24
Vanessa
Las nubes se juntaron sobre el cielo vespertino de Barcelona, amenazando lluvia. El cielo se tornó oscuro, a pesar de ser demasiado pronto para que anocheciese.
Cuando llegamos al Cementerio de Montjuïc, las puertas ya estaban cerradas. Desde abajo, el camposanto se alzaba como una ciudad de piedra dormida, escalonada en la ladera del monte, donde los muertos contemplaban eternamente el Mediterráneo.
Alistair aparcó junto al camino.
—¿Algún plan para entrar? Está cerrado.
—Todavía no —murmuré—. Pero necesito comprobar algo. Espérame en el coche.
Frunció el ceño.
—De eso nada. Te acompaño.
Rodeamos la tapia de ladrillo húmedo hasta encontrar una pequeña puerta lateral, que seguía entreabierta.
—Bingo —dije.
Un relámpago partió el cielo en dos.
—Va a llover —anunció Alistair con poco entusiasmo.
—Entonces más vale que camines rápido. El panteón está arriba del todo.
—¿Tu familia tiene un maldito panteón?
—Es una larga historia.
—Y una larga subida, por lo que veo —gruñó.
Sonreí con poca alegría.
Miré a un lado y a otro. No parecía haber nadie. Nos colamos por la verja entreabierta, aprovechando la oscuridad creciente. Una vez al otro lado, corrimos cuesta arriba por el cementerio.
Para entonces, las gotas redondas y frías ya nos resbalaban por el rostro.
—Por aquí —dije, luchando contra los recuerdos desagradables que me traía aquel lugar—. Está en la zona más antigua.
—Todavía no me has dicho por qué tu familia tiene un panteón. ¿También lo ha financiado la empresa de tu hermana?
Apreté los labios, un poco ofendida.
—Lo construyó el amante de mi bisabuela Ximena —respondí escuetamente.
—Oh. ¿Tu bisabuela tenía un amante rico?
—Rico, sí. Pero no era quien decía ser, por desgracia.
—¡Al menos, el hombre le pagó una buena tumba!
Me entraron ganas de darle un guantazo, pero me contuve. Miré con cuidado antes de cruzar a la siguiente calle, entre los nichos repletos de flores. Cada vez estaba más oscuro ahí dentro, y la lluvia estaba empezando a empaparme el pelo y la camiseta.
—Aquel hombre no era un hombre —respondí con voz seca—. O, mejor dicho, un día lo fue, pero algo se apoderó de él. Sedujo a mi bisabuela y tuvieron una hija. Ella murió dando a luz, y el bebé se quedó con su hermana. El hombre le construyó un panteón y después…
Traté de hacer memoria, buscando el camino hacia el panteón.
—¿Después, qué?
—Después secuestró a la recién nacida para un ritual siniestro.
—Mierda.
Por fin, Alistair había empezado a entender la gravedad de la situación. Me relajé un poco.
—No pasa nada. —Me encogí de hombros—. La hermana de Ximena lo mató, y ni siquiera se molestó en enterrarlo en su propio panteón. Incluso arrancaron su apellido del frontón, para que nadie lo recordase.
—Ya veo que no hay que meterse con las mujeres de tu familia.
—Eso seguro.
—Así que tu abuela creció con su tía, igual que tú. Interesante.
No dije nada más. A mí también me parecía extraño, casi como un patrón repitiéndose.
Avanzamos por las calles vacías, subiendo escalones de vez en cuando.
Las coronas de flores, ya secas, le daban al lugar un aire siniestro.
Los ángeles de mármol parecían vigilarnos con sus ojos sin pupilas.
Me esforcé por ignorar los nombres sobre las lápidas, y las fechas inscritas sobre ellas.
Todo eran vidas breves, fugaces, mucho más que la mía.
Y, aun así, a menudo sentía que la mía se me estaba escurriendo entre los dedos sin haber hecho nada valioso.
No quería ni pensar en el pánico de la experiencia humana: apenas un puñado de décadas que llenar, y tantos obstáculos para hacerlo bien.
Por fin llegamos al panteón.
Era lúgubre y magnífico a la vez. El frontón, decorado y suntuoso, solo tenía un defecto: una parte desconchada en la zona central, donde solo se veía cemento y faltaba una losa de la fachada.
