Capíulo dos
CAPÍTULO DOS
EMILY
Emily hunde la fregona en el agua turbia del cubo; anochece y el silencio desciende sobre los pasillos de la prisión de Holloway.
Hoy ha salido de la escuela con prisa, como todos los días, y ha llegado corriendo para hacer las tareas de la casa.
Thomas, su padre, está en el primer piso trabajando en su diminuta oficina de director; los formularios de admisión llenan el escritorio.
Marianne, su madre, está en alguno de los laberínticos pasillos de la prisión abriendo ventanas cubiertas de óxido con manivelas que se atascan al girar: es necesario airear el olor de los cuerpos sin bañar.
Emily sostiene el palo de la fregona con fuerza, tiene la piel agrietada y la cabeza en cualquier lugar menos aquí.
Se forman líneas y dibujos al mojar el suelo que se desvanecen a medida que se secan las vetas; no puede imaginar que está pintando.
No ve la hora de tomar la carbonilla que esconde en el bolsillo de la falda y volver a sus dibujos; le pican los dedos de las ganas.
Quizá más tarde, cuando termine de trabajar, encuentre algún momento libre, aunque últimamente parece que el trabajo en Holloway no se acaba nunca.
La prisión está construida en el estilo radial del siglo pasado, algo que Thomas Brown ha repetido con orgullo a su hija una y otra vez desde que, hace diez años, se mudaron a la casita que está pegada a la construcción principal.
“Seis pabellones con capacidad para cuatrocientas treinta y cinco prisioneras. Óptima vigilancia”, explicaba.
“Los guardias pueden ver todos los pabellones desde el puesto de observación, pero las internas no pueden ver a nadie que esté fuera de su celda”.
Esa idea siempre fue desconcertante para Emily: la cárcel se parece a un panal con las celdas pegadas unas a otras, conectadas por barandillas de metal y estrechas escaleras de caracol.
Le recuerda a las antiguas imágenes abolicionistas de esclavos amontonados en el puerto que le enseñaban en la escuela.
La prisión representaba la cumbre de la eficiencia científica para su padre, pero ella no podía dejar de imaginar que eran sardinas humanas.
Antes la aterrorizaban los gritos de las mujeres asustadas y doloridas pero, con el tiempo, se había vuelto insensible.
Nunca podría pensar en Holloway como un hogar —no colaboraban la fachada de ladrillos color rojo sangre, las gárgolas aladas ni los corredores helados donde, en invierno, hacía más frío que en la calle— y, sin embargo, era el lugar donde había vivido casi toda su vida.
Creció jugando con Geraldine, su muñeca de trapo; de pequeña se escabullía sigilosamente por los pasillos y escuchaba conversaciones de adultos que entendía a medias.
Casi nadie reparaba en la niña que jugaba en los recovecos de la cárcel; era silenciosa, dócil, invisible.
—Hola, amor.
Emily estira el cuello sobre la barandilla de metal, busca la voz de su madre y la encuentra un piso más abajo.
—Baja. Necesito que me ayudes.
Emily deja la fregona, baja la ruidosa escalera y se envuelve en el abrazo de su madre.
—¿Qué pasa mamá?
Un eco de pasos y la voz de Thomas resuenan al final del pasillo. Emily pone cara de curiosidad.
—Una reclusa nueva —dice Marianne—. Vamos.
Al final del pasillo, pasando la entrada, las rejas de la prisión parecen una boca con dientes afilados. Marianne y Emily llegan al pabellón D, el de las prisioneras con régimen de aislamiento, en el momento en que dos guardias traen a una joven a rastras; es un poco mayor que Emily.
—Con cuidado —indica Marianne a uno de los guardias que la mete en la celda a empujones.
Emily se vuelve de espaldas por consideración mientras Marianne le quita la ropa de calle a la muchacha y le pone el uniforme marrón de la cárcel que pica.
La chica se resiste, se aferra a su ropa y lanza las botas del uniforme contra los barrotes.
Marianne chasquea la lengua. Más tarde, cuando los guardias regresan al vestíbulo principal, Marianne entra silenciosamente en la celda.
Emily la sigue dos pasos detrás como siempre.
—¿Necesitas algo? —susurra Marianne. La chica levanta la vista, tiene los ojos llenos de lágrimas—. ¿Es tu primera noche en la cárcel? —Ella asiente.
—Todo va a estar bien —le dice Marianne—. Toma. —Le ofrece una rebanada de pan negro casero entre los barrotes. La chica duda y luego la acepta con mano temblorosa.
—Gracias.
—Me llamo Marianne y esta es mi hija Emily. Nos quedamos por aquí, querida, no estás sola.
Marianne sabe exactamente qué decir para tranquilizar a las mujeres que entran en estado de pánico.
Emily intenta imitar la amabilidad y la generosidad de su madre, pero casi siempre se queda sin palabras y le preocupa decir algo inapropiado.
Intenta ponerse en el lugar de esta joven, que tiene por delante no solo una noche larga y oscura, sino también, por si fuera poco, las celdas de la cárcel desconocidas y aterradoras.
—Va a estar todo bien —susurra Emily al salir.
La joven asiente, sentada en el catre duro que está en la esquina de la celda.
