Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 25
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Alistair

El coche se detuvo justo frente al panteón. La lluvia caía como agujas a través de los haces de los faros. Luego se apagaron, y las puertas del vehículo se abrieron con un golpe seco.

Le hice un gesto a Vanessa para que se ocultara tras uno de los sepulcros. Ella respondió poniendo los ojos en blanco, pero cuando señalé su móvil, al menos apagó la luz. El panteón quedó sumido en una oscuridad casi total.

Suspiré. Aquella mujer me obligaba a ejercitar la paciencia más de lo que habría creído posible.

Tres figuras emergieron del coche.

Reconocí de inmediato a una de ellas: Xavier, el tipo corpulento de la secta. A su lado caminaban una mujer y un hombre a quienes no había visto antes.

Se detuvieron bajo el dintel de la entrada, protegidos por la lluvia. Desde allí no podían vernos, pero algo me dijo que sabían perfectamente dónde estábamos.

—El cebo ha funcionado —comentó Xavier, cruzándose de brazos y mirando hacia sus compañeros con una sonrisa.

Los otros dos avanzaron medio paso; entre los tres, nos bloquearon la salida.

Estábamos atrapados entre lápidas polvorientas y una muerta. Magnífico.

Toqué el cuchillo y el martillo colgados de mi cinturón. No era mi espada, pero mejor que nada.

Di un paso adelante, dejándome ver.

—No deis ni un paso más —gruñí.

Xavier ni siquiera me miró; sus ojos se clavaron en Vanessa. O, mejor dicho, en el cadáver de su hermana, justo delante de ella.

—Dolores —dijo Xavier con calma, tendiéndole la mano en la oscuridad del panteón—. Ven. Deja de esconderte. Ven conmigo al lugar al que perteneces.

Vanessa se levantó despacio, saliendo de detrás del sepulcro que la ocultaba. En la penumbra, con su ropa negra y el pelo largo y mojado, parecía una pantera lista para saltar.

Una pantera peligrosa y llena de rabia.

—No iré a ninguna parte hasta que me expliques qué ha pasado aquí —dijo, temblando de furia—. ¿La mataste tú?

Una sombra cruzó el rostro de Xavier.

—No sé a qué te refieres.

La lluvia se volvió más fuerte, golpeando el techo de piedra como metralla.

—Mi hermana está muerta —continuó ella con los dientes apretados—. ¡Mírala! Y en su mesa había una carta tuya, citándola justo aquí. —Sus ojos centellearon, atravesándolo—. ¿Por qué, Xavier? ¿Qué hizo para merecer esto?

Xavier no vaciló.

—No lo entiendes —añadió, con una calma inquietante—. Nadie lo entiende al principio.

Sus ojos brillaron en la oscuridad.

—Esto no es muerte —dijo—. Es propósito. Es trascender.

Negué con la cabeza, con el pulso acelerado y a punto de explotar.

—Estáis locos.

Xavier sonrió, como si ya hubiera oído eso antes.

—Eso dicen todos… antes de comprender. —Chasqueó la lengua—. Eulalia cumplió su función, pero yo no la maté. Se ofreció voluntariamente.

Los ojos de Vanessa refulgieron de furia.

—¡Vete al infierno, maldito pirado!

Sacó una daga minúscula e inútil y lo apuntó con ella.

Xavier suspiró.

—Dolores, por favor. No seas ridícula.

Levantó la mano, haciendo una señal a los otros dos, y estos avanzaron.

La mujer entró en el panteón empuñando una daga curva, negra y grabada con símbolos.

El hombre llevaba una cadena corta con un garfio.

Eran armas de presa, no mortales. No querían matarla. Solo capturarla.

Antes de que pudieran hacer nada, salté sobre ellos y golpeé la muñeca de la mujer con mi martillo, haciendo caer su daga.

Después giré y corté el antebrazo del hombre. Retrocedió, pero no conseguí desarmarlo.

Su cadena silbó, rozó mi cuello y me derribó, dejándome sin aire del dolor.

Rodé por el suelo, alejándome de él.

Mientras tanto, Xavier se abalanzó sobre Vanessa.

Corrí hacia el fondo del panteón y alcancé a Xavier, clavando el cuchillo en su muslo.

