Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) Epílogo
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Epílogo

Vanessa

Cementerio de Montjuïc. Barcelona.

La niebla matutina empezaba a disiparse sobre el Mediterráneo cuando subimos todos juntos al viejo cementerio, encaramado en la colina.

El mar brillaba borroso al fondo, azul y tranquilo, ajeno a todo lo ocurrido en los últimos días.

El panteón de los Martínez de la Cruz seguía allí, pero esta vez no me sentí tan mal al verlo.

Ahora solo eran piedras. Nada más.

Abrí la puerta con mi llave y entré yo primero, con Alistair a mi lado.

Los demás me siguieron. Los vampiros iban detrás con discreción, transformados en cuervos. Una pantera negra los seguía. Alba. Cuando entraron en la oscuridad del recinto, todos ellos recuperaron su forma humana.

Dentro, tanto el suelo como la lápida de mi madre mostraban una larga cicatriz negra en el lugar donde Eulalia se había sacrificado.

Pero no sentí energía vibrando. No quedaba nada activo allí. Solo polvo y huesos.

Garrett apoyó su bastón contra la pared. Cojeaba un poco y tenía el brazo en cabestrillo, pero los médicos habían dicho que se recuperaría. Oksana estaba a su lado. El anillo en su dedo ya no ardía; era solo una banda de metal negro, como antes.

Alba reapareció junto a su hija Iris, y esta le pasó el brazo por los hombros. La hija se dejó, aunque de forma un poco arisca.

Mina también estaba allí, acompañada por Leonard.

Incluso Johannes y Patricia habían venido desde Suiza.

Naomi entró con la urna de Svein, y la colocó en uno de los nichos laterales. Tenía ojeras y los ojos enrojecidos, como si llevase dos días llorando, en vez de dormir. La soltó y volvió a cogerla, como si le costara despedirse.

—Svein… —susurró, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creérselo.

Habían tenido muy poco tiempo. Demasiado poco. Sentí una enorme tristeza por ambos al pensarlo.

Finalmente, Naomi dejó la urna en su sitio y la acarició una vez más. Luego apartó la vista de golpe y dio un paso atrás.

Yo me acerqué, llevando la otra. La de Eulalia. La puse sobre la tumba de tía Inés, la mujer más importante de nuestras vidas.

Selena, con el niño en brazos, colocó una ramita de romero sobre cada urna y susurró una bendición, deseándoles buen viaje.

Oksana se agachó y quiso tocar la cicatriz negra del suelo. Garrett negó con la cabeza y le tendió la mano sana para que se levantase.

Después, todos me miraron.

Se suponía que era mi turno de hacer discursos, pero no me sentí capaz.

El silencio tendría que ser suficiente.

No necesitábamos párrocos, ni rezos, ni palabras grandilocuentes. Ninguno creíamos en nada de eso. Pero sí creíamos en estar allí juntos, unidos.

Nuestra sola presencia retumbó como un grito silencioso hacia el cielo.

Teo se arrodilló frente a las urnas, con la cabeza gacha, y murmuró algo en voz baja. Sonó como «gracias», o quizás como «lo siento».

Alistair dio un paso adelante y desenvainó su espada, recogida entre las cenizas del Serenata. La sostuvo en horizontal, con gesto dolido, como si de pronto le pesara más que nunca.

Me miró. Luego se giró hacia las urnas.

—Vuestro sacrificio no fue en vano —dijo en voz baja—. Palabra de cazador.

Se agachó y vaciló un segundo, mirándome. Asentí, dándole permiso. La colocó a los pies del pequeño altar, en el centro del panteón.

Me acerqué y toqué suavemente el metal frío; el mismo metal que podría haberme matado, pero no lo hizo. Aquel acero había quitado muchas vidas para salvar otras. A partir de ahora se quedaría allí, honrando a todos los que cayeron para detener el avance de la Oscuridad.

Nadie dijo nada más.

Después de un rato, algunos empezaron a salir, todavía en silencio.

Teo se quedó dentro unos segundos más, de rodillas. Quizá pidiendo un perdón que no llegaría nunca, porque no había ya nadie para concedérselo.

Finalmente, salió. Se transformó en cuervo y desapareció como un punto negro en el cielo.

Permanecí entre las sombras, reflexiva. Noté que solo habían quedado dentro Alba e Iris, madre e hija, en el rincón más alejado de mí.

Estaban muy quietas, frente a la urna de Svein.

Ninguna hablaba.

—Iris… —dijo Alba al fin.

Parecían haber olvidado que yo aún estaba allí. Me quedé donde estaba, sin querer interrumpirlas.

—Yo… —continuó Alba, pero volvió a detenerse, dudando.

La observé con detenimiento. Era hermosa, con esa belleza etérea y pálida típica de los vampiros.

Pero, en ese momento, no vi a una bruja poderosa, ni a una vampira capaz de transformarse en una criatura feroz.

Solo vi a una madre perdida, que no sabía por dónde empezar a hacer las paces con su hija.

Iris no la miró. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho.

—Pensé que me habías abandonado —dijo, sin levantar la voz—. Que no era suficiente. Que nunca estaría a la altura de mi hermana. Pensé… que había hecho algo mal.

Alba cerró los ojos un segundo, negando. Alargó la mano hacia el hombro de su hija, más alta que ella.

—No —susurró—. Nunca hiciste nada mal. Fui yo, y lo siento. Lo siento muchísimo.

