Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 35
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Vanessa

Desperté con el estómago revuelto y la boca seca, llena de ceniza. Alistair me había tomado en brazos. El almacén entero rugía como si guardase las mismísimas puertas del infierno.

Un estallido sacudió la estancia entera. La onda expansiva nos empujó hacia una pared llena de botellas vacías, y escuché a Oksana gritarle algo a Garrett por encima del estruendo del fuego.

Un gemido a mi lado me obligó a girar la cabeza.

Selena estaba apoyada con la espalda contra la pared y rechazaba la mano tendida de Alistair.

—Id a donde queráis —jadeó, doblándose sobre sí misma—. Pero yo no pienso moverme de aquí.

Me revolví en los brazos de Alistair para que me dejara en el suelo.

—Estoy bien —dije, aunque me dolían todas las partes del cuerpo. Él me miró espantado, pero insistí. No había tiempo—. En serio, ¡estoy bien!

Me dejó en el suelo con cautela, como si temiera que volviera a convertirme en algo que no fuera yo.

El almacén se había convertido en una boca de luz.

Oksana y Garrett estaban en el extremo más alejado de nosotros, apenas visibles entre un mar de llamaradas.

Su fuego conjunto descendía por la grieta de humo, como si estuvieran clavando una estaca ardiente en el subsuelo.

Svein montaba guardia frente a la puerta del almacén, con un cuchillo en una mano y un rodillo de amasar en la otra.

—¡Sácalas de aquí! —le gritó Svein a Alistair, sujetando la puerta—. Yo guardaré la entrada para que Garrett y Oksana no se queden atrapados. ¡Vamos!

Alistair me empujó hacia la cocina, y le dio un tirón a Selena para que también saliera del almacén, aunque fuera a la fuerza.

Me costaba caminar y me sentía muy débil. Pero podía hacerlo.

Al llegar a la cocina, me asomé por la cortina de cuentas, la que daba a la barra y a la terraza.

Fuera reinaba el caos. Una auténtica batalla campal.

Me llevé las manos a la boca, aterrada.

Justo en ese momento, el suelo de la cocina se agrietó de pared a pared, bajo nuestros pies. La grieta venía del almacén y atravesaba todo el edificio. Varias botellas estallaron en los estantes, y las vigas crujieron.

Un aluvión de cristales rotos nos llovió encima. Me agaché y me cubrí la cara, mientras Alistair protegía a Selena con su propio cuerpo.

—¡Salid! —rugió Svein desde el otro lado del pasillo, sujetando la puerta del almacén—. ¡El techo va a derrumbarse!

Alistair me sostuvo de la mano mientras el techo de la cocina comenzaba a ceder con una nube de polvo y yeso. Las vigas crujieron como huesos rompiéndose.

Selena gritó en medio de otra contracción. Intenté ayudarla a levantarse, pero sus piernas no respondían.

—¡No puedo más! —sollozó.

—¡No podemos quedarnos aquí! —le dije, arrastrándola hacia fuera, hacia la terraza.

Nos detuvimos en la puerta, sin saber en qué dirección ir. Fuera había estallado una guerra.

Mina dirigía una nube de murciélagos, que se abalanzaban sobre los miembros de la secta. Raoul luchaba a dentelladas contra todo aquel que se le acercase. Naomi lanzaba sillas y fragmentos de hierro como proyectiles mortales.

Landy, uno de los más corpulentos de la secta, estaba intentando atacar a Teo.

Teo trastabilló al esquivar un golpe y algo metálico cayó de su bolsillo, rodando por el suelo entre los cristales rotos.

Un reloj antiguo de cadena que se detuvo a unos pasos de mí, abierto.

Durante un segundo, lo observé, dudando si cogerlo o no.

El rostro de Teo se contrajo al ver el reloj en el suelo, y Landy aprovechó la distracción para noquearlo de un golpe.

Clarence se acercó por detrás y redujo a Landy con un sorprendente gancho de derecha, sin siquiera arrugarse el traje. Después ayudó a Teo a levantarse del suelo. Este recogió su reloj como si fuera su posesión más valiosa.

Mientras tanto, Iris seguía presa entre Winifred y Christine.

Alba se interpuso entre ellas, con los ojos desorbitados y las manos en alto, con los dedos crispados.

Al mismo tiempo, Teo se acercó a Christine y la empujó contra la barra, alejándola de Iris.

—¡Suelta a mi hija, maldita zorra de las profundidades! —le gritó Alba a Winifred.

Winifred sonrió, indiferente ante aquellas amenazas. Habría sido difícil conjurar una magia más poderosa y antigua que la de Winifred d’Alessandro, ya renombrada en su época y reforzada por siglos absorbiendo la energía de Umbrael y de la dimensión más oscura.

Winifred agitó el dedo índice y uno de los tentáculos de sombra se lanzó sobre Alba.

Alba juntó las manos y de ellas brotó una luz brutal, dorada, que golpeó a Winifred en pleno pecho. La bruja fantasmal parpadeó, desestabilizada, y su espectro se difuminó un instante, como una imagen mal sintonizada.

Los tentáculos de sombra se desvanecieron un momento; lo suficiente para liberar a Iris, que cayó al suelo de golpe.

Alba corrió hacia su hija y la abrazó con fuerza, cubriéndola con su cuerpo justo cuando la bruja de sombras regresaba para contraatacar.

Winifred se había recuperado y volvía a la carga.

Teo apareció por detrás. No llevaba ningún arma, solo el reloj de cadena cerrado, que sostenía entre los dedos, con manos temblorosas.

