36
Vanessa
La arena seguía caliente bajo mis rodillas cuando el silencio comenzó a romperse.
Escuché un crujido.
Luego otro.
La única parte de la estructura que quedaba del Serenata terminó de ceder.
—¡Garrett! ¡Oksana! —gritó Naomi a lo lejos, pero nadie respondió.
Me puse en pie para observar qué estaba ocurriendo.
El humo aún salía muy denso de la zona de la cocina. Una enorme acumulación de escombros se encontraba justo sobre el antiguo almacén.
Teo avanzaba entre el humo, apartando vigas con las manos desnudas.
—¡Svein! —llamó alguien—. ¡Raoul!
Selena intentó incorporarse, con el bebé en brazos, y me miró.
—¿No encuentran a Raoul? —preguntó preocupada.
—Quédate aquí con Alistair —le dije con firmeza, obligándola a recostarse de nuevo—. No te muevas. Yo iré a buscarlo.
Alistair iba a protestar para ir él, pero no le di opción.
—Quédate con ellos. Si hay otra réplica, es mejor que estés aquí, protegiendo a Selena.
Aceptó a regañadientes, y yo avancé hacia la terraza destruida. El calor era abrasador, y muchas vigas aún chisporroteaban.
Naomi me vio llegar y tensó los hombros.
—¿Eres tú? —preguntó, dudosa.
—Soy yo —le aseguré, alzando las manos en son de paz—. La misma Vanessa de siempre.
Se le quebró el gesto y me abrazó con fuerza.
—Nos has asustado, ¿sabes? —Me pareció que se limpiaba las lágrimas con el dorso de la mano, con disimulo—. Me gustan los vestidos de tu tienda. Los habría echado de menos.
—Y yo a ti. Nadie lanza sillas por los aires como tú.
Un movimiento entre el humo nos hizo girarnos. Una mujer emergió entre las sombras y, por un instante, el corazón me dio un vuelco. ¿Oksana?
Pero no era Oksana. Era Martina, la chica poseída de la secta. La que se me había escapado del Land Rover. Cargaba a cuestas la espada de Alistair. La reconocí de inmediato.
—Esto no ha terminado —dijo con voz de ultratumba.
Levantó la espada, más pesada que ella, y se lanzó contra Mina por la espalda.
—¡Cuidado! —gritamos Naomi y yo al unísono.
Mina reaccionó a tiempo. Se agachó, rodó por el suelo y extendió la mano. Una nube de insectos salió de los escombros y trepó por las piernas de Martina, desestabilizándola.
Naomi lanzó un fragmento de metal y golpeó a Martina en la cabeza. Esta se tambaleó y cayó contra una columna derrumbada. Su cuerpo quedó inerte, con los ojos cerrados, y la espada cayó a un lado con un sonido metálico.
Teo llegó en ese momento.
—No la matéis —ordenó—. La necesitaremos consciente para interrogarla.
Naomi asintió, muy seria.
—Nos faltan cuatro personas —declaró Teo—. Garrett, Oksana, Raoul y Svein.
—Hay que buscar en la zona del almacén derrumbado —dijo Naomi—. Es donde los vimos por última vez.
Teo asintió y se puso a la cabeza. Era difícil avanzar, sorteando las llamas y los obstáculos, pero él iba abriendo el paso. Retiraba los escombros con sus manos desnudas, con cuidado de no hacer ceder el resto en efecto dominó. En algunas partes había tanto humo que costaba ver y respirar.
Al apartar una viga grande, escuchamos a alguien dando golpes rítmicos debajo.
—¡Aquí! ¡Aquí! —dijo alguien.
—¡Es Oksana! —exclamé, reconociendo su voz.
Entre varios movimos los restos de madera y metal. Una estantería había caído en diagonal, creando una pequeña cámara de aire. Oksana estaba atrapada debajo y Garrett yacía a su lado, medio cubierto por unos tablones rotos.
—No mováis esa viga todavía —dijo Oksana con sorprendente serenidad—. Está sosteniendo todo el peso de encima y podría hundirse sobre Garrett.
Nos detuvimos mientras Teo evaluaba la estructura.