“Las malditas suffragettes”, como las llama Thomas Brown, transformaron la composición de la prisión Holloway de unos años a esta parte.
Ingresan en la actualidad más mujeres que nunca a las celdas de su padre y son más jóvenes también; llegan condenadas por delitos raros de los que Emily no oyó hablar antes.
Nunca se trata de algo objetivamente violento y siempre viene envuelto en una jerga extraña: incitación a la revuelta, reuniones ilícitas, conducta susceptible de provocar alteración del orden público.
Emily reflexiona sobre esas palabras. La expresión “susceptible de provocar” parece demasiado anodina como para justificar una pena de prisión.
Esa noche saca el tema durante la cena.
—Papá, ¿podrías darme una lista de actividades ilegales?
—¿Y eso? ¿Para qué Em?
—Es que últimamente están ingresando muchas prisioneras jóvenes. Parece que alguien podría cometer un delito por accidente, sin darse cuenta.
—No tengo una lista —dice Thomas partiendo un trozo de pan crujiente—. Eso no existe.
—Entonces, un libro sobre leyes —dice Emily. Insiste con el tono inquisitivo, pero no puede evitar sonreír ante la turbación que asoma en el rostro de su padre—. ¿Cómo puedo estar segura de que nunca voy a cometer un delito?
Marianne se echa a reír con amargura para sorpresa de Emily. La risa, como de costumbre, se convierte en un ataque de tos.
—¿Qué pasa mamá?
—Es imposible prometer eso —dice Marianne. Tiene un brillo en los ojos desconocido para Emily—. Los delitos se construyen según la voluntad del gobierno. ¿Quién sabe qué van a criminalizar después?
—Pero cuando las personas hacen cosas malas…
—Por supuesto, el asesinato y el robo están mal. Pero lo demás… —Marianne hace un gesto con la mano, como si evocara la procesión de delitos absurdos que ha visto desfilar por los pasillos de la prisión durante los últimos años—. Los delitos hacen a los delincuentes —dice—, no al revés.
—Marianne —advierte Thomas con voz tensa—, no me gustan las suffragettes, lo sabes. ¿Qué sentido tiene el derecho al voto si las mujeres no pueden alimentar a sus familias?
—¿No crees que es mucho más que eso? —pregunta Emily.
—No creo que encerrar adolescentes en la cárcel sea bueno para nadie —dice Marianne—. Todas son hijas de alguien.
—Me parece que ya es suficiente —dice Thomas.
Marianne se pone de pie y empieza a levantar la mesa. Rompe el silencio tenso con una risita.
—Martin está hecho todo un galán, ¿no? —dice rozando a Emily con el paño de cocina. Martin es un guardia en prácticas, de pelo rubio como la arena y mejillas que se sonrojan cada vez que Emily está cerca. A Emily le sube el rubor hasta las orejas.
—¿Mi Martin? —bromea Thomas—. ¿Mi guardia en prácticas?
—Apuesto a que le gustas, Em.
Emily hunde la cara en las manos y ríe. Sus padres han eludido muy hábilmente un tema incómodo y la cocina se vuelve a llenar de risas.
Emily piensa mucho en los delitos. En los delincuentes y en las chicas de su edad que ocupan las celdas frías al otro lado del patio.
Pero no se atreve a volver a preguntar en voz alta.
Emily se mete en la cama con el cuaderno de dibujo esa misma noche y se deja llevar por los ágiles movimientos de su muñeca sobre la hoja; la palma de la mano derecha está plateada por la carbonilla. Marianne llama suavemente a la puerta y va a sentarse en el borde de la cama.
—Ya falta poco para tu cumpleaños —dice Marianne—. Presiento que este va a ser un año muy especial para ti, amor.
Emily se muerde el labio.
—Dieciocho —continúa Marianne—. Yo tenía tu edad cuando me casé con tu padre.
—No me imagino casada. No ahora.
—Y tampoco deberías; tienes toda la vida por delante y eres muy brillante, mi amor. No vas a trabajar en Holloway para siempre, no importa lo que diga tu padre.
Emily se estremece ante la idea de quedarse en la cárcel el resto de su vida, aunque parece que su padre cree que el mejor trabajo al que puede aspirar es el que ya tiene.
—Voy a seguir yendo a la escuela todo lo que sea posible —dice.
—Esa es mi muchacha —dice Marianne estrechándole la rodilla—. Prométeme, querida, que no vas a ir con nadie al altar antes de tener tu certificado de maestra. Los hombres van y vienen. Pero tu propia inteligencia va a abrirte puertas que nunca soñaste.
Emily sonríe para complacer a su madre, pero para ella, se trata de una ilusión tan imposible de alcanzar como las estrellas que ve por la ventana.
Toda la vida supo cómo será su futuro: la escuela, después los quehaceres y volver a empezar.
Es, a la vez, ridículo y tentador imaginar un mañana diferente.
—Lo digo en serio, Emily. ¿Me lo prometes?
—Te lo prometo. —Acaricia las muñecas a su mamá. Aunque las manos de Marianne son callosas y ásperas, tiene las muñecas suaves como pétalos.
—Así el futuro va a estar al alcance de tu mano.
—Bueno, mamá…