Las buenas hijas Capíulo uno #3
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Capíulo uno #3

Charlotte se sonroja, ¿olvidó ponerse los pantalones bombachos? Una inspección rápida le da la certeza de que lleva toda la ropa puesta.

—Su cabello —continúa Mrs. Pennington, apuntando un dedo nudoso a la trenza que desciende por la espalda de Charlotte—. Las muchachas de Girton deben llevar moño en todo momento.

—Solo voy a desayunar —protesta Charlotte—. Me lo recojo después.

—Se lo va a recoger ahora —amonesta Mrs. Pennington—. Y que no vuelva a verla vestida con ropa de casa.

Charlotte vuelve a subir rápidamente, muerta de vergüenza.

Peinarse le lleva más tiempo del que hubiera querido: es que en casa rara vez había motivos para llevar el pelo recogido.

Sus hermanas y ella se ayudaban si se presentaba algún evento formal.

Charlotte resopla frente al diminuto espejo con las horquillas entre los labios como si fuera un puercoespín.

Había hecho todo mal: ahora está vestida y le cuesta levantar los brazos para peinarse.

Logra dar forma a algo parecido a un moño y vuelve a bajar a toda velocidad.

Se arma de valor para entrar al comedor lleno de desconocidas, abriga la esperanza de encontrar un asiento libre en alguna mesa amigable.

La puerta rechina y en el salón se hace un silencio sepulcral.

Las chicas la reciben con miradas frías.

Charlotte es consciente de los mechones que no llegó a peinar y que le caen por la espalda, así como de las gotas de sudor que se deslizan entre sus pechos y le humedecen la camisola.

No encuentra asiento, sus pasos resuenan en toda la habitación.

Las chicas vuelven a sus platos, inclinan la cabeza, ríen y murmuran.

Mrs. Pennington, imperturbable, está sentada en la cabecera.

Charlotte empieza a observar a sus compañeras de clase con el paso de los días pero habla con muy pocas, o más bien muy pocas hablan con ella.

Parece que la mayoría viene de Londres y ya se conoce.

Todas fueron a la misma escuela de señoritas, frecuentaban las mismas fiestas y no demuestran demasiado interés por conocer personas nuevas.

Charlotte intenta participar en las conversaciones, está atenta a la mínima oportunidad.

“Bonito vestido”, elogia con rapidez, o: “¿Tú también leíste a Wollstonecraft?”.

Recibe respuestas concisas casi siempre —“gracias”, “sí”, “no”— antes de que le den la espalda y la excluyan una vez más.

Escucha a la hora del té que las de primer año cuchichean sobre los varones del King’s College.

—¿Vas a quedarte el año que viene? —le pregunta Flora St. Clare, hija de un conde, a la preciosa Georgina Fernsby-Bryce, de cabellera negra como el plumaje de un cuervo.

—Todavía no lo he decidido —contesta Georgina y pestañea coqueta—. Aunque todavía no es oficial, el compromiso —dice con un susurro exagerado— está previsto para la primavera. Depende de que llegue a tiempo con el ajuar, supongo.

Flora asiente con entusiasmo.

—Bueno, si llegas a irte antes de que terminemos segundo año, también me iré yo —dice—. Mi padre tiene un primo tercero al que debería conocer pronto, pero si eso no funciona, prefiero volver al pueblo antes que quedarme sola aquí.

—Perdón por interrumpir —dice Charlotte—, pero ¿qué quieres decir con “quedarte sola aquí”?

Las chicas la miran pero no contestan, como si hubiera hablado en otro idioma. Por fin, Georgina explica con un tono que, generalmente, se utiliza para dirigirse a niños pequeños o a personas con problemas de audición, que nadie se queda hasta tercer año en Girton College.

—A menos —agrega, condescendiente— que no se tengan perspectivas de boda.

De pronto la menguada cohorte de tercer año cobra sentido.

Flora y Georgina desaparecen rápidamente con sus faldas de seda; Charlotte se queda a solas con el eco de los chismes sobre la temporada londinense, preguntándose en qué mundo ha desembarcado.

No importa , se dice, sé paciente . Charlotte recorre las encantadoras calles de Cambridge contando los chapiteles de las torres medievales que perforan el cielo gris del otoño.

Y cuando las nubes se abren y el aire se pone denso por la lluvia fría, encuentra sillas mullidas en la biblioteca y lee durante horas, sin parar.

Por las noches se deleita en el salón comedor, disfruta del postre en todas las comidas y el rico pollo asado al que no tiene que desplumar ni cocinar.

Espera que solo sea una cuestión de tiempo —está convencida de que lo es— encontrar amigas. Tiene que resistir.

Por las noches le llega el alboroto de las chicas desde los salones, también el ir y venir de una habitación a otra.

Charlotte deja su puerta entreabierta pero, aunque las risas vibran en los pasillos, nadie llama.

Suspira y se recuerda a sí misma que debe disfrutar cada momento.

Está aquí, ¿no es cierto? En su propia habitación, en la primera universidad para mujeres de Inglaterra.

¿Cómo se atreve a sentirse sola si sus sueños se han hecho realidad?