Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 27
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Vanessa

Ni siquiera recuerdo cómo llegamos al piso de Eulalia.

Me sentía vacía. Rota por dentro. Incapaz de aceptar que Lali ya no estuviera. Que no volvería a verla, ni a hablar con ella.

El apartamento de mi hermana estaba oscuro. Las luces de la ciudad entraban por el balcón y por los enormes ventanales, tiñéndolo todo de un brillo azul y dorado. El silencio resultaba extraño, y aquel orden que por la mañana me había parecido admirable ahora se me antojaba excesivo, insoportable…

Funerario.

Entré sin darme cuenta de que había dejado las llaves colgadas en la cerradura y la puerta abierta.

Me pareció oír pasos detrás de mí.

Alistair.

Escuché la llave girar y la puerta cerrarse, pero no me di la vuelta. No podía concentrarme en nada. Fui directa al sofá, al lugar exacto donde a mi hermana le gustaba sentarse, y apoyé la cara contra el respaldo. Aún olía a su perfume.

El golpe emocional al sentir su olor fue brutal. Sentí las lágrimas acumulándose en mis ojos, pero las contuve.

No.

Si abría esa compuerta, ya no podría cerrarla.

Si dejaba salir todo, no podría detenerlo.

Alistair permaneció en la entrada del salón, inmóvil, sin encender la luz. Su silueta apenas se distinguía en la penumbra. Esperaba, dándome tiempo.

Tampoco pude quedarme sentada. Me levanté, nerviosa, y empecé a caminar de un lado a otro.

Pasé los dedos con cuidado sobre el respaldo de su silla preferida. Toqué sus gafas, plegadas sobre la mesilla. Ahuequé ese cojín que yo misma le había cosido, con el símbolo de Géminis bordado. Nuestro símbolo: las gemelas, unidas para siempre.

Pero ya no.

«No llores. No llores.»

Sentí la presencia de Alistair en algún rincón oscuro. Luego lo escuché alejarse.

—Voy a revisar el piso —murmuró—. Por si ha entrado alguien mientras no estábamos.

Oí puertas abrirse, ventanas y pasos en las sombras. Me dejó espacio. Estaba cerca, pero no demasiado. Se lo agradecí en silencio.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que sentí su mano sobre mi hombro.

—Deberías descansar un poco.

Me giré, sorprendida. No lo había escuchado llegar. Ni siquiera recordaba cómo había terminado ahí, meciéndome a mí misma sobre la alfombra, envuelta en una chaqueta de Lali.

Los ojos grises de Alistair, normalmente duros como acero, me observaban con una suavidad inesperada.

—Llevas muchas horas sin dormir.

—No podría descansar —respondí.

Tragó saliva, observándome en silencio.

—Ve a la habitación de invitados —dijo—. Yo montaré guardia un par de horas.

Dijo la habitación de invitados , como si supiera cuánto temía abrir la puerta del dormitorio de mi hermana e inhalar el perfume de su almohada.

Me apretó el hombro, casi con cariño.

—No podemos quedarnos toda la noche. Es peligroso. Pero descansar te ayudaría, aunque fuera solo un rato. Han sido muchas cosas de golpe.

Quise negarme, pero tenía razón.

Estaba agotada. Desbordada.

Vacía.

Sentía un vacío infinito. Más grande que el agujero negro en el pecho de mi hermana, todavía tendida en aquella cripta, sola.

—Alistair… Mi hermana… No puedo dejarla allí, así.

—Me encargaré de eso, también —dijo—. Descansa.

Me mordí el labio y salí casi corriendo, porque sabía que estaba a punto de romperme.

Dudé entre la habitación de invitados y la de Eulalia.

No.

Quería dormir en su cama, aunque fuera solo una vez más.

Lo necesitaba.

Abrí la puerta con cuidado, despacio, y entré.

La habitación entera olía a ella. Fue como un bofetón.

Me tumbé en la cama hecha un ovillo y abracé su almohada. Recordé cuando dormíamos juntas de niñas, en la granja, riendo hasta las tantas, hasta que la tía Inés abría la puerta y decía que pronto cantaría el gallo y el sol nos encontraría sin dormir.

Se me escapó una media sonrisa.

Tía Inés siempre tenía razón; siempre nos pasaba igual. Pero siempre volvíamos a hacerlo, porque no sabíamos estar separadas.

Cerré los ojos e intenté dormir.

No podía.

Después de lo que quizá fue una hora, o un minuto, o una eternidad, me rendí.

El apartamento estaba recalentado después de pasar varios días cerrado, pero ese no era mi único problema.

Miré el techo y escuché los ruidos ahogados de la ciudad.

Recordé nuestra promesa: siempre juntas. Siempre.

Ella la había cumplido.

Siempre.

Incluso cuando yo me perdía.

Incluso cuando me hundía.

Incluso cuando había sido una completa idiota con la cabeza y el corazón llenos de mariposas.

Y yo…

¿Qué había hecho yo por ella?

Me revolví bajo la sábana, cada vez más nerviosa.

Sentí la burbuja negra dentro de mí.

Ese poder viscoso y extraño que siempre había llevado dentro, pero que se había vuelto mucho más grande esa noche, al tocar a mi hermana muerta.