Xavier gritó. Le golpeé el hombro con el martillo y se tambaleó de dolor, sujetándoselo; fue suficiente para que Vanessa se liberase y se apartase de él.

Tiré de ella hacia la salida, pero los otros dos se habían recuperado y ya nos cerraban el paso.

Nos miramos.

Los ojos de Vanessa se desviaron hacia un jarrón funerario en un lado, y luego hacia mi martillo.

Entendí su idea de inmediato.

Saltamos a la vez.

Vanessa lanzó la tapa del jarrón contra la cara de la mujer, y yo arrojé el martillo contra el hombre.

Ambos se apartaron; no me dio tiempo a ver si les habíamos dado, pero aprovechamos para salir corriendo entre ellos.

Escapamos bajo la lluvia, entre calles de piedra y sombras, hasta que creí que los habíamos perdido.

Tras unos minutos, me detuve a respirar. Jadeaba por el esfuerzo. Vanessa, sin embargo, no tenía ese problema.

Mientras yo recuperaba el aliento, Xavier apareció frente a nosotros, procedente del otro lado.

Esta vez llevaba una pistola.

—No quería usarla —dijo, sopesando el cañón del arma—. Pero no me dejas opción.

Mierda.

A mi lado, Vanessa recogió una pala metálica del suelo, olvidada junto a unos utensilios de jardinería.

Respiraba rápido, como un animal a punto de embestir.

De pronto, el aire vibró.

La lluvia comenzó a girar a nuestro alrededor, arrastrada en espiral por un viento inexistente.

El aire se volvió frío en la tarde de verano.

—Tú… —rugió ella—. Tú mataste a mi hermana… ¡Fuiste tú!

Las sombras del cementerio se movieron hacia ella, saliendo del suelo y de las tumbas.

La piedra bajo sus pies se ennegreció, como ceniza, igual que la negrura bajo el cadáver de su hermana.

Xavier dudó. Sus dedos temblaron sobre el gatillo.

—Mi señor… —susurró, mirando hacia las sombras en busca de respuesta—. Es ella… la más digna… ¿qué debo hacer ahora?

Vanessa gritó.

No fue un grito de miedo, sino de presión incontenible que brotaba de su garganta.

La oscuridad estalló.

Una onda silenciosa y brutal golpeó a Xavier y lo lanzó contra los nichos que había tras él. La piedra se resquebrajó, y varias lápidas cayeron.

Vanessa caminó hacia él, despacio, con la pala en la mano.

Sus ojos ya no parecían humanos.

—¿Por qué? —gritó—. ¿Por qué?

Xavier apenas respiraba. Tenía la espalda apoyada contra el mármol roto, pero el dolor le impedía erguirse.

—La más digna… —gorgoteó—. La llave… que abrirá… los infiernos…

Su cabeza cayó hacia un lado, desmayada.

Pero a Vanessa no le importó.

Lo golpeó con la pala. Una y otra vez, sin parar, hasta que no quedó más que un amasijo ensangrentado.

—¡Basta! —la sujeté y traté de sacudir su hombro—. Vanessa… ¡basta!

No me oía.

—Regresa —susurré—. ¡Está muerto! ¿No lo ves? ¡Hay que largarse de aquí!

La oscuridad se contrajo y volvió a su interior.

Su cuerpo se dobló y cayó de rodillas, con la respiración rota.

La ayudé a levantarse.

—¡No! —gritó entre lágrimas—. Tengo que matar a los otros. ¡Tengo que descubrir por qué le hicieron eso!

Salió corriendo de vuelta al panteón, demasiado rápido para que yo pudiera seguirla.

Cuando llegué, mucho después, el coche ya no estaba.

—Esos malditos han huido —murmuró.

Vanessa se dejó caer de rodillas sobre la entrada del panteón, llorando mientras la lluvia le pegaba los cabellos mojados al rostro.

Me acerqué con cuidado, casi con miedo.

No sabía qué acababa de ver.

Aquella oscuridad que había invocado no había sido humana, y me había traído demasiados recuerdos oscuros.

No lo sabía y, por primera vez en muchos años, ni siquiera estaba seguro de querer saberlo.

Pero esa mirada extraña…

Ese cambio repentino…

Me transportó a aquel día.

El día en que regresé a casa y mi vida ya no volvió a ser la misma.