—A la cuenta de tres, levantamos solo lo suficiente para que ella salga. Luego lo apuntalamos con esa puerta metálica y sacamos también a Garrett.
Improvisamos una palanca con una barra caída.
—¡Uno, dos, tres!
La viga se elevó unos centímetros.
Oksana salió reptando y nos ayudó desde fuera. Después liberamos a Garrett, que estaba inconsciente. Tenía una herida abierta en la cabeza y su respiración era muy irregular.
—Pulso débil, pero estable —dijo Naomi tras comprobarlo—. Probable conmoción. Puede que costillas rotas.
—¿Llamo una ambulancia? —preguntó Mina con eficiencia.
Teo sacudió la cabeza.
—Mejor no llamar la atención. Llevadlo a alguna zona tranquila de la playa; que nadie vea las heridas. Me encargaré después.
—¿Y el noruego? —pregunté.
Oksana dudó apenas un segundo.
—Estaba cubriéndonos. Cuando detonó la última descarga, sentí que me empujaba lejos de la explosión.
Nos miramos.
Teo empezó a remover la zona más profunda del derrumbe. Al levantar un bloque grande de mampostería, apareció una mano pecosa, cubierta de vello rubio.
Nadie habló.
Teo trabajó con cuidado. Cuando terminó de despejarlo, lo supimos antes de que dijera nada.
Svein estaba inmóvil. El impacto de los escombros había sido directo y mortal.
Naomi soltó un grito y se llevó las manos a la boca.
Teo comprobó el pulso y las pupilas, aunque su estado era obvio. Al momento, sacudió la cabeza.
—Murió al instante —declaró apesadumbrado.
Oksana cerró los ojos y suspiró, conteniendo las lágrimas. Le tomó la mano a Naomi, que raramente lloraba, pero había roto en sollozos al ver el cuerpo magullado del noruego.
—Nos dio el tiempo que necesitábamos —murmuró Oksana con tristeza—. Estamos vivos gracias a él.
—Hay que llevárselo de aquí —dijo Teo con firmeza—. Al embarcadero viejo. Allí no habrá cámaras. De momento, vamos a dejarlo a un lado y lo cubrimos.
Naomi gimió, horrorizada, pero Teo la ignoró. Era importante actuar rápido, sin dejarse llevar por los sentimientos. Pronto empezaría a llegar la gente.
Me miró; era la única que aún mantenía la compostura.
—¿Puedes ayudarme?
Tragué saliva y asentí, obligándome a apartar los recuerdos.
Lo levantamos entre los dos. Lo sacamos por un lateral y lo cubrimos con una lona medio quemada, en un rincón oscuro y alejado de los curiosos.
Las sirenas empezaban a escucharse a lo lejos.
Clarence apareció junto a Teo. Su traje estaba destrozado y había perdido el sombrero.
—La gente está grabando desde la calle, Theodore.
Teo lo miró con el ceño fruncido.
—Se te da bien robar teléfonos, ¿no es cierto?
Clarence asintió.
—Pues empieza —le dijo—. Habrá que usar también el oblivium . Que olviden lo que han visto. Si está Leonard, que se encargue también.
—Por supuesto —respondió Clarence, llevando la mano al ala del sombrero, que ya no estaba.
—Cuanto antes empecemos, mejor.
—Les he dicho a los preguntones que hubo un incendio en la cocina, en medio de una fiesta con efectos especiales —dijo Mina, acercándose.
—Bien hecho —dijo Teo—. Los demás, usad todos esa misma historia, si alguien pregunta.
Mientras los demás discutían cómo iban a justificar todo lo ocurrido frente a los corrientes mortales, me giré y busqué a Selena con la mirada.
Ya no estaba en la arena. Alistair la había acompañado a un banco de madera, cerca del paseo, y la había cubierto con una chaqueta prestada. Selena alzó el brazo y me llamó, y sus labios dibujaron la palabra «Raoul».
Negué con la cabeza, pero me esforcé por sonreír para que no se preocupara. Sin embargo, tanto ella como yo estábamos pensando lo mismo en ese momento.
De pronto, los escombros comenzaron a moverse a unos metros de nosotros.
Primero fue un crujido leve.
Luego otro, más fuerte, como si algo estuviera empujando desde debajo.
