32 #2
—Mi hermana está muerta —respondí con rabia—. Vuestra llave está rota, porque le falta una mitad. Ella se sacrificó para evitar que Umbrael regresara a este mundo. No podéis hacer nada, a no ser que sepáis devolverla de entre los muertos.
Clarence y Garrett se acercaron por detrás de mí, dispuestos a atacar si Christine trataba de tocarme.
—No. Apartaos —les dije, con un gesto del brazo—. Esto tengo que resolverlo yo. Soy yo quien lleva la Oscuridad dentro.
La voz de Clarence retumbó por encima del estruendo.
—El problema no es llevar la oscuridad dentro —dijo—. El problema es dejar que decida por ti.
Un trueno resonó bajo las fisuras del suelo.
Detrás de Christine, una figura traslúcida emergió de la grieta más grande.
Era una mujer de edad indefinida, vestida como una viuda elegante del siglo XIX.
El rostro de Teo se desencajó mientras se ponía en guardia.
—Madre —dijo con voz entrecortada.
No podía creerlo. Era Winifred d’Alessandro, la bruja oscura de los portales, en persona. Contaba la leyenda que había sacrificado a sus propios hijos y se había convertido en amante del demonio más poderoso de la Umbrícora a cambio de la vida eterna.
Winifred se esfumó. Reapareció en el otro extremo de la terraza.
Desapareció de nuevo, como un fantasma. Cuando volvimos a verla, se encontraba justo detrás de Iris, que había quedado aislada en una esquina.
Winifred le dedicó una mirada perversa. Con un gesto rápido de su mano, una cadena de luz negra apresó a Iris, que forcejeó contra las ataduras sin éxito.
—Hijo mío, qué conmovedor volver a verte —dijo Winifred con ironía.
—¡Suéltala! —gritó Teo.
Teo hizo un amago en dirección a Iris, pero Winifred apretó las ataduras en torno al cuello de esta, asfixiándola.
—No te muevas, Theodore. Que nadie se acerque ni intente hacer nada, o tendré que deshacerme de mi nueva nuera —dijo y torció la nariz con desprecio—.
Sinceramente, Lady Caroline era mucho más distinguida que esta plebeya.
Una lástima que vuestro compromiso no siguiera adelante.
Recuérdame por qué rompisteis, Theodore…
—¿Qué quieres, madre? —le espetó Teo con la voz temblorosa de rabia.
La bruja fantasmal sonrió antes de responder.
—Un intercambio justo. Una amante por otra. Te devuelvo a esta criatura patética de la que te has encaprichado, y tú me entregas a la descendiente directa de Zathar.
Alistair se tensó, pero yo le hice un gesto para que se detuviera. No había nada que él pudiera hacer contra una bruja tan poderosa como Winifred d’Alessandro.
—Sabes que nunca entregaría a ninguno de los míos para tus propósitos depravados —respondió Teo—. ¿No tuviste bastante con lo que le hiciste a Emmanuel?
—Los daños colaterales son siempre necesarios cuando se trabaja para un bien mayor.
—¡Raoul! ¡Ayuda! —gritó Garrett desde la barra, aún ocupado con su barrera de llamas.
Raoul emergió de la cocina a través de la cortina de cuentas. Al ver la escena, comenzó a transformarse en lobo. Su ropa explotó y sus pies y manos se transformaron en garras. Un instante después estaba a los pies de Teo, gruñendo y mostrando sus afilados colmillos.
—De verdad, no es un problema matarla —dijo Winifred con desprecio, frunciendo la nariz frente al lobo—. Elegid lo que más os plazca.
Miré a Iris, que estaba pálida de terror. Teo se retorcía las manos, sin atreverse a hacer nada.
Para mí, la decisión era fácil.
Dura, pero fácil.
—Me entregaré —dije, dando un paso al frente, hacia Winifred—. No me importa. Mi sangre no os sirve. La mitad de ese poder murió con mi hermana. Lo único que podéis hacer es matarme. Nada más.
Christine se acercó rápidamente y me agarró de la muñeca, alzando mi brazo junto al suyo.
—¡Sí! ¡La Más Digna ha aceptado su destino!
Winifred apretó las cadenas de oscuridad aún más fuerte en torno a Iris, y esta comenzó a perder el conocimiento por falta de oxígeno.
—No lo sabe, ¿verdad? —preguntó Winifred a Christine.
Christine sacudió la cabeza.
—Todavía no.
Se acercó a mí y me susurró algo al oído.
—La energía no se pierde ni se destruye —me dijo en voz casi inaudible—. Se transforma… Se transfiere, querida.
Sus dedos tocaron mi pecho y sentí como si un rayo me atravesara. Después, mi pulso comenzó a latir de forma diferente. Era un doble latido. El mío, y otro más.
—Tu hermana pensó que, al morir, destruiría la profecía —susurró—. Pero solo la confirmó. Facilitó la encarnación de Umbrael en un solo cuerpo. Fue el sacrificio necesario.
El mundo se puso a dar vueltas.
Las piezas de aquel macabro puzle encajaron de nuevo, aunque esta vez, de una forma mucho más terrorífica.
Eulalia se equivocaba, y su muerte no había servido para nada. Es más, su sacrificio había ayudado a Los Liberadores a conseguir la Llave que tanto anhelaban.
—Finalmente, las dos mitades de La Llave se han reunido en ti —declaró Christine con voz solemne.
El humo se arremolinó a mi alrededor, impidiéndome ver al resto de la gente.
—Ahora —dijo Winifred— la vasija está completa.
Y entonces lo entendí.
Umbrael quería encarnarse en mí para poder vivir con todo su poder en este plano.
Yo no era solo la Llave.
Era la puerta y el mismísimo recipiente que necesitaba para materializarse.
Me había convertido en su maldita vasija, reunificada en una sola persona gracias al sacrificio de Eulalia.