Capíulo uno
CAPÍTULO UNO
CHARLOTTE
A Charlotte Evans le queda un solo día para irse de casa y está decidida a no arruinarlo.
Hace años que quiere salir del hogar de su melancólico padrastro, alejarse de las críticas de su madre y de las peleas entre sus hermanas.
Pero lo que más deseó siempre fue salir al mundo, donde las ideas importan y el pensamiento tiene valor.
Cuando, por fin, llega el momento de hacer las maletas, le tiemblan las manos al doblar las blusas y colocarlas en la maleta de mano.
Meses de estudio a la luz de la vela después de los quehaceres domésticos, de apilar libros a su alrededor como si fueran los muros de una fortaleza, seguidos de semanas de suplicar a sus padres, discutir con ellos y rogarles, le valieron una vacante en Girton College.
No va a desperdiciar esta oportunidad de ser libre.
Así y todo, fue un verano largo. Un verano audaz.
—Charlotte —dice Sarah con los labios apretados—. Ven un momento.
Un terror sordo y profundo se le instala en el estómago.
Charlotte sube la escalera detrás de Sarah, la sigue por el pasillo hasta la habitación principal.
Las descoloridas cortinas azules todavía están cerradas aunque ya casi es mediodía.
La muchacha puede ver la preocupación dibujada en el rostro de su madre a pesar de la penumbra. ¿Sabrá?
Charlotte mantiene una expresión imperturbable, no permite que le tiemble la voz y se recuerda a sí misma que debe respirar.
—¿Qué pasa, mamá?
Sarah se retuerce las manos y suspira.
—Solo quería decirte que… que tengas cuidado. Sé buena y ten cuidado.
—Mamá…
—En serio, Charlotte, cuando se pierde la castidad…
La hija termina la frase con un suspiro: se pierde para siempre.
—Ya lo sé mamá. —El sarcasmo de siempre vuelve a su voz y una cálida corriente de alivio le invade el cuerpo… no la han descubierto.
Desde que Charlotte empezó a cruzar la calle sola a los cinco años, Sarah comenzó a obsesionarse con la castidad de sus hijas.
A veces utilizaba otras palabras, como “honor” y “pureza”, pero el mensaje siempre era el mismo y lo predicaba con fervor encendido.
Desde hace un tiempo, la joven cree que la advertencia es melodramática y, junto a sus hermanas, empieza a hacer bromas a sus espaldas.
—Cuidado —decían divertidas, si Sylvia se ponía a amasar o si Anna salía rumbo a la escuela—. Cuando se pierde la castidad, se pierde para siempre.
Se convirtió en un chiste familiar, en un juego. ¿Cómo era posible que su madre asociara la promiscuidad con las situaciones más cotidianas y absurdas?
Sarah está tensa de todas formas; las dos permanecen de pie en la habitación oscurecida.
—Por favor, Charlotte —dice con la voz un poco más aguda que de costumbre, como una cuerda de violín demasiado estirada.
—Sí, mamá. —La hija se inclina y le da un beso en la mejilla. Sarah no cede en su rigidez.
Lo irónico es que Charlotte no fue nada casta este verano.
Cuando Sylvia bajó a la bodega la semana pasada, tuvo que cubrir la cara de Jack con la mano para que no lo escuchara reír.
Estaba casi segura de que su hermana menor los había oído.
Hubo un momento aterrador en el que Charlotte contuvo la respiración en la oscuridad mientras pellizcaba las costillas a Jack para que dejara de hurgar bajo su falda; por suerte Sylvia dio media vuelta y subió la escalera.
Charlotte evitó la mirada de su hermana durante días e imaginó millones de explicaciones vagas en caso de que decidiera encararla.
Le angustiaba pensar que Sylvia se lo hubiera contado a su madre o que, por alguna razón, Sarah ya lo supiera y quisiera aprovechar la excusa para evitar que se fuera.
Pasó esa última semana en un estado de ansiedad permanente.
Charlotte dejó a Jack y se prometió adoptar una conducta intachable hasta que, por fin, subiera al tren con destino a Cambridge.
Jack no era nadie, no tenía importancia.
Habían sido niños, vecinos, amigos, que corrían por el pueblo sin que nadie los controlara y se escondían para estar juntos.
Pasaron los años, pero a Charlotte siempre le costó encontrar palabras para nombrar el deseo que la desbordaba y los sentimientos que no llegaba a expresar.
Si las hubiera tenido, tampoco se hubiera atrevido a pronunciarlas en voz alta.
Aunque se aliaba con sus hermanas para burlarse de las profecías apocalípticas de su madre, hubo un momento, hace años, en que dejaron de hacerlo.
Charlotte no recuerda cuándo fue pero sabe que nunca, jamás, va a contarles lo de Jack. Sylvia y Anna no lo entenderían.