Todos nos giramos a la vez.
—Atrás —ordenó Teo, alzando una mano.
El montón de madera y piedra vibró. Una viga se desplazó unos centímetros. Después, otro bloque cedió con un golpe seco.
Durante un instante horrible, pensé que tendríamos que enfrentarnos a otra cosa más; a otra criatura infernal salida de la grieta.
Se oyó otro golpe, y una mano emergió entre los escombros.
Era enorme, peluda y estaba cubierta de hollín y sangre.
Pero el dueño estaba vivo.
Naomi soltó un grito ahogado.
El resto del cuerpo no tardó en aparecer.
El hombre se abrió paso a la fuerza, como si estuviera arrancándose de una tumba. La madera crujió bajo sus hombros. La piedra raspaba su piel desnuda, y cada movimiento parecía costarle un esfuerzo impensable.
Cuando por fin logró incorporarse, tambaleándose, la luz del fuego le iluminó el rostro.
Era Raoul.
Tenía la mirada perdida y respiraba con dificultad.
El alivio me golpeó tan fuerte que casi me puse a reír, a medio camino entre el llanto y la histeria.
—¡Está vivo! —grité, girándome hacia Selena.
Ella rompió a llorar de alivio.
Raoul nos saludó con un gesto militar al vernos, mientras Clarence lo cubría con su chaqueta y Oksana le ofrecía un pareo.
—¿Y Selena? —fue lo único que dijo.
—Ven conmigo, grandullón —le dije, tomándolo del brazo—. Te acompañaré a verla. Te vas a llevar una sorpresa.
Eché a caminar, seguida por el hombre lobo, que no dijo ni una palabra durante todo el camino. Lo llevé hasta donde estaban Selena y Alistair, y al llegar allí, se quedó petrificado.
Selena sostenía al bebé dormido contra su pecho, con una sonrisa de agotamiento.
—Santa Madre Luna —murmuró Raoul, cayendo de rodillas junto a ella y su hijo recién nacido.
—Pensé que no iba a verte más —le susurró Selena, acariciando su cabeza.
—No es tan fácil deshacerse de mí.
Se rieron entre lágrimas, y Raoul le cogió la mano al niño, contando sus dedos, tan perfectos como diminutos.
Miré a Alistair, y nos entendimos de inmediato. Me tomó de la mano y nos escabullimos, dejándolos a solas. Nos alejamos caminando hacia la orilla del agua, escuchando el sonido de las olas rompiendo bajo la luna.
—Pensé que esta noche iba a perderlo todo—susurró él—. Por segunda vez.
—Pero resistimos —le respondí, atrayéndolo hacia mí.
—No por falta de intentos del universo.
Sus manos, ásperas y firmes, me agarraron por la cintura.
—Sigues aquí —dijo.
No era una pregunta.
Lo miré. Tenía hollín en la mejilla, una ceja partida y los ojos demasiado claros para haber visto tanta oscuridad.
—Y tú también.
—No vuelvas a pedirme algo así —susurró contra mi pelo, inclinándose hacia mí.
No supe si era una orden o una súplica.
—No pienso volver a necesitarlo —respondí con voz entrecortada.
Me atrajo con fuerza y choqué contra sus labios en un beso urgente y desesperado, con el sabor a sal y a humo todavía en la boca.
Sus dedos se clavaron en mi espalda, comprobando que, sí, era real y estaba allí.
Yo lo sujeté por la nuca y tiré de él hacia mí, con la misma violencia contenida con la que había expulsado a aquel demonio de mi pecho.
Detrás de nosotros, el Serenata terminaba de arder. El humo comenzaba a disiparse sobre el mar, mezclándose con la bruma salada que presagiaba el amanecer.
Me detuve a tomar aire y apoyé la frente contra la suya.
Mi pulso latía solo. De nuevo era uno, no dos.
Esa noche, no habíamos destruido la oscuridad, pero la habíamos obligado a retroceder; a regresar al lugar de donde vino.
Y mientras el fuego se convertía en ceniza y la noche terminaba de morir, comprendí que no todas las guerras se ganan. Algunas solo se sobreviven.
Y a veces, eso es más que suficiente.