Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 28
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Vanessa

Palabra de cazador.

Suspiré.

¿Cómo había terminado en una situación así? Mi sangre demoníaca perdiendo el control, y mi parte racional pidiendo favores a un cazador de demonios.

Sentía que me deshacía en el vacío. Sin Eulalia, sin mi mitad, flotaba sola en un universo demasiado grande, cayendo sin red. Siempre habíamos sido dos, pero ahora solo quedaba una.

Las cosas rotas no podían funcionar por mucho tiempo. Sobre todo, si les faltaba una pieza importante.

La mano de Alistair seguía rodeando la mía.

Firme. Cálida. Real. La misma mano que había atrapado mi pulsera antes de que cayera al abismo.

Pero ¿podría atraparme a mí, si yo caía?

No lo creía.

Había cosas que ningún humano podía detener. Y la oscuridad de mi sangre era una de ellas.

—Sinceramente… —Tomé aire. Aquello no era fácil de decir—. No estoy segura de que pudieras detenerme, si vuelve a ocurrir. Esto es más fuerte que yo. Más fuerte que tú. No es… normal.

Bajó la mirada. Sus dedos recorrieron los míos lentamente, como si evaluaran algo invisible. No era una caricia sentimental, sino algo más profundo. Más contenido. Más peligroso.

—No digo que lo consiga —dijo en voz baja—. Pero me comprometo a intentarlo.

—Es una ventaja que me odies —murmuré, con una sonrisa amarga—. Eso hará tu tarea más fácil.

Sus ojos brillaron en la penumbra.

—Nunca he dicho que te odie.

—Hay cosas que no hace falta decir.

—Créeme —susurró—. No te odio, ni tampoco lo necesitaría. He hecho cosas mucho más difíciles.

Lo miré, expectante. Y, contra todo pronóstico, continuó.

—He matado a gente que amaba. Lo hice porque no había otra opción. No fue fácil, pero fue necesario.

Sentí algo quebrarse dentro de él. Algo antiguo. Algo que reconocí casi como propio.

—Pero esta noche tuve miedo —añadió.

Aquello sí que no me lo esperaba.

—¿Miedo de mí? —pregunté.

Alzó la mirada, negando. Esta vez no había dureza en sus ojos.

—Miedo de no poder detenerte. O, peor, de tener que hacerlo. Porque no quería.

El aire cambió entre nosotros. Su respiración era irregular. La mía también. Ninguno habló. No había nada apropiado para responder a eso.

—No quiero tener que matarte —susurró, derrumbándose sobre la barandilla con la cabeza entre las manos.

Aquella frase corta, brusca y violenta sonó en sus labios como un «te quiero» en los de cualquier otro hombre.

En la terraza del hotel, una pareja se besaba con pasión.

Unos amigos reían, tan fuerte que sus carcajadas llegaban hasta el balcón.

Dos amigas conversaban de la mano, contándose confidencias.

Qué mundo tan hermoso el de ahí fuera, pero qué ajeno a nosotros.

Qué bonito para quienes aún tenían a alguien y pertenecían a algo.

Para los que no tenían miedo de ser aniquilados, de perder el control, o de quedarse para siempre solos.

No pude más.

La confesión de Alistair, tan sincera e inesperada, hizo que se me escapara la primera lágrima. Y, tal como había imaginado, tras la primera no pude parar.

Mi cuerpo convulsionó de desesperación, completamente hundida.

Temía a lo que había en mi sangre.

Temía a la soledad.

Y temía al resto de mi vida sin mi pilar de apoyo, sin mi otra mitad.

Sin Eulalia.

Dejé de ver la calle de abajo. Las lágrimas me nublaron la vista. Me olvidé de dónde estaba. Simplemente, dejé brotar toda la tristeza, desolación y vacío que me consumían por dentro.

Unos brazos me sostuvieron.

Brazos fuertes, sólidos, reconfortantes.

Esos brazos me llevaron dentro, al salón. Me sentaron en el sofá. Me sujetaron mientras llovía en mi interior, y la tormenta de sentimientos se negaba a amainar.

