29
Alistair
Desperté de golpe, con un presentimiento oscuro.
La cabeza de Vanessa reposaba sobre mi hombro, con los cabellos largos desparramados sobre mi torso.
Era hermosa.
Y más vulnerable de lo que aparentaba.
La cubrí con mi chaqueta.
Esa noche me había mostrado su otro lado. Ese que ocultaba a los demás. Ese que necesitaba protección. Y mi instinto de cazador no pudo resistirlo. Era fácil descartar a una bruja despectiva, o a una mujer engreída con olor a demonio.
Pero algo en ella era diferente de todo eso.
Había algo frágil detrás de esa armadura.
Algo que ella se esforzaba por ocultar y que, a su vez, sobrevivía en su interior.
Algo que quizá no resistiría por mucho tiempo, si la Oscuridad se volvía a apoderar de ella, como había hecho en el cementerio.
Me estremecí sin querer.
Odiaba pensar en que eso pudiera ocurrir.
Al conocerla creí odiarla, pero eso fue antes de conocer su lado secreto.
No soportaría tener que matarla también a ella.
Había matado ya a demasiada gente que apreciaba. Uno más me destruiría por completo.
Un pájaro golpeó la ventana, haciendo temblar el cristal. Me levanté rápidamente, dejándola en el amplio sofá.
Cuando miré el suelo no era un pájaro, sino un murciélago moribundo. Se había estrellado contra la ventana.
Extraño.
Vanessa se removió en sueños. Luego abrió los ojos de golpe. Me miró, tomó aire con miedo y se cubrió con una manta que no estaba.
—Solo era un murciélago —dije, acercándome lentamente.
Tomó aire y asintió, todavía algo aturdida.
—Deberíamos irnos —dijo, irguiéndose rápidamente y buscando su camiseta entre el montón de prendas que había en el suelo.
Nuestros dos teléfonos vibraron a la vez, con el nombre de Teo en pantalla.
Alcancé el mío al mismo tiempo que ella el suyo.
Leímos el texto y nos miramos.
Aquello no tenía buena pinta en absoluto.
Solo cuatro palabras, pero un cataclismo detrás de ellas:
«El Serenata está en peligro.»