Las buenas hijas Capíulo tres
9%

Capíulo tres

CAPÍTULO TRES

CHARLOTTE

Charlotte se pone su falda favorita de lana azul marino y se abotona la mejor blusa que tiene, la de las perlas de imitación en el cuello.

Se arma de valor y se encamina al aula de la biblioteca del Girton College.

Solo ha asistido hasta ahora a las asignaturas clásicas: literatura, latín e historia; en las aulas se espera que las estudiantes permanezcan sentadas en silencio mientras el profesor da clase durante dos horas y la carabina dormita en el rincón.

Charlotte intenta absorber toda la información, pero está inquieta.

Hoy debería ser diferente: las visita Matilda George Foster, exalumna de Girton y defensora de los derechos de las mujeres.

Charlotte desea debatir ideas importantes y cuestiones concretas, sin ánimo de ofender a la historia antigua ni a las lenguas muertas.

Hay unas diez estudiantes sentadas en la sala.

La luz tenue de la tarde, salpicada de lluvia, se cuela por las vidrieras policromadas de las ventanas y da un aspecto abisal al ambiente.

Charlotte reconoce a algunas compañeras de primer año, aunque hay chicas que deben pertenecer a cursos superiores porque no las conoce.

Una rubia deslumbrante hojea un libro en un rincón y, en el centro de la sala, ve a Mrs. Foster, que tiene el cabello canoso recogido con un moño sobre la nuca.

Charlotte sonríe —¡su primera profesora mujer!

— cuando Mrs. Foster se acerca al frente del salón.

—Alumnas, es para mí un gran placer dirigirme hoy a ustedes.

Yo estaba sentada en esos mismos asientos que están ocupando ustedes ahora hace poco tiempo aunque, por supuesto, pensarán que tengo como cien años —dice con voz suave y maternal—.

Mi misión desde que me gradué en Girton ha sido colaborar con las mujeres para conquistar el voto y esta noche vengo a pedir su colaboración.

Charlotte observa a la mujer madura que tiene delante.

Todo lo que ha oído sobre el voto para las mujeres parece aburrido y pasado de moda: las peticiones insulsas que circulaban en Fulney cada tantos años y terminaban tiradas en las zanjas; las meriendas en las que, imagina, las señoras mayores del pueblo servían galletas un poco quemadas y se quejaban de su reumatismo.

La señora Foster parece tan puritana, conservadora y bueno…

vieja, como siempre imaginó a las sufragistas.

Pero no puede decir que no siente curiosidad; algunas estudiantes reparten hojas de papel y bolígrafos.

—Gracias, señoritas —dice Mrs. Foster, cuando ya todas tienen con qué escribir—.

Hoy vamos a redactar cartas a los miembros del Parlamento pidiendo su apoyo para nuestra ley de sufragio femenino.

Si conocen a su diputado local, por favor sientan la libertad de dirigirse a él personalmente; de no ser así les sugiero que lo hagan al primer ministro Asquith. ¿Alguna pregunta?

—¿Qué hay que escribir? —pregunta alguien.

—Preséntense —dice Mrs. Foster—. El arte de escribir se debe conservar incluso en la correspondencia política.

“Estimado señor, soy Mrs. Edward Foster” —dicta—.

“Soy estudiante del Girton College, Cambridge, y es mi deseo transmitirle mi apoyo a la causa del sufragio femenino”.

Pueden aportar su opinión a continuación.

Una posibilidad es explicar por qué la capacidad innata de las mujeres para la crianza puede ser beneficiosa para el Estado o disipar la creencia de que el voto podría interponerse entre las mujeres y las tareas domésticas. ¡Todas sabemos que eso no es cierto!

Charlotte mira la hoja y empieza a escribir.

“Estimado señor”. En el pasado, si alguna vez pensó fugazmente en el sufragio femenino, quizá el tema le pareció tan aburrido como las mujeres que hablaban de él.

Las señoras como Mrs. Foster eran muy meritorias, sin duda, pero pertenecían a otra generación, una de miriñaques y luz de vela, no al eléctrico siglo xx .

Pero sí, Charlotte piensa que las mujeres deberían tener derecho a votar.

“Somos intelectualmente iguales, como lo demuestra el hecho de que las mujeres de Girton College se destacan en los mismos proyectos académicos que los hombres de la Universidad de Cambridge, aunque no se nos permita demostrarlo en exámenes oficiales ni obtener títulos formales”.

Cuando, por fin, termina de escribir, siente la mano entumecida. Flexiona los dedos y lleva la carta al frente, donde Mrs. Foster las está recogiendo. La carta de Charlotte es mucho más larga que las demás.

