30
Vanessa
La noche no había borrado nada.
Pero había conseguido que el dolor dejara de gritar tan fuerte. Seguía dentro de mí: la ausencia, la oscuridad, la grieta invisible que se había abierto con la pérdida de Eulalia. Pero ahora ya no estaba completamente sola frente a ella. Tenía un cómplice; un ancla al mundo real y tangible.
—Tenemos que volver —dije.
Alistair asintió sin discutir.
—Estoy listo.
Me incorporé despacio, buscando la ropa entre el caos del salón.
—Sí… Dame un minuto para encontrar mis cosas.
Encontré los pantalones, mi ropa interior… y uno de los calcetines. El otro había desaparecido.
Me arrodillé y busqué bajo el sofá, la alfombra, las sillas. Nada.
Entretanto, Alistair me observaba fascinado, apoyado contra la pared y sin decir palabra.
¿Pero qué habíamos hecho para perder la ropa así? Sentí un leve rubor por las mejillas.
Levanté el cojín que yo misma había cosido para Eulalia. ¡Ahí estaba el dichoso calcetín! Pero, al volver a dejarlo, noté algo extraño. Pesaba demasiado. No era blando y suave, como un almohadón normal.
Había algo dentro.
Abrí la cremallera y me puse a rebuscar entre el relleno de fibra.
—¿De verdad crees que tu ropa ha podido terminar ahí dentro? —preguntó Alistair con una ceja alzada—. Ni que hubiéramos librado una batalla…
No respondí, todavía con la mano dentro del almohadón. Mis dedos tocaron algo duro.
Un cuaderno.
Lo saqué, incrédula.
Un cuaderno manuscrito con la letra de mi hermana. Casi se me detuvo el corazón al ver su letra. Era inconfundible: redondeada y perfecta.
Lo abrí por la primera página. Arriba del todo había añadido unas frases con letra apresurada:
«Hermana,
Si estás leyendo esto, significa que no llegué a tiempo, o que tomé una decisión que temía afrontar desde hace años. Debajo encontrarás la explicación a muchas cosas que descubrí gracias a la carta de nuestra madre. Léelo sola, y no dejes que caiga en las manos equivocadas. Siempre juntas, Lali.»
El papel tembló entre mis dedos.
—Deberíamos irnos —me apremió Alistair—. Puedes leer en el ferry. Son casi nueve horas de trayecto.
Tenía razón.
Asentí, incapaz de hablar. Terminé de vestirme y recogí lo poco que llevaba conmigo.
Antes de salir, me acerqué al marco sobre la estantería.
Una foto en blanco y negro: Eulalia y yo vestidas con ridículos vestidos de encaje, riendo frente al fotógrafo que nos suplicaba que estuviéramos quietas al menos un minuto.
Besé su imagen. De pronto, un pensamiento tétrico me asaltó.
—Eulalia sigue en el panteón —susurré—. Ellos… podrían volver.
Alistair no respondió de inmediato.
—Dije que me encargaría. Y lo hice.
Lo miré.
—¿Cómo?
Su voz fue baja. Firme.
—Llamé a unos compañeros de la Orden de Cazadores. —Hizo una pausa—. La sacaron de allí, y no la dejarán sola hasta que vuelvas.
Sentí que se me cerraba la garganta.
—¿Dónde?
—Eso no importa ahora. Está descansando en un lugar seguro —me aseguró—. No podrán encontrarla.
Cerré los ojos.
Aquel dolor era como un cuchillo; un puñado de sal sobre una cicatriz abierta.
—Vamos —dijo Alistair suavemente, empujándome hacia la puerta—. Tienes que volver a tu casa.
Salí del apartamento en una nebulosa, sin saber muy bien hacia dónde caminaba. Él me guiaba por las calles algo húmedas, en las que apenas amanecía. Yo solo seguía su paso, sin pensar en nada.
Ni siquiera supe cómo llegamos hasta el puerto, ni cómo conseguimos pasajes para el ferry.
