Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 26
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Alistair

El silencio fue lo primero que le llamó la atención a Alistair.

Era extraño que hubiera tanto silencio en esa casa.

No se oía la televisión.

Ni los platos en el fregadero.

Ni a su madre hablando por teléfono con alguna amiga, quejándose de que Malcolm había vuelto otra vez enfermo del mar, y cuándo terminaría este tiempo de perros que enfermaba los pulmones y llenaba las casas de moho.

Por no sonar, no sonaba ni el viento.

Había cesado también la lluvia.

Cuando Alistair se dio cuenta de todo eso, ya era muy tarde, y llevaba horas jugando a su videojuego. Tenía mucha hambre, pero no le llegaba el olor de la cena desde el otro lado de la puerta: ni sopa, ni pescado, ni nada.

Dejó el mando de la consola a un lado, puso la cinta de música en pausa y se asomó al pasillo.

—¿Mamá?

Nada.

Abrió la puerta.

El pasillo estaba oscuro, salvo por la luz amarillenta que escapaba desde la cocina.

El olor a podrido que había entrado con su padre era mucho peor, y las manchas negras seguían en la moqueta. Su madre no las había limpiado, y ahora se estaban extendiendo, como hacen las manchas de aceite. Solo que eran negras. Pero no era brea, sino algo apestoso y descompuesto.

La casa era pequeña, como todas las casas obreras de la costa norte: salón estrecho, cocina al fondo y papel pintado en las paredes. No había muchos lugares donde esconderse.

Entró en la cocina; no había nadie. Solo una tetera llena de té frío, y dos tazas aún llenas que nadie había tocado. El maletín médico seguía abierto sobre la mesa, junto al termómetro olvidado.

Salió y se dirigió al salón. El olor era cada vez más insoportable. Avanzó despacio, con el suelo crujiendo bajo los pies.

Escuchó un sonido extraño: húmedo, viscoso, como una criatura marina arrastrándose.

Al entrar, se encontró a su padre de espaldas, junto al viejo y hundido sofá de flores. Solo llevaba puestos los pantalones, y su piel estaba cubierta de pústulas negras que latían.

Alistair abrió la boca para gritar, pero no pudo, porque entonces vio a su madre: se encontraba frente a su padre, pero sus pies no tocaban el suelo.

Estaba suspendida frente a él. Unos tentáculos negros surgían del suelo y de los brazos de Malcolm, densos y líquidos, penetrando en el cuerpo de Astrid.

Lo más inquietante fue lo silencioso del proceso. Ninguno hablaba ni gritaba. Solo aquel sonido viscoso y repugnante, de tentáculos arrastrándose.

Alistair vio los ojos de su madre: abiertos, vacíos y negros.

Sus ojos siempre habían sido azules, como un cielo de verano.

—¿M… mamá? —susurró—. ¿Papá?

Los ojos de Astrid se fijaron en él y, por un instante, fueron otra vez los suyos.

—Alistair… corre… ¡vete!

Astrid abrió la boca, su cuerpo se arqueó y la sombra entró por su boca y ojos, provocándole sacudidas.

La casa entera olía a carne podrida.

Su padre se dio la vuelta hacia él. Sus ojos eran también completamente negros, sin un ápice de blanco. Extendió los brazos hacia él, envueltos en sombras como serpientes.

—Ven… hijo…

Alistair retrocedió.

Las sombras se deslizaron por el suelo hacia él. Su madre descendió al suelo y caminó, rígida, en la misma dirección.

—Ven… —susurró con una voz distinta a la de antes.

Las sombras tocaron el pie del adolescente, y sintió un frío que lo helaba por dentro y se extendía por toda su pierna.

Se apartó, horrorizado.

Tropezó con la alfombra y cayó, junto a la chimenea. Cogió el atizador de hierro, desesperado, y echó a correr hacia la puerta de entrada.

Tenía que salir de esa casa. Sus padres se habían vuelto locos. O algo peor.

Corrió por el pasillo a oscuras hasta la puerta y luchó con el picaporte. Estaba cerrada con llave. Rebuscó en el platillo, en el estante. Pero las llaves no estaban. ¿Dónde estaban? Siempre las dejaban ahí…

Su padre ya se acercaba por el pasillo, seguido por su madre. Ambos caminaban como marionetas, con los ojos fijos en el techo, pero directos hacia él.