Hay una distancia entre ella y sus hermanas, y no tiene que ver solamente con la edad aunque, de un tiempo a esta parte, los cuatro años que se llevan Charlotte y Sylvia parecen un abismo.
Sylvia y Anna respiran decencia, no les interesa recorrer el pueblo junto a Charlotte en busca de aventuras, ni seguir algún impulso caprichoso que termine con la falda embarrada y el corazón agitado.
Se conforman (por alguna razón inexplicable) con quedarse en casa y ayudar a Sarah con las tareas domésticas.
Charlotte no: ella tuvo que suplicar a George y a Sarah que, aunque no fuera, valoraran su petición de asistir a Girton College.
Pero, sobre todo, sus hermanas son más pequeñas y por eso quieren a George, su padrastro, porque es lo más parecido a un padre que conocen.
Pero Charlotte recuerda a su padre verdadero, un hombre tan dulce y tan adorable como nunca será George Penfield aunque se lo proponga.
Charlotte nunca contó a Sylvia y a Anna lo que había hecho ese verano, lo que permitió hacer a Jack las semanas previas a escapar de esa vida asfixiante para siempre.
Hubo años de roces y de besos furtivos castos pero curiosos.
Luego, por fin, en el ocaso de agosto, cuando cada brizna de hierba verdeaba y cantaba llena de vida, ella dijo sí, sí, sí.
Creyó que le iba a doler. Túmbate y piensa en Inglaterra, le aconsejaron sus compañeras de escuela.
Pero no dolió, aunque tampoco fue especialmente placentero.
El frío húmedo de la bodega no contribuyó demasiado a crear un ambiente romántico.
Pero, al contrario de lo que vaticinaban las advertencias internalizadas durante años, no se sintió deshonrada, ultrajada ni dominada.
De hecho se sintió extrañamente poderosa: había consumido a Jack, había introducido la parte más vulnerable de su ser dentro de sí.
Si eso no era poder, ¿qué era entonces? Ella no lo amaba, eso estaba claro, pero lo deseaba y era suficiente.
Aun así, lo que menos le importó ese verano fue qué significaba Jack para ella; si la hubieran descubierto no habría Girton College, no habría futuro; con suerte la habrían casado a la fuerza o habría quedado deshonrada para siempre.
Agradece la ingenuidad de Sylvia. En su última noche en casa, Charlotte necesita tener las manos ocupadas y acepta entusiasmada hacer todo lo que se le pide.
Sabe lo cerca que ha estado de perder esta oportunidad.
El tren se pone en marcha con una bocanada de humo negro, una sacudida y un silbido agudo.
George está sentado frente a ella; la nariz, como siempre, hundida en el periódico.
Fue muy amable al acompañarla, piensa Charlotte, pero aunque hubiera preferido estar con su madre, Sarah no viaja sola.
En realidad no viaja nunca. Charlotte no recuerda la última vez que su madre salió de Fulney.
El campo marrón y los pueblos diminutos como cabezas de alfiler se desdibujan contra la puesta de sol por las ventanillas.
El paisaje va desfilando frente a sus ojos…
nunca estuvo tan lejos de casa. El horizonte se vuelve más oscuro y más bello con cada cambio de luz, del color de la tela de algodón sumergida en tinte índigo y así, lentamente anochece.
George dobla el periódico y se acomoda la pajarita cuando el tren llega a la estación de Cambridge.
A Charlotte se le ha dormido la mejilla contra la ventana fría.
Todavía lleva puesta una capa de viaje rústica, la que cosió su madre a la luz de las velas durante el verano.
Sarah es capaz de sacrificar su propia vista con tal de ahorrar los pocos chelines que hubiera costado comprar una capa nueva en el pueblo.
Y no perdió ni una sola oportunidad de recordar a su hija que Girton estaba costando una fortuna a George.
Charlotte lleva una blusa almidonada bajo la capa, abotonada hasta la barbilla, y un corsé muy ajustado debajo.
Después de todo ese tiempo sentada, la ballena del corsé se le empieza a clavar en las costillas.
Así, encorsetado, el corazón empieza latir con fuerza al ver las luces amarillas de Cambridge.
George se pone de pie sin decir nada y, con un gesto, le indica a un mozo que retire las maletas.
Las habitaciones de Charlotte son de un lujo deslumbrante.
A diferencia de sus hermanas, ella todavía recuerda los días en que aún no se habían mudado con su padrastro, un tiempo en que no tenían cocinera, ni criada que encendiera el fuego todas las mañanas.
Sus hermanas menores olvidaron cómo era despertarse con frío.
George no es rico, no… examina las cuentas todos los meses y, cuando Sarah cree que él no se va a dar cuenta, también las revisa con atención.
Lleva su propia contabilidad para decidir cuánto crédito habrá que pedir y cuánto dinero se puede ahorrar.
Tienen una posición bastante holgada pero, según parece, siempre están al límite.
Las tres hermanas compartían el cuarto en la casa anterior.