35 #2
Agarré a Selena del brazo. Esta ya no era capaz de dar ni un solo paso más. Miré a mi alrededor, buscando a Raoul, pero no lo vi por ninguna parte.
—¡Hay que sacarla de aquí en brazos, Alistair! —grité.
Yo estaba demasiado débil para hacerlo.
Alistair cargó a Selena y juntos saltamos la barandilla de la terraza que daba a la playa. Aterrizamos sobre la arena fresca y húmeda del otro lado.
De pronto, un ser de pesadilla, con tentáculos de sombra y ojos de fuego, emergió por encima del tejado.
Era gigantesco, más grande que algunos de los edificios circundantes.
Se alzó por encima de todo, y sus ojos se fijaron sobre mí.
Uno de sus tentáculos me señaló.
Supe que, ahora sí, Umbrael me había encontrado. No había escapatoria.
Di un paso hacia él sin querer. Mi cuerpo respondía a su llamada, como atraído por un imán.
—Vanessa.
Escuché la voz de Alistair como a través del agua. Di otro paso, alejándome de él, pero su mano me sujetó por la muñeca.
Me di la vuelta, sintiéndome como si observara el mundo a través de unos ojos que no eran míos, con un cuerpo que ya no me obedecía.
Noté que Alistair dudaba.
Vi la promesa en sus ojos, y la mano alargándose hacia el cuchillo. En su mirada brilló el terror de no saber si debía salvarme o detenerme.
Umbrael abrió una boca de sombra sobre el tejado del bar, y algo dentro de mí retumbó, respondiendo de nuevo a su llamada.
—Eres sangre de mi sangre. Ven a mí —dijo su voz en mi cabeza.
Mis rodillas cedieron y caí al suelo.
Naomi apareció a mi lado y lanzó contra el monstruo todo lo que quedaba de la terraza: hierros, mesas rotas, botellas, fragmentos de barandilla. La nube de proyectiles atacó a Umbrael, haciéndolo recular un instante.
En ese momento, Mina alzó los brazos, y una bandada de criaturas de la noche se arremolinó sobre nosotros como un cielo negro.
También me pareció que Iris se acercaba y me tomaba de la mano, aunque yo estaba demasiado aturdida para registrarlo todo.
—Vanessa, escúchame —dijo, atravesando las barreras que nublaban mi mente—. Permanece aquí, entre nosotros. Vuelve.
Desde el corazón del Serenata se escuchó la voz de Oksana, gritando entre el fuego.
—¡Ahora, Garrett!
Se oyó otra explosión en el interior. Las llamas del almacén se extendieron por las grietas, como raíces incandescentes.
Parpadeé, tratando de deshacerme de las sombras y recuperar el entendimiento.
Todo ocurría demasiado rápido.
A mi alrededor las sentí a todas ellas, las brujas del Serenata. Telépatas, médiums, sanadoras… Todas ellas estaban allí, combatiendo juntas. Luchando por el mundo… y también, luchando por mí.
Sentí que, gracias a su ataque conjunto, la oscuridad vacilaba dentro de mi pecho, como si no supiera ya dónde agarrarse.
Pero faltaba algo. Un pequeño empujón.
Apreté los párpados y busqué la resistencia en mí; esa fuerza ancestral que había mantenido viva a la estirpe Martínez de la Cruz, a pesar de la sangre Zathar.
La fuerza de mi tía abuela Luisa, cuando mató a Elijah Wells. La de mi hermana Eulalia, al sacrificarse por el mundo entero.
La misma resistencia férrea que vivía en el interior de todas esas brujas, de todas esas mujeres que ahora luchaban como una sola para detener el avance del inframundo.
—No —dije, con la voz rota, y abrí los ojos de golpe—. Yo nunca seré tu llave, ni tu maldita vasija.
Sentí cómo la voluntad de Umbrael se tambaleaba, y justo en ese momento, una formidable explosión sacudió el bar.
Oksana y Garrett lo habían conseguido.
Dejé de sentirlo empujando.
El edificio se hundió en una nube de polvo y humo, y los pocos atacantes que quedaban huyeron en todas direcciones.
La onda expansiva me lanzó de espaldas sobre la arena de la playa.
La figura de Umbrael comenzó a desdibujarse.
Su silueta se fragmentó y fue absorbida hacia la grieta sellada, dejando atrás una nube de polvo, luz anaranjada y madera astillada.
A mi lado, Selena gimió.
—Ya viene —dijo con un hilo de voz.
Me giré. La pobre había caído de lado sobre la arena y tenía chorros de sudor cayéndole por la frente. Se irguió sobre un codo con un gran esfuerzo, y yo le apreté los dedos para reconfortarla.
—No —la tranquilicé—. Umbrael se ha retirado. Estás a salvo, Selena.