No había escapatoria.

Se acurrucó contra la puerta, sin saber qué hacer.

Su padre extendió los brazos y le tocó los hombros. Un frío espantoso le atravesó el cuerpo, y sintió como si estuviera congelándose poco a poco.

Empujó a su padre con todas sus fuerzas para quitárselo de encima, pero Malcolm era demasiado grande y pesado.

—¡Papá, suéltame!

Su madre lo agarró de las piernas.

—¡Me hacéis daño! ¡Parad!

Lo tenían preso entre los dos, y las sombras comenzaron a rodearlo.

Alistair se mareaba.

Tanteó detrás de él, buscando el atizador.

¿Qué eran esas dos criaturas parecidas a sus padres, pero que se movían como autómatas dispuestos a destruirlo?

Sacó el atizador de golpe y le asestó un golpe a su padre en el hombro, lo suficiente para que lo soltase por un instante.

Malcolm gritó con un sonido inhumano.

Astrid lo sujetó más fuerte del pie, impidiéndole huir, y le mordió la pierna.

Alistair gritó.

No podía hacer daño a su madre.

Simplemente, no podía.

Su padre le mordió también, mientras las pústulas negras comenzaban a extenderse por su rostro y manos.

Pero, si no hacía nada, acabarían con él.

El frío lo atenazaba.

Sentía que se hundía. Hondo, muy hondo, en las profundidades más frías y oscuras del mar.

No sabía qué eran esas criaturas, pero sus padres no estaban en ellas.

Supo que algo de las profundidades había entrado en su casa, y se había apoderado de ellos. Y ahora lo quería a él también.

Sintió que sus ojos empezaban a cerrarse.

Tenía que hacer algo…

Tenía que hacer algo…

Recuperó el atizador y lo agitó en el aire, asestando golpes a diestro y siniestro, sin mirar ni a dónde ni a quién.

Solo pensaba en liberarse, en subir de nuevo a la superficie.

Las sombras se arremolinaron en torno a él.

Golpeó más fuerte, hasta que las sombras retrocedieron.

Poco a poco, los tirones y mordiscos cesaron.

El atizador volvió a caer sin parar, hasta que las criaturas dejaron de moverse y las sombras se esfumaron.

Alistair lo vio todo como a través de una lente. Aquel no era su cuerpo ni sus manos, y eso no eran sus padres.

No podían serlo.

Sus cuerpos comenzaron a ennegrecerse frente a él, como si ardieran desde dentro.

Se disolvieron en humo negro, y tras unos minutos, ya no quedó nada.

Ni sangre, ni ropa, ni un rastro de las personas que fueron.

Se desvanecieron en una nube de humo negro que se pegó un instante al techo y luego explotó en mil gotas diminutas.

***

Alistair despertó con la luz del alba.

Seguía en el suelo, temblando de frío junto a la puerta, cubierto de marcas de golpes y mordiscos. En su mano aún estaba el atizador, cubierto de brea.

Alguien llamaba a la puerta desde el otro lado.

—¡Astrid! —dijo la voz de Janet, su vecina—. ¿Vienes luego a tomar té? Estoy haciendo scones …

Alistair tragó saliva. Tenía la garganta seca y el estómago le rugía.

Se apartó de la puerta y trató de abrirla.

—Está cerrada por dentro —contestó a la vecina.

—¡Alistair , wee lad! —. ¿Dónde está tu madre? ¿No has ido hoy a clase?

Alistair miró hacia el suelo, donde ya solo quedaban manchas.

Tomó aire. Comprendió que tendría que ser fuerte. Que nadie jamás le creería si contaba su historia.

—¿Alistair, me abres? —Janet volvió a golpear la puerta—. ¿Estás solo en casa?

Se miró en el espejo del recibidor.

Vio un muchacho que había dejado su infancia atrás en una sola noche. No vio a un niño, ni a un adolescente. Vio a alguien que tendría que luchar por su cuenta contra toda la oscuridad del mundo.

Vio a alguien solo. Para siempre.

Lo pensó un instante más y contestó.

—Sí —dijo, apoyado en la puerta con los ojos cerrados—. Estoy solo.