de las mujeres de la última fila.

Charlotte siente que unos ojos color gris acero se clavan en los suyos—.

¿Van a actuar como mujeres o como cobardes?

¿Se van a quedar a un lado y van a dejar que otras carguen todo el peso de la batalla?

¿Están quizás diciéndose a ustedes mismas: “Voy a ser comprensiva”, “Voy a hablar de esto con mis amigas de vez en cuando”, “Quizá colabore con algo de dinero, pero no pretendo hacer mucho más”?

—¡No! —grita alguien.

Isabel entrecierra los ojos brillantes y continúa.

—¿Están diciéndose a ustedes mismas: “No quiero arriesgar mi reputación, mis amistades ni mi autoestima por estar muy identificada con la causa de mi sexo”?

—¡No! —llega otro grito—. ¡No!

Isabel sonríe.

—¿Están hechas de un material más resistente?

Entre gritos de “¡sí!, ¡yo sí!, ¡nosotras sí!”, sigue hablando con voz fuerte y clara.

—¿Van a dar un paso al frente y a decir: “Seré una compañera de batalla en esta gran lucha”, “Compartiré las dificultades y las penurias”, “Haré los sacrificios que sean necesarios”?

Charlotte se pone de pie sin pensar, se lleva las manos a las mejillas ardientes.

—¡Sí! ¡Sí!

—Seré mujer —grita Isabel—. ¡Me alinearé con las poderosas fuerzas femeninas que hoy se agitan en todo el mundo!

¡Y a todos los que tratan de subestimarnos con la palabra suffragette, que se enteren de que llevamos ese nombre con orgullo!

¡Somos suffragettes, dispuestas a hacer lo que sea necesario para conseguir el voto!

El salón retumba con gritos, aplausos y patadas al suelo. “¡Voto para las mujeres!”. “¡Voto para las mujeres!”.

A Charlotte le corre electricidad por los dedos de tanto aplaudir.

Tiene el pulso acelerado como si acabara de correr una carrera con Sylvia en el jardín; como si estuviera, una vez más, tumbada en el suelo de la bodega con Jack.

Si alguna vez pensó que las sufragistas eran ancianas aburridas, ahora sabe que solo pensaba en mujeres como Mrs. Foster.

De todos modos estas no son sufragistas, son una nueva generación de mujeres activistas: las suffragettes.

Charlotte piensa en la frustración de Beatrice, que estudia derecho pero que no va a poder ejercer como abogada, al menos no por ahora.

Y, de pronto, todo parece claro como el agua: que las mujeres no tengan ni voz ni voto para decidir sobre las leyes que las gobiernan es una injusticia grave.

Charlotte quiere golpearse la cabeza contra la pared por no haberlo visto antes.

Pero también es cierto que personas como Mrs. Foster usaban la palabra suffragette como un insulto y la usaban peyorativamente.

La frase “voto femenino”, según la experiencia de Charlotte, nunca se había gritado en la alta sociedad.

Y, sin embargo, votar es fundamental, ¿no?

Votar es tener voz, es gozar de la igualdad en todos los aspectos de la vida.

¿Y si su madre hubiera tenido voz cuando murió su padre?

¿Y si hubiera tenido otra opción? Cuando enviudó con tres hijas, Sarah se casó con George para que ellas no terminaran en el asilo.

¿Y si hubiera tenido otra alternativa? ¿Si existiera un mundo en el que las mujeres pudieran valerse por sí mismas?

Charlotte está sudando y le palpitan las sienes.

Solo ha sentido tanta inspiración una o dos veces en su vida, al leer algún pasaje de un libro quizás, pero nunca en público, nunca rodeada de otras personas que sentían lo mismo.

Un pensamiento abrasador se le revela con claridad meridiana: Tengo que ser parte de esto .