Lo había sentido en el cementerio. La otra mitad había pasado de Eulalia a mí.

Pero no. Eso tenía sentido. Esa oscuridad era mía y no suya. Eulalia era el sol, y yo la luna.

Esa era la oscuridad que había consumido a mi madre. La que más tarde destruyó a Flip, por unirse a la persona equivocada. Por entrar en el lugar equivocado.

Al pensar en Flip, la primera lágrima escapó por la comisura de mis ojos. Sentí que mi tatuaje ardía, separado para siempre de su alma gemela.

¿Qué era esa oscuridad, y por qué me invadía?

¿Sería yo la siguiente?

Aparté la sábana de una patada.

No podía más; me levanté.

Caminé por el largo pasillo, lleno de espejos, cuadros y muebles silenciosos. Pasé los dedos por la tapa del piano: impoluto, sin una mota de polvo.

Crucé el salón.

Las puertas del balcón estaban abiertas, y el visillo beige ondulaba con la brisa nocturna.

Alistair estaba otra vez asomado, mirando la ciudad.

No se giró, aunque me oyó llegar.

Me acerqué y me quedé a su lado en el estrecho balcón. Ya no llovía, y la ciudad había vuelto a la vida. Nunca dormía. Como nosotros.

Seguí sus ojos, fijos en la terraza del hotel vecino. Música. Luces. Gente riendo. Copas. Conversaciones. Vidas humanas: pequeñas, felices y despreocupadas.

Un mundo lejano. Inalcanzable para la gente como nosotros.

—Debe de ser bonito vivir así —murmuré.

Él asintió.

No preguntó a qué me refería, ni menos aún, cómo estaba.

Eso me gustó. Ambos sabíamos que estaba hecha un asco. Agradecí que no me forzara a decirlo en voz alta.

—He vivido mucho —dije—. He perdido a mucha gente. Pero nunca… nunca me había sentido así.

Se giró por primera vez y me miró, y supe que me escuchaba. De verdad.

—Ni siquiera cuando murió mi tía, que era como una madre.

Ni siquiera… —Crispé los nudillos sobre la barandilla, conteniendo la rabia—.

Ni siquiera cuando perdí al amor de mi vida.

No. Esto es incluso peor. Eulalia y yo éramos dos mitades, y ahora solo queda una.

La mitad peor, que nunca más volverá a estar completa.

Y eso… eso no es justo. —Apreté los dientes, furiosa con el mundo entero—. ¡No puede serlo!

—La vida no siempre es justa —dijo Alistair con su típico pragmatismo.

Negué con la cabeza, incapaz de hablar. No, no lo era.

—No la conocí, pero tu hermana parecía una buena persona —añadió Alistair—. Honrada. Trabajadora. Con los pies en la tierra. Me gusta la gente así.

Se detuvo un momento.

—Pero no creo que tú fueras la mitad peor.

Me incliné un poco más sobre la barandilla, y nuestros brazos se rozaron. Su piel estaba fría, al menos comparada con la mía.

No me aparté. Era una sensación extraña, pero agradable.

En vez de eso jugueteé con mis pulseras para espantar la maraña de pensamientos oscuros.

Mi hermana muerta.

La oscuridad incontrolable que se había apoderado de mí en el cementerio, cuando blandí aquella pala.

—Tengo miedo —confesé.

Alistair asintió. Se había dado cuenta.

—¿Habías visto alguna vez algo así? —pregunté con un hilo de voz.

—Sí. Muchas veces. Pero nunca… con esa potencia.

Tragué saliva.

—Perdí el control con Xavier.

—Lo vi.

No me pedía nada. No me tiraba de la lengua.

Y, precisamente por eso, me sentí cómoda hablando.

—Estaba fuera de mí —continué—. Quería matarlo. Y no podía parar… fue como si algo dentro de mí hubiera tomado el control.

Se me quebró la voz. Tuve que detenerme para no montar una escena.

—Pero volviste —dijo.

—Esta vez, sí. Pero, ¿y si la próxima no?

Se encogió de hombros.

—Lo resolveremos cuando llegue.

Lo miré.

Tenía que decirlo.

Curiosamente, no se me ocurría una persona mejor.

—Necesito que me prometas algo.

Su mandíbula se tensó. Asintió levemente.

—Si pierdo el control… —dije—, si dejo de ser yo… si me convierto en algo peligroso…

Respiré hondo. Abrí el mosquetón de una de las pulseras de cuentas y la hice girar sobre mi dedo antes de terminar la frase, como si lo que estaba a punto de decir no fuera demasiado importante.

—Prométeme que me matarás —dije.

Alistair iba a tomar aire, pero se atragantó y comenzó a toser.

—¿Qué?

—Lo que has oído. Prométemelo.

Agité la mano y la pulsera se me escapó de entre los dedos. La vi caer hacia el vacío por un segundo, pero él la atrapó al vuelo.

Cogió mi mano y colocó la pulsera en el centro de la palma. Luego cerró mis dedos sobre las cuentas.

Su piel fría contra la mía me provocó un escalofrío.

—Eso no sucederá —dijo, hizo una pausa y me miró fijamente a los ojos—. Pero, si sucede, tienes mi palabra de cazador.