Capíulo dos #2
Marianne mira a Emily como si la viera por primera vez.
—Por Dios, has crecido en un abrir y cerrar de ojos. Parece que fue ayer cuando cumpliste seis años. Fue el año de la feria del pueblo. ¿Te acuerdas?
Emily evoca ese año; los recuerdos de la infancia están velados por una bruma de nostalgia e imágenes medio olvidadas.
Fue su último año en Oldham, hace casi doce.
Había visto los carteles ondeando por el pueblo durante toda la semana y creía que la feria había venido a la ciudad para festejar su sexto cumpleaños.
Por fin llegó el día. Había instrumentos musicales y juegos, pasteles y concursos.
Y lo mejor de todo, la misteriosa exhibición itinerante: la Dama Invisible.
Marianne se había quedado en casa con una tos que no cedía, pero Emily y Thomas fueron juntos a la tienda.
Los recibió un ayudante de la Dama (que olía a ginebra) en la entrada. Descorrió una cortina para que el hombre y la niña entraran en silencio al recinto oscuro. Emily se agarró fuerte a la mano de su padre. Allí, en el centro, se encontraron con una gran caja de cristal. Estaba vacía.
—¿Damos una vuelta alrededor? —preguntó Thomas. Emily le soltó la mano y dio un paso adelante. Golpearon uno de los lados. El reflejo de Emily se proyectó frente a ella, translúcido, a través del cristal. Había una trompetilla lista para usar a un lado de la caja.
—Esta es la Dama Invisible —recitó el ayudante con voz monocorde.
Se le veía aburrido y con resaca; tal vez todavía estuviera un poco borracho.
Pero los chicos que pasaban por allí lo escuchaban extasiados.
Emily no fue la excepción—. Tú no puedes verla, pero ella puede verte a ti —continuó—.
La Dama Invisible sabe todo, conoce todos los secretos del universo.
Puedes hacerle cualquier pregunta y ella te dará la respuesta.
Thomas levantó una ceja impresionado y sonrió a su hija. Emily, con sus seis años, miró a su padre, luego a la caja vacía y otra vez a su padre. Estaba segura de que la caja estaba vacía.
—Hazle una pregunta —indicó el pregonero.
—Adelante —dijo Thomas.
Emily se inclinó y apoyó la oreja en la trompetilla. La sintió fresca sobre la mejilla.
—Eh… ¿quién es usted? —preguntó Emily. Hubo una breve pausa; abrió los ojos bien grandes—. ¿Cómo sé que usted es real?
—¿Qué dice? —preguntó Thomas sonriendo.
—Dice… —jadeó Emily—. Dice que tengo pelo castaño y un…
y un vestido azul. —Emily se miró el vestido para comprobar que, efectivamente, era azul.
Claro, además del de muselina marrón, Emily no tenía otros vestidos.
Y el azul estaba bastante viejo. Marianne lo había remendado esa misma mañana y le había cosido un ribete nuevo al cuello para disimular la tela descolorida.
Thomas protestó por el ribete, pero Marianne insistió.
“Es un retazo”, susurró cuando Thomas se inclinó a darle un beso en la mejilla, pensando que Emily no la oiría.
—Haz otra pregunta —dijo Thomas. Emily se puso colorada por la emoción.
—¿A qué distancia está la India?
El ayudante abrió un reloj de bolsillo oxidado.
—Una pregunta más —dijo, arrastrando las palabras.
Emily frunció el ceño, había que pensar muy bien la última pregunta.
Tenía como un millón más en la punta de la lengua, preocupaciones que antes le había dado miedo expresar, inquietudes y dudas que llevaban mucho tiempo dando vueltas en lo más profundo de su ser.
¿Existen los unicornios? ¿Por qué Peggy Kemper tiene dos pares de medias de seda y yo ninguno?
¿Qué le pasa a mamá cuando se le humedecen los ojos?
El hombre carraspeó y Thomas dio un codazo a su hija.
—Adelante —dijo.
Emily se acercó y apoyó la palma contra la caja de cristal vacía.
—Quisiera saber —dijo lentamente—, ¿cómo te haces invisible?
Una voz, metálica pero clara, resonó en su oído, tan cerca que pareció un susurro.
Emily tembló a pesar del aire sofocante de la tienda.
Volvió a poner la trompetilla en su lugar cuando, con un gesto, el ayudante señaló la salida.
Emily se acurrucó esa noche en su cama; el sueño iba y venía mientras algo de la feria se grababa para siempre en su interior.
La familia Brown abandonaba Oldham unas semanas después para no volver y, en el ruidoso tren que los llevaba a Londres, Emily reviviría ese momento una y otra vez.
Si Thomas y Marianne notaron que su hija estaba más callada de lo habitual, no lo mencionaron, pero la niña había comprendido la magia y el misterio de la Dama Invisible.
Ese extraño susurro resonó en sus oídos durante años, desde el momento en que despegó los dedos del suave metal de la trompetilla.
—Soy invisible porque eligen no verme. Nadie ve nada, pero yo lo sé todo.
Era una promesa.
Marianne tose, le lloran los ojos.
—Se está haciendo tarde —dice Emily. Y tiene mucho en qué pensar antes de dormirse: en la chica encerrada en la celda oscura al otro lado del patio; en la vida que imagina para sí fuera de los muros de la prisión; en su futuro como maestra con sueldo propio y un cuarto en una pensión, donde podrá empapelar las paredes con sus bocetos, y también imagina, algún día muy lejano, tal vez su propio hogar.
—Así es. Buenas noches, mi niña.
Marianne le da un beso en la cabeza.