Una vez en el barco, me senté en una butaca y abrí el manuscrito de Eulalia por donde me había quedado.
«Querida Dolores,
Hay cosas que nunca te dije porque quería protegerte.
Tras el funeral de madre, leí su carta, pero no quise preocuparte. Sin embargo, me ayudó a entender muchas cosas. Y, sobre todo, me ayudó a comprender El Incidente que marcó a nuestra familia sin remedio.
Nosotras no somos solo hermanas.
Somos un recipiente.
Un recipiente vivo con dos mitades.
El símbolo que has visto en tu mente toda tu vida, el círculo y los diez, no son fases de la luna. Son nodos. Puntos de presión entre planos. Lugares donde la tela del mundo es más fina.
Y nuestra sangre es la llave que puede abrirlos.
Durante generaciones, este poder se dividió entre los herederos de Ximena. Se diluyó.
Hasta que solo quedamos tú y yo: dos hermanas, dos mitades.
Sin las dos, la puerta no podrá abrirse por completo.
Si al leer esto yo ya no estoy, hermana, debes saber que no me obligaron.
Elegí este camino para salvarnos a las dos, y para salvar al mundo de la oscuridad.
Si Umbrael consigue encarnarse, el mundo arderá y se pudrirá. Se vaciará; se consumirá desde dentro.
Y si puedo evitarlo lo haré, aunque me cueste la vida.
Querida hermana, recuérdame en mi taller, haciendo realidad tus creaciones imaginarias. Y no tengas miedo de lo que eres.
Yo nunca lo tuve.
Siempre juntas.
Siempre.
Lali.»
Cerré el cuaderno con los ojos anegados de lágrimas.
No podía.
No podía seguir leyendo.
—¿Estás bien? —susurró Alistair, sentado a mi lado.
Sacudí la cabeza.
—No —conseguí decir—. No lo estoy.
Me tomó la mano y me la apretó fuerte.
Perdí la noción del tiempo hasta que el ferry atracó en Ibiza.
La plataforma vibró bajo nuestros pies cuando descendimos a buscar el coche junto al resto de pasajeros. El aire de la isla me golpeó la cara: salitre, gasóleo de barco, calor acumulado en el asfalto.
El sol estaba ya bajando, dejando sombras largas con sus rayos anaranjados.
No pude hablar durante todo el camino hasta San Antonio.
Al llegar allí, me pareció que el paseo marítimo estaba demasiado silencioso para esa hora.
Algunos turistas caminaban distraídos, con sus trastos de playa a cuestas mientras regresaban al apartamento a ducharse y prepararse para la cena.
Pero me pareció que había menos gente de lo normal, y que todos iban con prisa, casi preocupados.
Aparte de eso, en el aire había un olor a humedad quemada.
Me detuve en seco, antes de llegar al bar.
Miré a Alistair: él también lo había notado.
—¿Lo hueles? —preguntó.
Asentí.
No era humo normal.
Aceleramos el paso.
Al llegar, el edificio del Serenata seguía en pie, y todo era aparentemente normal, aunque ninguno de los empleados estaba a la vista.
Las luces seguían encendidas, aunque había muy pocos clientes en las mesas de la terraza: una pareja en una esquina, un chico solo en la barra y tres chicas en el extremo más alejado, cerca de la playa.
Ninguno de ellos había notado que algo oscuro reptaba por las juntas del suelo de la terraza: lenguas de humo que no salían hacia arriba, sino que se arrastraban, como si buscaran algo.
Como si me buscaran… a mí.
Sentí un tirón en el pecho.
Y desde el interior del Serenata, algo golpeó contra el suelo con un estruendo seco.
Alistair dio un paso instintivo y se puso delante de mí.
—Hay algo ahí dentro —dijo, dando voz a mis propios pensamientos.
Y justo entonces entendí que no había regresado a casa. No. Había regresado al punto donde la tela del mundo entero se estaba rasgando.