Se acercó un poco más a ella, lentamente.

—Hui —continuó—, pero no de ti. De lo que me hizo el destino. No sabía cómo seguir adelante. Yo… me sentí culpable. Sentí que yo os había arrastrado a esto, a ti y a tu hermana. Que, de no ser por mí, habríais tenido una vida normal. Podríais haber crecido sin… sin todo esto.

Iris alzó la vista por fin. Tenía los ojos húmedos, pero firmes.

—Estos últimos años alejada de ti fueron muy duros —dijo—. Casi como si no tuviera madre.

Alba asintió.

—Lo sé. Y no puedo devolverte esos años. Pero… si me dieras una segunda oportunidad…

La voz se le quebró.

—Déjame intentarlo. Por favor. Hija.

Iris exhaló y cerró los ojos.

Me quedé en mi rincón, conteniendo la respiración. Me sentía como una intrusa, observando esa escena tan íntima entre ellas.

Iris se lo pensó un momento más, pero al fin, dio un paso adelante.

—No habría querido tener una vida normal, madre. A pesar de todo, este es mi lugar. Deberías saberlo.

Alba la abrazó con torpeza, e Iris apoyó la frente en su hombro.

—No vuelvas a irte —murmuró.

—No lo haré —respondió Alba—. Nunca más.

Sentí que se me humedecían los ojos de nuevo, a pesar de que aquella no era mi historia. Pude sentir la intensidad de los sentimientos que corrían entre ellas como una corriente eléctrica.

Después de unos minutos, también ellas salieron, y me quedé sola en el panteón.

Permanecí quieta un instante más.

Necesitaba despedirme de Eulalia a solas.

Me acerqué a su lápida y me arrodillé. Apoyé la frente en la piedra fría. No lloré, porque ya no me quedaban lágrimas. Pero supe que el agujero negro en mi pecho que había dejado su ausencia seguiría ahí para siempre.

Después me levanté y pasé los dedos por el nicho de Flip. Mi mariposa libre. Volando, allá donde estuviese.

Por último, hice una inclinación ante la tumba de mi tía Inés, y también ante la urna de aquel noruego insensato que había dado su vida por todos nosotros.

Luego salí, pasé la llave y no miré atrás.

Fuera, el sol brillaba.

El mundo seguía.

Los demás esperaban, parloteando en un corro. Oksana sostenía un periódico y leía en voz alta con incredulidad.

—Mirad este titular —dijo—: « Incendio en un bar de Ibiza durante espectáculo de recreación histórica. Sin víctimas mortales.». Tiene gracia. ¿Recreación histórica? ¿A quién se le ocurrió eso?

Clarence, desde lo alto de un ciprés, observaba en forma de cuervo. Giró la cabeza, como si no tuviera nada que ver con él.

—Fue él, seguro —dijo Iris con una sonrisa triste.

Naomi echó a andar, separada del grupo. La seguimos lentamente, descendiendo a pie por el camino y dejando atrás el cementerio bajo el sol de la mañana.

Selena, que iba delante de mí, se detuvo un momento. Cuando la alcancé, me puso al niño en brazos sin preguntar. Me quedé tiesa, sin saber por dónde agarrarlo.

—Sujétalo un momento. Tengo una piedra en el zapato.

Aparte de aquel momento en la playa, nunca había sostenido un bebé. Me sentí rara. Incómoda. ¿Y si se me caía? ¿Y si se rompía? ¿Y si me odiaba y echaba a llorar a gritos?

—Ven aquí, chiquitín… —dije, poco convencida, y lo separé un poco de mí—. Por cierto, Selena, ¿no crees que ya es hora de que le pongáis un nombre?

Ella volvió a ponerse el zapato y sonrió.

—Raoul quería ponerle Léonide en honor a su padre, pero a mí no me convencía…

Raoul se encogió de hombros, resignado.

—Es un buen nombre —replicó con voz seca.

—Sí, ya, pero ahora tenemos uno mejor —dijo Selena con tono de confidencia.

Mina y Naomi se arremolinaron a nuestro alrededor, llenas de curiosidad. Oksana las siguió, con el ceño fruncido.

—¿Sí? —dijo Mina—. ¿Y cómo vais a ponerle?

El niño abrió los ojos: negros, profundos e inteligentes.

—Aidan —respondieron Selena y Raoul a la vez.

—¿Aidan? —repitieron todas las demás, sorprendidas.

—Sí. Significa «pequeño fuego».

Asentí.

Tenía sentido.

El fuego que destruyó el portal.

El pequeño fuego que sobrevivió.

—Buena elección —comenté, y los demás aplaudieron—. ¡Bienvenido, Pequeño Fuego!

Luego seguimos bajando. La brisa veraniega subió desde el mar y agitó las copas de los árboles.

En otro plano, la Umbrícora seguía viva.

Pero aquí, en esta colina, bajo el sol Mediterráneo, la otra mitad del mundo no sabía nada de eso. Y me gustaba la fantasía de formar parte de esa mitad inocente del mundo. Aunque fuera solo por un breve instante.

Si luego, más tarde, la vida comenzaba a deshilacharse; si algo se rompía o se descosía… ya encontraría hilo para repararlo.

La oscuridad seguía ahí, pero ahora sabía qué hacer con ella.

Después de todo, la aguja nunca había estado en otras manos que no fueran las mías.

Algunas historias no terminan.

Igual que la energía y la magia, solo cambian de forma. O, a veces…

cambian de mundo.