34
Alistair
Cerré la puerta metálica del almacén de un golpe. Era el único lugar seguro y apartado en el caos que había invadido el Serenata.
Dejé a Vanessa en el suelo y empujé varios bidones de cerveza contra la puerta para bloquearla desde dentro.
Un gemido sonó desde el otro lado del pequeño espacio. Me di la vuelta empuñando el cuchillo, esperando un enemigo herido.
Pero no. En una esquina, Selena estaba sentada en el suelo. Tenía la espalda contra la pared y las piernas y brazos encogidos, con un gesto de dolor.
Estaba sola, prácticamente a oscuras, y respiraba a bocanadas entrecortadas.
—¿Qué haces tú aquí, sola? —le espeté.
—No es buen momento para explicaciones —dijo ella apretando los dientes, y soltó un largo gruñido, más animal que humano.
Vanessa se convulsionó a mis pies, y una nube de humo negro salió de su boca.
Me agaché sobre ella, observándola en busca de signos de posesión. O mejor, dicho, de signos de humanidad.
Abrió los ojos de golpe. Las pupilas se habían extendido por los globos oculares, volviéndolos completamente negros.
—El Más Grande será libre —susurró con voz ronca.
Se me heló la sangre.
Selena intentó incorporarse.
—Déjame tocarla —dijo—. Soy sanadora. Puedo intentar ayudarle.
Me interpuse entre las dos, negando.
—Ni se te ocurra.
—Está siendo invadida, ¿no lo ves?
—Precisamente por eso.
Selena cerró los ojos y volvió a gruñir, esta vez más fuerte. Esperé a que se le pasara la ola de dolor antes de continuar.
—Si lo que lleva dentro intenta anclarse a este plano a través de ti… —dije.
Selena suspiró, con los ojos llorosos, y su mano fue instintivamente a su vientre.
Se detuvo. Vi que, en el fondo, ella también lo entendía. Era estúpido poner también en peligro a Selena y a su bebé, aunque fuera para ayudar a Vanessa.
No. No iba a permitir que cayeran dos inocentes más.
Vanessa arqueó la espalda, y el suelo vibró otra vez.
Al fondo del almacén, en una esquina del suelo, había una trampilla metálica. El metal tembló, como si algo lo empujara desde dentro.
Un hilo de humo negro avanzó entre las rendijas de la trampilla, enredándose en torno al cuello de Vanessa. Ella jadeó y se llevó las manos al cuello, intentando liberarse.
—Quiere entrar… —dijo Vanessa con voz quebrada.
Por un instante, sus ojos volvieron a ser los suyos. Se irguió un momento sobre los codos y me miró, haciendo un gran esfuerzo.
—¡Alistair! ¡Recuerda tu promesa! ¡Me lo prometiste!
La miré y supe de inmediato a qué se refería.
La promesa.
«Si pierdo el control, si me convierto en algo peligroso, prométeme que me matarás.»
No había miedo en sus ojos al decirlo. Solo confianza ciega; casi una súplica.
Mi mano se desvió hacia el cuchillo y sentí que el mango me quemaba la palma.
No había dudado en 1993, con mis padres.
Por un instante, dejé de verla a ella, y ante mí reapareció aquel pasillo con la moqueta sucia de brea. Aquellos ojos totalmente negros, sin vida, y aquellas manos alargándose hacia mí con avidez.
Apreté el cuchillo con más fuerza.
No. Esto no era lo mismo.
Vanessa aún estaba luchando. Aún quedaba algo de ella ahí dentro.
—Mírame —le ordené, tomándola de la barbilla y girando su rostro hacia mí.
Sus pupilas se dilataron, pero no llegaron a ennegrecer completamente los ojos.
—¡Hazlo! —me suplicó con voz gorgoteante—. Antes de que el demonio termine de anclarse y ya no haya vuelta atrás.
Alcé la hoja y la detuve a la altura de su garganta, a un milímetro de su piel. Sentí el calor de su carne temblando, y el latido de la arteria en su cuello. Contuve la respiración al comprobar que no se escuchaba un latido, sino dos a la vez.
Con el cuchillo todavía sobre su cuello, apreté los párpados y me dije que podía hacerlo.
Podía cumplir mi promesa, y volver a ser el lobo solitario que fui siempre. Volver a ser el hombre que sobrevivió. El cazador. El héroe sin público ni ataduras.
Pero mi mano no descendía.
Comprendí, con un horror frío, que quizá ya no era capaz de cumplir la única promesa que podía salvar el mundo.
Mi palabra de cazador se tambaleó.
Me esforcé por convencerme. Me dije que esa mujer tenía sangre demoníaca.
Sí. Y por eso mismo, si ella lo hubiera querido, podría haber usado sus dones de persuasión para que no alzase ese cuchillo.
Pero no lo había hecho.
Mientras dudaba, el suelo explotó, y un tentáculo atravesó el cemento a través de una nueva grieta. Esta recorrió el almacén en diagonal, de punta a punta, con un crujido ominoso.
Selena gritó y se encogió contra la pared, protegiéndose el cuerpo con los brazos.
Bajé la hoja y me puse en pie de un salto.
—No. Esta vez no —le dije a Vanessa, aunque no pareció oírme—. No vas a morir aquí.
Me acerqué a la compuerta del suelo y me arrodillé al lado. Clavé el cuchillo en el resquicio que quedaba entre la trampilla de metal y el cemento del suelo. Algo golpeó desde abajo, abombándola, pero el cuchillo la mantendría sellada por unos segundos más.
—No lo dejes entrar en ti —le grité a Vanessa, que se retorcía en el suelo a unos pasos de mí—. ¡Empújalo fuera!
Ella gritó, y un chorro de humo salió disparado por su boca.
Selena, pálida, extendió la mano sin tocarla.
—No voy a tocarla —susurró—. Pero puedo intentar darle fuerzas, a distancia.
Colocó ambas manos en dirección hacia Vanessa, a unos palmos de ella, y dirigió energía sanadora hacia su corazón.
—Resiste —le susurró, mientras luchaba con su propio dolor—. Solo un poco más.
Los tentáculos oscuros se desvanecieron un poco, y Vanessa se arrastró a cuatro patas hacia la grieta abierta que atravesaba el suelo.
—¡Vete! —gritó—. Tú no eres mi dueño. ¿Me oyes?
Vanessa aulló con fuerza y una nube de humo la envolvió. Ahora el humo salía de ella, en vez de entrar.
Alguien golpeó con prisas la puerta del almacén.
—¡Alistair! —gritó Oksana desde fuera—. Somos nosotros. Hay que detener esto desde la fuente, ¡ábrenos!
Vanessa cayó inconsciente, y Selena le sostuvo la cabeza para que no golpeara el suelo.
Sentí una punzada al ver que la había tocado, pero ya no había vuelta atrás.
Aparté los bidones y Garrett y Oksana entraron como una tromba, envueltos en hilos de fuego mágico. Svein los seguía, armado con un ridículo arsenal de utensilios de cocina.
—¡Quien no tenga poderes, fuera de aquí! —nos gritó Oksana—. ¡Hay que acabar con esto!
Tomé a Vanessa en brazos, y le tendí una mano a Selena.
Miré la puerta del almacén. Al otro lado, el edificio entero temblaba, y desde fuera llegaba un estruendo ensordecedor.
Pero algo en mi corazón parecía más ligero.
No la había matado.
Había incumplido mi promesa de cazador.
Pero, sentí que, a pesar de haber desobedecido órdenes, esta vez había hecho lo correcto.