—¡Me refiero al bebé! —gritó Selena, dándome un manotazo de pura desesperación.
Me quedé sin respiración al comprender. Ella me lanzó una mirada homicida entre jadeos.
Yo no sabía nada de niños, ni de embarazadas. Era la peor acompañante posible en un caso como ese.
Miré a mi alrededor, pero no había nadie cerca. Todos gritaban y corrían de un lado a otro.
Junto a nosotras solo quedaba Alistair, que al oír las palabras de Selena se había quedado petrificado sobre la arena. Estaba casi más pálido que ella.
—Selena, no sé lo que hay que hacer —dije horrorizada.
—¡Pues aprende! —me espetó sin aliento—. ¿Es que nunca lo has visto en las películas?
—¡En las películas nunca sale esta parte!
Selena cerró los ojos y gruñó con todas sus fuerzas.
—Me estoy mareando —dijo Alistair—. Voy a vomitar.
—¡Calla y ve a por agua, inútil! —le gritó Selena con los ojos cerrados.
Siguiendo sus instrucciones, la ayudé a ponerse a cuatro patas sobre la arena caliente. El mundo ardía detrás de nosotros, y el Serenata se había convertido en una pira funeraria.
Los últimos miembros de la secta huían, y Teo gritaba órdenes a diestro y siniestro.
Pero aquí, en la playa, todo eso parecía pertenecer a un mundo muy lejano.
Aquí solo existía Selena, su respiración entrecortada y el temblor de su cuerpo entero.
—No puedo más —jadeó.
Le apreté la muñeca y traté de conectar con sus emociones, como siempre hacíamos todas las mujeres Martínez de la Cruz. Le envié fuerza y coraje, y su rostro se relajó un poco.
—Sí puedes —le susurré—. Una vez, hace mucho tiempo, entendí que el dolor suele ser el precio de cruzar hacia algo mejor.
Selena sonrió entre lágrimas.
—¿En serio?
Asentí.
—Sí. Estaba haciéndome un tatuaje.
Me empujó con muy mala leche al oírme comparar su parto con un tatuaje, y me soltó una terrible ristra de insultos.
Me aparté un poco.
—Vale, vale, solo quería animarte…
Los siguientes minutos fueron una locura.
El mundo se estaba derrumbando, el bar ardía y un caos absoluto reinaba a nuestro alrededor. Y, aún así, algo nuevo luchaba por comenzar, como siempre sucede en la vida.
Unos instantes después, casi sin saber cómo, había un bebé entre mis brazos.
Pequeño, resbaladizo… y vivo.
Su llanto atravesó la noche como un rayo de luz solar.
No parecía muy fuerte, pero sí tan terco como su madre.
Alistair se quitó la camisa y me la tendió para que lo envolviera.
—No soy un experto, pero diría que es un niño —dijo sin mirar demasiado, y me entró la risa tonta, porque era bastante obvio.
Froté al bebé con la tela, limpiándolo como pude. Luego, Alistair le tocó la cabeza al niño con un solo dedo. Estaba cubierta de pelo negro, una mata muy poblada para ser un recién nacido. Aunque probablemente normal para ser hijo de un hombre lobo.
—Es un poco… peludo, ¿no? —comentó Alistair, extrañado.
Selena se quedó boquiabierta, y yo fulminé a Alistair con la mirada. Envolví al niño con cuidado y lo coloqué sobre su madre.
—Es perfecto, Selena —le dije.
Selena se había tumbado sobre la arena con los ojos entrecerrados, mirando las estrellas. Abrazó al niño con cariño, colocándolo sobre su pecho.
—¿Qué ha pasado con el bar? —susurró ella, sin girar la cabeza hacia allí.
Tragué saliva y miré hacia atrás.
No quedaba nada del Serenata.
Solo una masa de ruinas y fuego que consumía lo poco que quedaba.
A lo lejos, entre el humo, vi a Alba sentada, sosteniendo a Iris mientras Clarence velaba tras ellas.
Vi a Teo de pie, cubierto de polvo y hollín, mirando con horror todo lo que había construido y perdido.
Naomi y Mina buscaban algo entre las ruinas, revolviendo las cenizas con barras de metal quemado.
—No estoy segura de lo que ha ocurrido exactamente —le respondí a Selena, que todavía esperaba mi respuesta—. Pero creo que ese demonio ha vuelto al lugar al que pertenece. El peligro se ha acabado, Selena. Tu hijo y tú estáis a salvo.
—Eso está bien —dijo ella, adormecida, y acarició la cabecita del niño con una leve sonrisa.
El Serenata murió esa noche.
Pero en la arena, bajo un cielo lleno de humo y estrellas, algo más fuerte que cualquier demonio respiró por primera vez.
Y comprendí que no habíamos podido salvar un edificio, pero, al menos, habíamos conservado la posibilidad de empezar de nuevo.