32
Vanessa
El sonido de un golpe metálico me hizo girarme.
Selena se había dejado caer sobre un taburete. Estaba extremadamente pálida, con la frente perlada de sudor. Raoul la sostuvo por los hombros; ambos tenían mal aspecto. Luego se acuclilló a su lado y le susurró algo al oído. Ella negó con vehemencia.
—¿Todo bien? —les preguntó Teo, alzando la vista de sus planos.
—Todo perfecto —respondió Selena, demasiado rápido—. No me pasa nada en absoluto.
Estaba claro que mentía, pero Teo ni siquiera se dio cuenta del cambio de tono. Le preocupaban demasiado sus cálculos y sus diagramas para prestar atención a nadie.
Tan típico de él.
Iris se acercó a Selena y Raoul y cuchicheó con ellos, lanzando miradas de reojo a una hermosa vampira de cabello oscuro y rostro pálido.
Debía de ser su madre, Alba. Esta se encontraba en el extremo opuesto de la cocina, retorciéndose los dedos con nerviosismo.
Su estrafalario (aunque atractivo) marido, vestido de traje y sombrero de copa, le pasó el brazo por encima de los hombros con un gesto protector.
—Mina tarda mucho en volver —comentó Garrett, cruzando los brazos sobre su delantal de flamencos—. Voy a ver qué pasa ahí fuera.
Teo asintió sin mirarlo y su atención regresó a los dibujos que acababa de trazar.
—Creo que todos podéis ver el problema —dijo, concentrado en repasar el punto negro central con un lápiz.
Nadie abrió la boca, así que dije lo que todos estaban pensando.
—Me parece increíble que el Serenata se encuentre justo sobre el epicentro donde convergen todos los focos de oscuridad. Qué casualidad, ¿no?
Algunos asintieron. Otros murmuraron entre sí. Teo alzó la mirada, con los ojos verdes centelleando en la luz, cada vez más escasa por el cercano anochecer.
—Nunca he dicho que fuera una casualidad —susurró.
Me quedé boquiabierta. Naomi, detrás de Svein, se tapó la mano con la boca.
—¿Quieres decir… que ya lo sabías?
Teo asintió con total tranquilidad.
—¿Nos estás diciendo que construiste el Serenata justo encima del mayor nodo activo de actividad demoníaca de Europa? —preguntó Oksana, incrédula.
—O del mundo, posiblemente —añadió él como si nada.
—Pero, ¿tú estás loco o qué? —le espetó Oksana, con un pequeño empujón que denotaba el exceso de confianza entre ellos.
—Era la mejor manera de controlarlo y sellar la grieta —replicó Teo, alisándose la camisa donde Oksana le había tocado—.
Poner la agencia justo aquí me aseguraba que siempre habría alguien de guardia, capaz de entender y contener los posibles fenómenos.
—Barrió la cocina y fijó la mirada en cada miembro del equipo, uno a uno—.
Y enfrentarse a ellos, en caso de ser necesario.
Era prácticamente un suicidio, pero tenía sentido.
—Entonces, ese humo que está saliendo del suelo… —murmuré, comprendiendo poco a poco.
—Sí —continuó Teo—. Creé un sello de hormigón armado bajo los cimientos del bar, pero la presión de abajo lo está rompiendo. Cada vez aparecen más grietas pequeñas por las que se cuelan tentáculos de oscuridad y criaturas demoníacas menores.
El suelo tembló, como si la mismísima Oscuridad estuviera confirmando sus palabras.
—No vamos a poder contener esto mucho tiempo más —añadió Teo—. Si los Liberadores han conseguido una llave, este punto podría convertirse en un portal de dimensiones inconcebibles.
—¿Se puede bajar hasta donde está el sello? —preguntó Naomi con tono práctico—. Podría ayudar a contenerlo con mis poderes.
—Se puede —dijo Teo—. Hay una trampilla en el almacén. Pero dudo que tu telequinesis sea suficiente, a no ser que te quedes ahí durante los próximos cien años.
Desde la cocina vimos cómo, a través de la puerta, una llamarada de fuego iluminaba la oscuridad del exterior. Después, la terraza explotó en luz, como si acabara de comenzar un espectáculo de fuegos artificiales ahí fuera.
—¿Pero qué…? —murmuró Alistair, agarrando los dos cuchillos más grandes de la cocina y saliendo a toda prisa.
—¡Mina y Garrett están fuera! —gritó Iris.
Alistair ya estaba en la terraza cuando el segundo estallido sacudió el edificio.
Cruzando la cocina y la barra, salí corriendo tras él y una nube de humo me nubló la vista por un instante.
A unos metros de mí, el aire estaba cargado de niebla oscura e irritante.
Garrett se encontraba junto a la barra, con las manos extendidas y todos los músculos de la espalda en tensión.
Sostenía una barrera de llamas que los separaba a él y a Alistair de un grupo de personas que estaba invadiendo la terraza.
Avanzaban hacia nosotros. Entre ellos reconocí muchas caras de la secta de los Liberadores, con sus ropas negras y la mirada perdida.
Se movían lentamente, casi sincronizados, avanzando sin pausa hacia la barrera de llamas creada por Garrett.
Reconocí a Faria, con su cabello cortísimo y rizado. Sus ojos, negros como la noche, estaban fijos en un punto del infinito mientras caminaba.
—Liberad la llave —dijo con voz robótica y los brazos alzados—. Entregadla y no sufriréis.
