Las buenas hijas Capíulo uno #2
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Capíulo uno #2

Ahora Charlotte descubre que tiene un cuarto con una salita contigua para ella sola; también una cama estrecha, un pequeño escritorio de madera con tintero, una cómoda y hasta una repisa sencilla sobre su propia chimenea…

todo esto le pertenece a ella y a nadie más.

Una alfombra gruesa (aunque descolorida) cubre casi todo el suelo y las ventanas, que dan a jardines cuidadosamente podados, tienen cortinas de encaje color crema.

No trajo nada con qué decorarla, ve que las otras chicas y sus padres llegan con muebles, cuadros y mantas de repuesto. Las madres indican a los conserjes cómo colgar las cortinas y dónde guardar los abrigos de piel. George se queda en la puerta jugueteando con su reloj de bolsillo.

—Me parece que ya estoy instalada —dice Charlotte.

Va a deshacer la sencilla maleta ella sola.

George le pone un sobre con billetes doblados en la mano antes de irse.

Tal vez lo juzgó con demasiada dureza: él la ayudó a completar la inscripción a Girton a pesar de la oposición de su madre.

Sarah creía que la educación universitaria era un camino largo y caro hacia la soltería.

—Vas a echar a perder cualquier posibilidad de casarte —dijo angustiada—. ¿Por qué necesitas aprender más de lo que ya sabes?

—Porque —había respondido Charlotte— no sé qué es lo que no sé. Y nunca voy a estar conforme hasta que llegue a descubrirlo.

Charlotte y George se aliaron por primera vez para convencer a Sarah de que sus temores sobre los efectos masculinizantes de la universidad eran injustificados, y de que querer educarse no era incompatible con un futuro como esposa y madre.

Aunque probablemente él solo quisiera que su ambiciosa hijastra mayor se fuera de casa, Charlotte agradecía el apoyo de George.

Su único defecto real, ella lo sabe, es que no es su padre verdadero.

Su padre habría estado orgulloso de ella; Charlotte recuerda las arruguitas que se le formaban alrededor de los ojos cuando reía, esos mismos ojos marrones, inmensos, que había heredado ella.

Charlotte no ha visto una sonrisa sincera a su madre desde que murió su padre.

Querría que Sarah hubiese podido acompañarla a Girton, que hubiese podido demostrar un poco de orgullo o, al menos, algo de apoyo en vez de ser el ama de casa frugal, siempre servicial, que cede a todos los caprichos de George y se vuelve pequeña dentro de su propia casa.

Ahora, por suerte, todo eso quedó atrás.

Ve a George desde la ventana alejarse lentamente por el sendero de piedra y desaparecer en la calle.

De pronto está completamente sola. ¡Qué maravilla!

Todas las pisadas en el suelo de madera provienen de sus propios pies.

El aire huele a papel y a tinta, y las oportunidades canturrean su melodía en todos los rincones.

Charlotte se dedica a explorar el edificio, toma nota de qué escaleras crujen y cuáles no, de las intrincadas molduras que decoran las paredes en los ángulos donde se encuentran con el techo.

Los rostros fantasmales de benefactores muertos hace mucho le sonríen desde sus marcos dorados.

La rigurosa tutora, Mrs. Pennington, tiene cara de trucha y vive al final del pasillo.

—Girton College —recita la primera noche frente a todas las chicas reunidas en la biblioteca, a la hora de las plegarias— es una de las pocas instituciones de Inglaterra pensadas solo para señoritas.

De hecho está entre las pocas instituciones del mundo, con excepción de los conventos, creadas especialmente para educarlas.

Es su deber esforzarse por encarnar todas y cada una de las cualidades superiores de su condición de mujeres y de la buena crianza para que, cuando salgan al mundo, lo mejoren con sus buenos modales, feminidad y gracia.

Charlotte recorre el salón con la mirada; ve a las chicas de primer año, quienes forman un grupo compacto que escucha a Mrs. Pennington sin perder palabra.

La cohorte de segundo es bastante menos numerosa; y en la de tercero, advierte, hay apenas un puñado de chicas.

No quiere ser cruel, pero al observar a las estudiantes del último año no puede evitar pensar que casi todas le parecen insulsas; salvo algunas excepciones, la mayoría lleva ropa pasada de moda y no se mueve del rincón donde está reunido su pequeño rebaño.

Charlotte comprende rápidamente que Mrs. Pennington está aún más obsesionada con la virtud y la castidad que su madre.

Famosa por la vigilancia militar que ejerce sobre las internas a su cargo, es su misión evitar cualquier conducta que pueda asociar a sus muchachas con las mujeres intelectuales de la Sociedad de las Medias Azules y sus actividades tan poco femeninas.

La educación, insiste, no va a dejar fuera del mercado del matrimonio a las chicas de Girton.

Charlotte baja las escaleras para el desayuno a las siete en punto la primera mañana, pero Mrs. Pennington le cierra el paso con su bastón y casi la hace tropezar.

—Jovencita, ¿cómo se atreve a presentarse así, a medio vestir?