—No —murmuró—. No lo permitiré.

Alzó la mirada y abrió el reloj con un clic seco, provocando una carcajada de Winifred.

—¿De verdad crees que un viejo reloj podrá detenerme?

—No es un simple reloj, y lo sabes —dijo con voz baja—. Es lo único que queda de Emmanuel. Sacrificaste a tus dos hijos para conseguir lo que querías. El poder. La vida eterna. El fin siempre justifica los medios, ¿verdad madre?

Durante un instante, el humo que rodeaba a Winifred titubeó. La imagen de la bruja frunció el ceño.

—Cierra eso.

Teo dio un paso hacia ella.

—Míralo.

Las agujas del reloj comenzaron a girar solas.

—No estás aquí —replicó Teo—. Eres solo un fantasma. Y nunca podrás volver a cruzar a este plano. Ya nada ni nadie te anclan a él.

El humo que formaba el cuerpo de la bruja se agitó, inestable. Su silueta empezó a desdibujarse y se desgarró por los bordes.

Alba atacó desde atrás con un rayo de magia tan grande que iluminó la terraza como una explosión nuclear. Winifred gritó y sus sombras se descontrolaron, perdiendo cohesión.

Teo aprovechó ese instante para romper el anclaje de la bruja espectral. Sacó una daga de su cinturón y la clavó en el suelo, justo en el punto donde la sombra de Winifred emergía a este plano.

La imagen de Winifred parpadeó y terminó de desvanecerse, mientras la grieta la arrastraba de vuelta a la Umbrícora.

—¡Te arrepentirás, hijo ingrato! —rugió su voz mientras se deshacía en humo.

Y luego, desapareció.

—¡No! ¡La necesitamos! —gritó Christine, girándose hacia mí.

Estaba en el suelo, y se levantó con dificultad. De pronto, sus ojos se iluminaron con una idea.

—Tú eres suya —me dijo—. Aunque todos estos estúpidos sean incapaces de entenderlo. —Luego se asomó a la grieta—. ¡Si Winifred fue demasiado débil, yo terminaré su misión, Mi Señor! —gritó.

Christine se puso ambas manos sobre el pecho, donde estaba el bordado con el símbolo de los diez círculos. Este pareció arder sobre la tela, encendiéndose.

—Mi señor —exclamó con fanatismo—, ¡Tómame a mí, y úsame como puente para reclamar lo que es tuyo!

Se arrodilló junto a la grieta, extendiendo los brazos como una santa en éxtasis. Por un instante, su rostro se iluminó con una alegría terrible.

Extendió la mano hacia mí.

—Ven, hermana.

Di un paso atrás, asqueada.

—Yo no soy tu hermana.

—Lo serás, lo quieras o no.

De pronto se lanzó sobre mí como un animal salvaje. El humo se enroscó en torno a ella, agrandándola mientras intentaba arrastrarme hacia la grieta ardiente.

Alistair me sujetó por detrás, blandiendo el cuchillo con la mano libre.

—¡Suéltala! —rugió Alistair, tratando de interponerse entre las dos.

Christine sonrió.

—No puedes protegerla de sí misma, bruto ignorante.

Alargó la mano, y esta vez no me tocó la piel. Me atravesó, como si fuera un fantasma.

Grité de dolor y me moví hacia la grieta. Al hacerlo, el dolor disminuyó un poco.

—Eso es… —susurró Christine—. Ven a casa.

Sentí el tirón dentro del pecho, y el segundo latido intentando imponerse y apagar el mío. El dolor disminuía cuanto más me acercaba a la grieta; cuanto más cedía.

Respiré hondo, resistiendo. Debía hacerlo, por mí y por los demás.

Alistair gritó algo a mi lado, pero estaba tan concentrada que ni siquiera lo oí.

—Sí, eso es… —repitió Christine—. Déjalo entrar… casi lo tienes, hermana.

Di otro paso, y otro, pero en mi interior no paraba de hacer fuerza para frenar el avance del demonio. Usé toda mi energía y caminé hasta quedar justo frente a ella.

Christine me miró en absoluto éxtasis, sin sospechar nada.

Pero esta vez fui yo la que sonrió.

—No —susurré.

Y la empujé con todas mis fuerzas hacia la grieta.

Christine perdió el equilibrio. Sus pies resbalaron en las tablas quemadas, justo al borde.

El humo se enroscó en torno a su cuerpo y la recibió, pero no como ella había esperado. Los tentáculos se tensaron y la atrajeron hacia abajo.

Había fallado.

No era lo suficientemente digna, después de todo.

Cayó.

Mientras caía, el marfil de su vestido se volvió oscuro, manchado de humo y sangre.

—¡Mi señor! —gritó—. ¡Siempre fui digna para ti!

No pude escuchar el final de su frase, porque la oscuridad la arrastró hacia abajo y la grieta se cerró sobre ella con un chasquido viscoso, dejando una nube de humo.

Tras el humo pude ver a Alba. Había caído al suelo, junto a su hija. Estaba inconsciente por el esfuerzo del último hechizo, el que había derrotado a Winifred. Iris estaba a su lado, despierta pero aturdida.

Clarence llegó corriendo y las abrazó a ambas. Tenía su elegante traje cubierto de polvo y sangre.

—¿Estáis bien? —preguntó preocupado, acariciándoles la cabeza. Alba murmuró algo en respuesta, recobrando poco a poco la conciencia.

Un grito llegó desde el otro lado, donde se alzaba el edificio del bar.

Me di la vuelta.

El techo se desprendía a trozos cada vez más grandes. El Serenata entero se hundía.