—Gracias, querida —dice Mrs. Foster—. ¿Está interesada en conocer más sobre el sufragio femenino?

—Sí, claro —responde Charlotte—. Creo que necesitamos más jóvenes suffragettes.

—Nosotras somos sufragistas respetuosas de la ley —corrige drásticamente Mrs. Foster—. No suffragettes radicalizadas.

—Perdón —dice Charlotte—. No conocía esas diferencias. Lo que quiero decir es que sería bueno ver representadas a más mujeres de mi edad porque nosotras también vamos a ser votantes.

—Quizás —dice Mrs. Foster.

—¿Quizás?

—Nuestro proyecto de ley otorgaría el derecho a votar a las mujeres solteras mayores de treinta años y a las viudas, por supuesto.

—Pero ¿por qué?

Otra estudiante se sitúa detrás de Charlotte para entregar su carta.

—Nuestros maridos van a votar lo mismo que votaríamos nosotras —se mete en la conversación.

—No necesariamente y no es justo ni equitativo —dice Charlotte.

—Primero, el Parlamento va a apoyar la implementación gradual del sufragio femenino y siempre es mejor el voto para algunas que para ninguna —explica Mrs. Foster—. Un avance lento pero constante nos llevará a buen puerto.

—Pero si nos vamos a tomar el trabajo de escribir cartas, deberíamos exigir lo que realmente queremos, no lo que creemos que quieren oír los diputados —protesta Charlotte.

—La paciencia es una virtud, jovencita —dice Mrs. Foster—. Somos como los glaciares: avanzamos sin prisa pero sin pausa. Confía en mí, llevo haciendo esto más de veinte años.

—¿Veinte años escribiendo cartas? Pero, si es así, ¿no deberíamos probar de otra manera? —Charlotte siente una mano húmeda y pegajosa en el hombro; se vuelve: es Mrs. Pennington.

—Miss Evans, quizás sea hora de retirarse. La conversación con nuestra invitada podrá continuar cuando esté menos… —Mrs. Pennington hace una pausa, junta las palmas de las manos como si rezara— agitada.

Charlotte tarda más de lo habitual en encontrar palabras. Derrotada, da media vuelta, se abre camino entre las asistentes y sale del salón. Así termina el debate de ideas. Sin embargo, le pican los ojos y le cuesta respirar.

¿Por qué es tan difícil? ¿Por qué nada ni nadie es como esperaba? Se seca una lágrima y agacha la cabeza. De pie en la puerta, la rubia deslumbrante la mira. Los ojos verdes le brillan divertidos cuando ve que Charlotte sale corriendo.

Charlotte se mete en la cama con la ropa puesta.

Cierra los ojos, hunde la cara en la almohada y respira pesadamente sobre las plumas apelmazadas.

No puede evitar pensar que todo es igual que siempre, igual que en casa, donde nadie la entendía y no encajaba.

Culpaba al lugar pero aquí, supuestamente, todo sería diferente: iba a hacer amigas, conocería a otras chicas con el mismo deseo de dar sentido al mundo.

Pero hasta algo tan claro como el voto se enturbia con las convenciones y la etiqueta y (aquí también) le hacen sentir que está equivocada cuando señala que algo está mal.

Una pregunta aparece en su interior y, por una vez, no encuentra excusas para eludirla: ¿y si el problema es ella?

Las chicas vuelven a sus cuartos conversando alegremente; algunas se detienen frente a la puerta de Charlotte y bajan la voz.

Sabe lo que se dice de ella: “Charlotte Evans es fría y distante. Es arrogante y soberbia. Se cree mejor que nosotras”.

Esta sería la oportunidad perfecta para abrir la puerta y demostrarles que están equivocadas, para invitarlas a entrar a tomar el té o solo a sentarse y charlar.

Pero Charlotte está exhausta. Ha puesto toda su energía en tratar de adaptarse desde que llegó y quizás no fuera tan cálida, ni tan amable, ni tan refinada, pero ¿no lo ha intentado?

¿Cuál es su problema?

Cuando oye que llaman a la puerta piensa que debe de ser un error. Pero los golpecitos insisten, así que se seca las lágrimas y finge una sonrisa, a pesar de tener el rostro hinchado. Allí, está la rubia deslumbrante de la biblioteca.

—Me parece que el encuentro de sufragistas fue decepcionante, ¿no? —dice la chica sin preámbulos—. Soy Beatrice Piper. ¿Quieres una taza de té?