Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 31
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Alistair

El humo no se movía como humo normal. En vez de eso, reptaba como si buscara algo… o a alguien.

El cristal vibró y la ventana de los baños explotó en mil pedazos. Dentro de la cocina se oyó un golpe seco.

Vanessa dio un paso atrás, sobresaltada, y el humo se desvió hacia ella. Traté de protegerla, sin saber siquiera de qué, pero ella saltó a un lado, lejos de mi alcance. El humo se movió otra vez, corrigiendo su trayectoria.

—¡Me sigue a mí! —exclamó.

—Eso parece. Ven. Mejor vamos dentro.

La agarré del brazo y la empujé hacia la cocina, atravesando la cortina de cuentas.

Allí dentro, el ambiente era completamente distinto, y el espacio estaba a rebosar de gente.

Teo y los demás estaban reunidos en torno a una mesa de acero.

Junto a ellos, me sorprendió ver también a la embarazada, y los dos vampiros que Svein y yo habíamos encontrado en Noruega. Svein se acercó a mí con entusiasmo.

—¡Tío! No te lo vas a creer… Este sitio es lo más, me han dado una misión, y Naomi dice que…

Me dio una palmada en la espalda, y yo gruñí, interrumpiendo su cháchara sin sentido. Lo aparté con un gesto y fui directamente a buscar a Teo.

—¿Qué está pasando? —se me adelantó Vanessa.

Las otras chicas se giraron hacia nosotros, saludándonos en silencio con la cabeza.

Teo alzó la vista de la mesa.

—Llegáis justo a tiempo.

Sobre la mesa habían desplegado un mapa de Europa cubierto de puntos negros. En la mano, Teo sostenía un viejo reloj de bolsillo, y jugueteaba nerviosamente con la cadena.

—Johannes y yo hemos estado siguiendo la actividad paranormal de las últimas semanas —dijo, guardándose el reloj en el bolsillo—. No son incidentes aislados.

Una voz se oyó desde fuera. Era uno de los clientes que quedaban en la terraza, impaciente porque no había nadie en la barra para atenderle.

—¡O sale alguien, o me voy sin pagar! —gritó molesto.

—Voy yo —se ofreció Mina—. Esperad un momento.

—Hay que evacuar a todos los clientes —añadió Oksana con tono autoritario.

Mina asintió, y salió de la cocina.

Me giré hacia Teo.

—¿Y bien?

Fue uniendo los puntos del mapa con un rotulador. Creó varios círculos más pequeños, y después, un círculo mayor que los contenía.

Vanessa se quedó rígida.

Había reconocido el símbolo que se iba formando, igual que yo.

—¿Qué crees que representan? —le pregunté a Teo.

—Nodos activos —respondió Teo, concentrado en los trazos—. Lugares donde el velo entre planos es más fino. Sitios donde la Umbrícora presiona con más fuerza, por los que pueden colarse los demonios menores. Con la llave adecuada, podrían convertirse en portales muy peligrosos.

El rostro de Vanessa se desencajó al ver cierto punto en el plano.

—¿Eso es…? —preguntó con voz entrecortada.

Teo asintió. Los demás callaron.

—Sí, el panteón de tu familia —confirmó Teo.

Ella pareció escandalizada.

—¿Cómo sabes eso?

Se encogió de hombros.

—No lo sabía hasta ayer. Los hombres de Johannes detectaron un pico de energía justo ahí, hace veinticuatro, quizá cuarenta y ocho horas.

Noté que los ojos de Vanessa se humedecían al comprender qué había causado ese foco de actividad paranormal, justo en ese punto.

—¿Y eso qué es? —preguntó Naomi, señalando un poco más abajo.

—La finca de la secta —dije yo, porque ese era fácil de reconocer.

—Correcto —dijo Teo—. También está el foco de las ruinas de Edeta, y el de los Pirineos, donde el clan de los Montblanc. Y existen muchos más, como podéis ver.

Asentí. Todo aquello empezaba a cobrar sentido.

—¡Y el parque nacional Saltfjellet-Svartisen! —dijo Svein ilusionado, indicando el lugar en el mapa donde habíamos conocido a aquellos dos vampiros.

El hombre del sombrero y la mujer vampira se miraron entre ellos, asintiendo como si, también para ellos, eso aclarase muchas cosas.

Naomi se acercó a Svein y se quedó a su lado, con los hombros tocándose. Me pareció raro, pero no dije nada.

Mis ojos bajaron un poco más sobre el plano, hacia las islas británicas.

Sabía lo que encontraría, pero, aun así, ver la confirmación me revolvió el estómago.

Varias millas al norte de Escocia, aislado en medio del mar, había un enorme punto negro.

Era el lugar donde fue a pescar mi padre, tantos años atrás, trayendo consigo la Oscuridad que me dejó huérfano. Sentí un dolor sordo en el pecho, como si aquella noche de 1993 acabara de reactivarse en mi interior.

Todo estaba allí, y todos los círculos formaban uno mayor, centrado sobre el lugar menos esperado.

Teo marcó el último punto y dejó el rotulador sobre la mesa, ante la mirada incrédula de los demás.

—Y sí. Aquí está el epicentro —dijo.

No hizo falta que lo señalara.

Lo sentíamos bajo los pies.

Estaba justo debajo del Serenata.