33
Vanessa
Winifred rio, y uno de sus tentáculos de oscuridad se alargó para tocarme.
El humo negro rozó mi frente, y el mundo desapareció.
El Serenata se deshizo como ceniza al viento. El olor a alcohol y salitre fue sustituido por un aroma a hierba recién cortada y tierra húmeda.
Me sentí transportada a otro lugar y a otro tiempo; vi un patio empedrado bajo el sol de verano, junto a una casa de pueblo.
Una joven de cabello oscuro corría descalza, riendo.
Era Ximena Martínez de la Cruz, mi bisabuela.
No la había visto nunca, pero lo supe con certeza.
Llevaba un vestido blanco sencillo y las manos manchadas del barro del huerto. Reía.
Frente a ella, un hombre alto, elegante y extranjero: Elijah Wells.
Un comerciante alto y de mirada inteligente, probablemente demasiado rico y apuesto para una chica tan sencilla como ella.
—Siempre podrás confiar en mí —le dijo el hombre a Ximena, besándola.
Y ella le creyó.
La escena cambió al interior de la misma casa de piedra.
Estaba muy oscuro ahí dentro. La visión me mostró dolor y unas sábanas empapadas de sangre.
Un parto demasiado largo.
Elijah sostenía la mano de mi bisabuela Ximena, cada vez más débil.
Pero en él había algo diferente.
Sus ojos ya no eran como antes. La posición de su sombra no coincidía con la de su cuerpo, y de esta sobresalían pequeños tentáculos oscuros.
Ximena no pudo ver nada de eso, porque murió en sus brazos, envuelta en sombras y con una mancha negra en el centro del pecho.
El bebé lloró, y Elijah alzó a la niña recién nacida. Era mi abuela Isabel. La madre de mi madre, y de tía Inés.
Durante un segundo, los ojos claros del bebé se volvieron completamente negros.
El panteón de Zathar ya estaba construido cuando Elijah enterró a mi tatarabuela.
No lo construyó por amor, sino para preservar el lugar maldito por el que sus tentáculos habían cruzado. Se encontraba justo sobre uno de esos lugares donde la tela del mundo tenía desgarros que facilitaban el paso entre planos.
Igual que el Serenata.
La escena volvió a cambiar.
La niña, Isabel, se encontraba en brazos de Luisa, la hermana de Ximena.
—No dejaré que ese demonio te toque, sobrina —le susurró Luisa al bebé que lloraba.
Pero Elijah volvió y arrancó a la niña de sus brazos. Para entonces, sus ojos eran auténticos abismos de oscuridad.
—Sé lo que quieres, y quién eres realmente —le espetó Luisa—. No pienso dejar que utilices a mi sobrina para tus horribles propósitos.
—La sangre madurará —dijo Elijah apretando el cuerpecito de la niña—. Y cuando lo haga, esa sangre será la Llave que abra los caminos, y su cuerpo la vasija que alojará a El Más Grande.
Luisa era una mujer tranquila, pero no dudó al ver tanta locura.
Ya había perdido demasiado. Agarró una sartén caliente del fuego, llena de grasa hirviendo, y golpeó a Elijah hasta que cayó al suelo.
Elijah ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar.
El hombre poseído no había esperado resistencia alguna de aquella solterona débil y menuda.
Al morir se deshizo en humo negro y Luisa gritó, horrorizada.
La buena mujer cogió a su sobrina al vuelo, antes de que tocara el suelo.
De Elijah no quedó más que una mancha oscura, como de brea pegajosa.
Pero la niña, Isabel, estaba salvada… o eso pensó Luisa.
La pobre mujer respiró, aliviada.
Había perdido a su hermana, pero no perdería también a su sobrina.
Las escenas comenzaron a superponerse.
—No… —murmuré, sujetándome la cabeza—. Esto no es real.
Pero podía sentirlo. Reconocía los lugares y la gente. Todo aquello formaba parte de mí; del pasado de mi familia. Lo sabía en mi fuero interno.
El tiempo pasó a cámara rápida. Vi a Luisa morir de anciana, y a Isabel convertirse en una mujer con los mismos ojos que yo.
Llegaron las siguientes generaciones de mujeres Zathar, todas de pelo negro con destellos morados. Y todas llevaban el apellido materno, Martínez de la Cruz, renegando de su ancestro demoníaco, el que había poseído a Elijah para encarnarse en el mundo.
Todas las mujeres Zathar eran increíblemente longevas, y todas terminaban siempre solas. Sus amores enfermaban y envejecían, mientras que ellas perduraban durante muchas décadas, a veces siglos, y debían ocultarse para no despertar sospechas.
No eran inmortales, pero vivían demasiado para poder ser felices entre los mortales.