No sé cuánto tiempo pasó.

Me derrumbé, y él me sostuvo.

Cuando abrí los ojos, Alistair seguía ahí.

—Bien —dijo—. Es bueno sacarlo. Si lo dejas dentro, te consume.

Me llevé la mano al rostro, tratando de limpiarme las lágrimas. De pronto, me sentí avergonzada por aquella expresión de sentimientos.

Tomó mi pulsera, que yo aún apretaba en el otro puño, y me la colocó de nuevo. Sus dedos rozaron mi muñeca. Luego mi mejilla. Secó una lágrima con torpeza, como si fuera la primera vez en su vida que hacía algo así por alguien.

No aparté su mano. La sujeté y la llevé contra mi pecho, cerca del corazón.

—Lo siento —susurré.

Me miró extrañado y sacudió la cabeza.

—Nada por lo que disculparse.

No solté su mano.

La necesitaba.

Necesitaba sentirlo cerca. Sentir que quedaba alguien. Algo. Que no estaba completamente sola en la oscuridad más profunda.

Su mano bajó por mi torso, cayendo sobre mi regazo. Se quedó ahí, inmóvil. Como una pregunta.

Esperó, dejándome elegir.

La tomé de nuevo y la llevé a mi muslo.

—No quiero estar sola esta noche —confesé.

Esta vez fue él quien vaciló. Se apartó apenas unos centímetros.

—Vanessa…

Pensé en empujarlo un poco. En usar aquel poder de persuasión que todas las mujeres de mi familia teníamos. No habría sido forzarlo, solo inclinar la balanza. Por instinto, busqué esa rendija mental en él, pero no encontré nada.

Con él no funcionaba.

O quizá no quise que funcionara.

No quería hacerlo así. No. Con él no.

Lo miré. En sus ojos no había ni un ápice de oscuridad. Era sincero. Honesto. Humano en todo su ser, y tan lleno de necesidad como yo.

Sentí en él la atracción por lo desconocido.

Pero también la duda de estar haciendo lo correcto.

El miedo de volverse vulnerable y después romperse.

Yo conocía muy bien ese miedo.

El silencio entre nosotros se volvió tan denso que me dio miedo romperlo.

Su mano se tensó sobre mi muslo, y la mía encontró su pecho. Sentí que mi voluntad se disolvía y mis pensamientos empezaban a esfumarse.

Nuestros rostros habían quedado muy cerca, sin saber cómo.

El tiempo quedó suspendido en la oscuridad.

No debería estar haciendo eso; lo sabía. Lo sentía dentro. Él no pertenecía a mi mundo, ni yo al suyo. Pero, aun así, no me aparté. Él tampoco.

Apoyó su frente contra la mía, lentamente. Su respiración me rozó la piel: cálida, irregular.

Llevé las manos a su rostro, enmarcándolo. Sentí la barba áspera bajo las yemas de mis dedos. Todo en él era real y sólido. Un ancla al presente.

Me gustaba.

Era justo lo que necesitaba en ese momento.

Entreabrí los labios y los posé sobre los suyos, temblorosa.

No fue un beso de urgencia, sino de necesidad.

De recordar que aún estábamos vivos, a pesar de haber mirado a la muerte a la cara.

Necesitaba desesperadamente esa unión; algo que me atara al ahora y me recordara que, al menos hoy, no estaría sola.

Y supe, sin necesidad de decirlo ni de hurgar en su mente, que él también lo deseaba.

El mundo podía romperse mañana, pero esta noche seguíamos aquí, respirando.

Sus dedos se deslizaron hasta el borde inferior de mi camiseta. Lo levantó despacio, sin apartar la mirada. Se detuvo. Dudó. Buscó mis ojos.

Asentí.

Continuó, más lento aún, pidiendo permiso con cada gesto.

Su respiración se volvió rasgada, a duras penas contenida. Luchaba por no precipitarse.