—¿Qué llave? —masculló Alistair junto a mí, con el labio torcido.
Naomi salió por detrás, y no esperó a que los de la secta respondieran. Con un gesto de su mano, las sillas de la terraza salieron disparadas hacia los invasores. Los miembros de la secta recularon, evitando los proyectiles improvisados.
—¡Mina! —gritó Teo, saliendo también—. ¿Dónde está? ¿Alguien la ha visto?
Un golpe sobre el tejado me hizo girarme.
Mina estaba de pie al borde de la cornisa, su figura esbelta recortándose contra el cielo nocturno. Una nube de criaturas negras se arremolinó en torno a ella.
Murciélagos.
Decenas de ellos.
Descendieron como una cortina viva, desorientando a los invasores con aleteos y mordiscos.
Algunos de la secta sacaron espadas y cadenas con garfios, parecidas a las que habían usado Xavier y sus secuaces en el cementerio.
Uno de ellos consiguió saltar la barrera de llamas y se lanzó sobre mí. Cogí lo primero que alcancé: dos botellas de licor de un estante. Le golpeé la cabeza con ambas manos, y cayó inconsciente.
—¡Estúpido! Ya decía mi tía que el alcohol no era sano —exclamé, apartándolo de una patada.
Mientras tanto, otros miembros de la secta habían conseguido cruzar la barrera. Garrett estaba cada vez más agotado, tratando de mantener vivas las llamas mágicas.
Noté que el humo que reptaba por el suelo se estaba volviendo más denso, y se enroscaba por mis tobillos.
Landy, el tipo corpulento de las cocinas de la secta, aprovechó mi descuido. Se lanzó sobre mí y me dobló los brazos tras la espalda. Sentí su aliento en el cuello.
—La Más Digna —murmuró, arrastrando las sílabas como si lo hubieran drogado.
Alistair se abrió paso hacia mí a cuchillazos y consiguió derribarlo. Mientras peleaban, rodé a un lado y ataqué a Landy con puñetazos y patadas para que dejase en paz a Alistair.
—¡Vanessa, detrás de ti! —gritó Alistair, lanzándome uno de los cuchillos.
Lo cogí al vuelo. Di un paso atrás, con el cuchillo en alto, y lo blandí para deshacerme de otro tipo que venía por mi espalda.
Escaneé la terraza, sumida en el caos.
Los de la secta eran muchos, pero nosotros éramos más hábiles. Por un instante, pareció que los teníamos bajo control, al menos a este lado de la barrera de llamas.
A unos metros de mí, junto a Garrett, se encontraba Alba, la madre de Iris.
Había alzado los brazos y murmuraba un encantamiento con los ojos cerrados.
A su alrededor, piedras y cristales rotos comenzaron a arremolinarse al compás de los movimientos de sus manos.
Su marido, Clarence, peleaba con dos hombres de la secta, a los que llevaba clara ventaja.
De pronto sentí un tirón de energía en el pecho, como si algo me llamase hacia el interior del bar.
El suelo bajo la terraza crujió, y dos grietas enormes empezaron a abrirse entre las tablas de madera, haciéndolas saltar. De ellas comenzaron a emerger tentáculos negros de humo, todos dirigidos hacia mí.
Garrett, desde la barra, redirigió su fuego mágico hacia los tentáculos, tratando de contenerlos.
Me giré al escuchar una voz que resonó desde la entrada al bar desde el paseo, al otro extremo de la terraza.
—¡Las grietas menores se están abriendo! —gritó la voz, satisfecha—. Ya solo nos falta La Llave, hermanos. ¡Pronto liberaremos al Más Grande!
El grupo de atacantes se detuvo al unísono al oírla.
Era Christine.
La líeder dio una palmada y el humo la envolvió. Luego empujó los tentáculos de humo hacia los murciélagos de Mina, que cayeron al suelo de golpe, muertos en el acto.
Christine llevaba puesto el vestido color marfil que yo le había diseñado, y su cabello gris, ahora suelto, se movía al viento.
—Por fin, la Oscuridad reclamará a los indignos. ¡Seamos dignos! —exclamó emocionada.
Alistair dio un paso adelante.
—Ni se te ocurra dar un paso más, pirada.
Christine sonrió levemente.
—No necesito acercarme más. La Llave vendrá sola.
Sus ojos se clavaron en mí.
—Tú eres la llave y la vasija sagrada, Vanessa —dijo, ante el asombro de todos—. Tataranieta de Zathar, ahora estás completa. Te estábamos esperando. Siempre supe que vendrías. Y supe que volverías a nosotros.
Aquel apellido, arrancado del panteón familiar muchos siglos atrás, resonó en mi interior como una campana anunciando un funeral.
Sentí que mi mundo se quebraba al oírlo.
—Mi nombre es Vanessa Martínez de la Cruz, y no sé de qué me estás hablando.
—Lo sabes, y tu hermana también —replicó Christine—.
Puede que te hagas llamar así ahora, pero, mucho antes de eso, ya eras sangre de Umbrael'Zathar.
Sois sus dos únicas descendientes, y, por tanto, la llave que abrirá el más grande de los portales.
No solo eso: en vosotras se encarnará El Más Digno.
¡Entrégate con alegría, hermana! Siéntete honrada de ser la elegida.
Comencé a comprender.
Eulalia había entendido todo eso antes que yo, y había intentado evitarlo.