La maldición de su sangre las había convertido en una reserva para Umbrael; en un recipiente listo para recibir a su creador, cuando llegara el momento.
Las palabras del diario de Eulalia resonaron dentro de mí:
«Nosotras no somos solo hermanas.
Somos un recipiente.
Un recipiente vivo con dos mitades.»
Entonces, el símbolo apareció.
Diez círculos, y en su centro, dos latidos latiendo a la vez.
Los sentí en mi interior. Ambos latidos estaban dentro de mí. El de Umbrael, y el mío.
Lo entendí todo de golpe.
Umbrael’Zathar no pudo encarnarse completamente en Elijah porque él no tenía su sangre. Pero lo utilizó para sembrar su linaje.
Después esperó generaciones, en busca del lugar y el momento perfectos.
Ahora el momento había llegado, y quedábamos solo dos descendientes: Eulalia y yo.
Gemelas.
Divididas.
Eulalia lo había descubierto, y había tratado de evitarlo.
Pero con la muerte de mi hermana, su energía no se perdió, sino que fluyó hacia mí.
Como un río que se estrecha, y su caudal se vuelve más violento.
Todo mi linaje había sido creado por Umbrael para llegar justo hasta aquí.
Hasta mí.
Yo era la última del linaje Zathar, y hoy me encontraba sobre el más fuerte de los portales entre planos, en el momento perfecto.
La voz de Winifred atravesó la visión, devolviéndome la conciencia del presente.
—¿Lo entiendes ahora?
Mi bisabuela Ximena no fue engañada por un hombre, sino por un demonio.
El panteón Zathar no era una tumba, sino una puerta.
Y yo no era solo la Llave.
Era la vasija receptora, ahora completa.
Era el cuerpo que Umbrael necesitaba para poder, por fin, materializarse en el mundo al otro lado de la Umbrícora.
La visión estalló y regresé a la terraza de golpe.
El humo negro y ácido me llenó los pulmones y tuve un ataque de tos. Sentí los dos pulsos en el pecho, cada vez más fuertes. El mío se debilitaba. El de Umbrael crecía.
—Ahora estás completa —susurró Christine con total fanatismo.
El humo, controlado por Winifred, se elevó hacia mí y empezó a entrar por mi boca y por mi nariz. Pareció que me atravesaba incluso los poros de la piel.
Traté de gritar, pero no pude. El frío se volvió insoportable.
Sentí los brazos de Alistair sosteniéndome mientras caía.
—¡Teo! —gritó—. ¡Está intentando entrar en ella!
Las grietas del suelo se abrieron aún más, y los miembros de la secta comenzaron a atacar a los nuestros. Yo no podía moverme, atenazada por aquel humo frío que intentaba apoderarse de mi cuerpo y de mi voluntad.
Alguien golpeó a Garrett en la nuca, y este cayó al suelo, perdiendo el control de su fuego.
La muralla de llamas se desvaneció, y Winifred rio a carcajadas, con Iris todavía presa al otro lado.
—Es inevitable —susurró la bruja fantasmal—. Él ya está aquí. ¡Rendíos!
El humo se concentró en mi pecho, mientras Christine recitaba una plegaria oscura y el resto de la secta hacía eco de sus palabras, sin dejar de luchar contra los nuestros:
«La espera no es eterna, y la Llave llegará.
Y cuando la Llave abra, la frontera caerá.
Entonces El Más Grande será libre,
y su sombra cubrirá lo creado.
A los fieles concederá su don,
A los dignos su gracia.
Por lo que fue, por lo que volverá,
por lo que aún nos espera.
La Oscuridad reclamará a los indignos.
¡Seamos dignos!»
—¡Seamos dignos! —corearon todos a una voz, y sentí que algo oscuro y horrible me apretaba desde dentro, pujando por salir.
Un golpe fortísimo en el centro del pecho me dejó sin aliento, haciéndome caer.
Alistair se había lanzado sobre mí, y rodábamos juntos por el suelo, mientras Christine, de rodillas, trataba de sujetarme por el tobillo.
Alistair me levantó en brazos y salió corriendo hacia el interior del Serenata, mientras el resto contenía el caos.
Oksana giró su anillo, y este empezó a arder en su mano. Lanzó una barrera de fuego detrás de nosotros, para cubrir la retirada.
Se escuchaban gritos por todas partes, pero yo apenas podía respirar, ni entender lo que decían.
Sentía una horrible presión en mi interior; la misma que pujaba debajo del edificio.
El nodo de energía me llamaba y me llenaba.
Alistair empujó la puerta del almacén de una patada y me llevó consigo a alguna parte.
Luego, el suelo volvió a temblar.