Tomé sus manos y las guié yo misma, con firmeza. No hizo falta mucho. Pronto encontró la cinturilla de mis pantalones, el botón y la cremallera.

Le quité la chaqueta de cuero y la dejé caer sobre la alfombra con un golpe suave de tela pesada.

Acerqué el rostro a su cuello y respiré su aroma, cálido y amaderado.

Mis labios rozaron su piel. Sentí su tensión, su intento de control…

y cómo poco a poco lo perdía. Solo de pensar en ello sentí un remolino de calor naciendo en el centro del cuerpo.

Mis manos descendieron por su torso hasta detenerse sobre su cintura. No había duda. Ya no.

—¿Dormitorio? —preguntó en voz baja, ronca.

Negué suavemente.

—Mejor aquí.

Comprendió sin preguntar más.

La casa estaba en silencio, pero el mundo no. Yo aún sentía, muy profundo en el pecho, un latido oscuro que no era mío del todo. Una presión lejana, constante. Pero no lo escuché. No en ese momento.

Alistair lo percibió. Lo supe por la forma en que su mano quedó suspendida un segundo sobre mi piel, como si midiera una distancia invisible.

Pero no retrocedió.

Me gustó que no temiera a mi oscuridad.

Porque quizás, esta vez, mi oscuridad no podría destruirle, como había hecho con Flip. Quizás él fuera más fuerte y mejor preparado; capaz de acabar conmigo de ser necesario.

Aquel pensamiento, trágico y catastrófico, me pareció curiosamente alentador.

Me tendió en el sofá con cuidado, con firmeza. Había algo duro y salvaje en sus gestos. Algo irresistible.

Sus dedos recorrieron mi hombro desnudo y se detuvieron sobre la mariposa. Su mirada cambió.

—Preciosa —murmuró, pero sentí que había algo más que no decía.

Apartó los dedos, como si la tinta ardiera al tocarla.

No habría sido extraño; estaba cargada de memorias, dulces y amargas.

Pero luego regresó. Su pulgar trazó el contorno de las alas y sentí algo moverse en mi interior.

Un dejà vu imposible. La sensación de dos fuerzas opuestas reconociéndose, aceptándose, calibrándose.

Y eso me asustó más que cualquier demonio tratando de apoderarse de mi alma.

Le aparté la mano de ahí y la posé sobre mi pecho desnudo.

—El tatuaje no —dije, casi sin aliento.

Asintió sin preguntar. Me encantaba la manera en que nunca preguntaba de más.

Su cuerpo se inclinó sobre el mío y la presión que crecía en mi interior se suavizó un poco.

Recorrí su espalda, bebiendo de su piel caliente. Sólida. Real.

Tenía muchas cicatrices: algunas antiguas y otras recientes. Me pregunté qué batallas habría sobrevivido ese hombre, arrasando con cosas que se volvían demasiado oscuras.

Si algún día yo cruzaba esa línea, sería él quien tendría que detenerme, pero la idea no me hizo apartarme.

Me hizo abrazarlo con más fuerza.

No podía más. Me sentí como una tela tensada sobre un bastidor.

—No me sueltes —murmuré contra su piel.

—No pienso hacerlo —prometió.

Nuestros cuerpos se encontraron sin prisa y sin huida. Accedió a ser mi ancla, mi seguridad, mi garantía de que habría alguien ahí para detenerme si todo se torcía.

Me besó mientras hacíamos el amor. Me concentré en su respiración contra mi cuello, su latido, su espalda firme bajo mis manos, sus movimientos rítmicos y deliciosos y esa sensación de no estar en ninguna parte.

Al final, su frente cayó sobre mi pecho, con los ojos cerrados, y tomó aire como si hubiese estado a punto de ahogarse.

Mañana, el mundo seguía ahí fuera, oscuro, quebrado, esperándonos. Había perdido a mi hermana, y esa herida no dejaría de sangrar en mucho tiempo, o posiblemente, nunca.

Pero su aliento contra mi cuerpo era una puntada invisible, pequeña pero creciente, que cerraba poco a poco la herida enorme que me había infligido el destino.