Capíulo cuatro
CAPÍTULO CUATRO
BEATRICE
Las jóvenes suben juntas a las habitaciones de las estudiantes de tercero; en el camino, Beatrice finge que no ve las lágrimas ni los ojos enrojecidos de Charlotte.
—Llegamos —dice Beatrice—. Hogar, dulce hogar.
Charlotte abre mucho los ojos. A diferencia de las otras chicas de Girton y su exceso frívolo de terciopelo y encajes, Beatrice ha convertido la habitación en su santuario.
Está decorada como una casa de campo, hay caballos en miniatura apoyados en la repisa de la chimenea y un cuadro de cacería con un sencillo marco dorado colgado sobre la chimenea.
—Esa es July, mi yegua —dice Beatrice y señala la elegante yegua color avellana que está en primer plano—. Y esa otra es Brontë, su potrilla. La vi nacer.
—¿En serio?
—Esperé despierta toda la noche —explica Beatrice—.
El parto puede llegar de repente y no quería perdérmelo.
July adoptó una actitud muy protectora cuando nació la pequeña Brontë.
Nunca había visto algo así. —Suspira y se aleja del cuadro—.
De todos modos mamá detesta mi estilo. —En lugar de cubrir la mesa con manteles de encaje, prefirió dejar la madera a la vista.
Y en las estanterías, donde las otras chicas atesoran delicadas vajillas de té, Beatrice acumuló pilas de libros de las que sobresalen los gruesos lomos de sus preferidos: las obras completas de Austen, las de las hermanas Brontë; también están Shakespeare, Dickinson y Emerson.
—Qué hermosa —dice Charlotte—. ¿Es la casa de tu familia? —pregunta mirando atentamente la gran mansión que aparece en el fondo del cuadro.
—La Casa Champney sí, está en Kent —responde Beatrice. El asombro de Charlotte la avergüenza un poco, aunque no tiene motivos para sentirse así: la mayoría de las chicas de Girton vienen de familias igual de ricas. Pero yo soy diferente , querría decir. Confía en mí.
—¿Qué estudias? —pregunta finalmente Beatrice.
—Todavía no lo he decidido —responde Charlotte—. Dudo entre estudiar política o filosofía porque siempre quise saber cómo funciona el mundo, pero Mrs. Pennington me sugirió que estudiara poesía.
—¿Para qué aprender algo útil si tu único objetivo en la vida es ser un adorno? —dice Beatrice con sarcasmo—. Tendrías que haberla visto cuando le dije que iba a estudiar derecho. Se puso violeta.
—¿Estudias derecho?
—Soy la primera y única mujer que estudia derecho en todo Cambridge. Por eso parece mucho más, eh… glamuroso, creo. Pero en realidad tengo que asistir a clase acompañada por una carabina y hago los exámenes sola, separada de los hombres.
—¿Por qué?
—Para no distraerlos —dice entre dientes y pone los ojos en blanco—. No me importa, en realidad el problema es que, por ley, ni aun graduada voy a poder ejercer como abogada. Al menos no por ahora.
—¿Por ahora?
—Recuerdo la emoción que sentí en la conferencia de Mrs. Foster en mi primer año —dice Beatrice, evitando la expresión desconcertada de Charlotte—.
Me di cuenta en algún momento de que su único mérito fue mantener el negocio de los artículos de papelería a flote durante veinte años. Me llevé una gran decepción.
—Sí —dice Charlotte—. ¡Por fin alguien que me entiende! Llegué aquí con ganas de aprender algo sobre el mundo y cambiar las cosas o, al menos, conocer personas que tuvieran las mismas inquietudes que yo. Pero hasta ahora solo me he sentido…
—¿Sola? —termina la frase Beatrice.
Charlotte asiente.
—Hay otras jóvenes como tú, como nosotras, que se sienten igual y quieren hacer oír su voz, pero puede ser difícil encontrarlas.
Abajo suena el gong, fuerte y grave. Ya casi es la hora de la cena y todas se dirigen a la biblioteca para las plegarias vespertinas.
—Tengo algo para ti —dice Beatrice y busca una hoja de papel que está doblada entre dos libros del estante—. Toma, tal vez te interese.