La parte donde arrancaron el apellido de mi bisabuelo. Bajo esta se encontraba la frase, tal y como la recordaba:
«Omnis finis initium est.»
—Todo fin es un comienzo —tradujo Alistair del latín.
—Correcto —respondí sorprendida—. ¿Cómo lo sabes?
—Aparte de ser un bruto mercenario que aniquila demonios, también he estudiado las criaturas a las que mato, y las escrituras que hablan de ellas. Sorprendente que sepa leer, ¿verdad?
Sentí que me sonrojaba.
A lo mejor tenía algún que otro prejuicio acerca de Alistair, pero su aspecto no me lo ponía fácil.
De pronto noté que el panteón estaba abierto, con la puerta de hierro entreabierta.
Eso no me gustó nada.
Un trueno hizo retumbar el cementerio entero. El cielo estaba gris, tan oscuro que era casi de noche.
—¿Quieres entrar? —preguntó Alistair con poco entusiasmo—. Dudo que tu hermana esté ahí dentro. Este sitio está desierto y no se oye a nadie. Si vino, me temo que ya se ha marchado…
Negué con la cabeza.
Lo sentía.
Algo tiraba de mí hacia el interior del panteón.
Di un paso adelante, adentrándome en la oscuridad, y sentí que algo dentro de mí se rompía antes de entrar.
Mil recuerdos me inundaron.
El funeral de mi madre, de la mano de Flip.
Y luego… luego el siguiente.
El día en que había enterrado al amor de mi vida, consumido por una negrura que no era de este mundo. Una negrura que mi linaje había hecho caer sobre él. Una muerte que pesaría sobre mi conciencia para siempre.
Mis ojos viajaron primero hacia un discreto nicho cercano a la entrada: era pequeño, suficiente solo para una urna. Los ojos se me llenaron de lágrimas al volver a leer su nombre, casi sesenta años después:
«Filippus van der Meer,
n. 1943 (Ámsterdam, Países Bajos)
m. 1968 (Ibiza).»
—Por todos los infiernos —exclamó Alistair, reprimiendo un gesto de horror.
Giré la cabeza hacia él. Se encontraba en el extremo más alejado y oscuro del panteón.
Usé la linterna de mi móvil para iluminar la zona, y entonces la vi.
Estaba ahí, tumbada sobre la losa bajo la cual descansaban mi madre y mi tía, cada una en su ataúd.
Era mi hermana.
Lali.
Estaba inmóvil, bocarriba y prácticamente desnuda, con los cabellos desparramados sobre la piedra. Una fina sábana negra le cubría los muslos, pero el resto se encontraba a la vista.
El aire desapareció de mis pulmones, y ni siquiera pude gritar.
Caminé hacia ella despacio, paso a paso.
La piedra bajo su cuerpo estaba negra, pero no de sangre. Parecían cenizas, como si la piedra hubiera ardido. La negrura había atravesado su pecho, dejando un agujero ceniciento. Vetas negras se extendían desde el centro de su cuerpo por sus brazos, piernas y cuello.
—No… —susurré, cayendo de rodillas a su lado—. Lali…
No. No podía ser.
Sentí que algo dentro de mí se desgarraba.
Mi mano tembló cuando toqué su mejilla fría.
Al hacerlo, un flujo de energía pasó de ella hacia mí, como una corriente eléctrica.
Sentí un latido que me atravesaba, y un pulso oscuro y profundo se abrió dentro de mi pecho como un océano nocturno.
Vi cientos de recuerdos a la vez: nosotras de niñas, corriendo por la granja y riendo. Lali llorando cuando ardió la mitad de su taller, y murió una empleada. Yo llamándole para hablarle de Flip, el día de nuestro cumpleaños.
—Siempre juntas —murmuré, recordando.
—Siempre —repitió ella en mi imaginación—. Pase lo que pase.
Eulalia siempre estuvo a mi lado, incluso cuando yo no tenía nada; cuando todos los otros se fueron.
Con la mano sobre su mejilla, sentí su energía y su poder entrando en mí como un beso, hasta que el pulso de energía de Lali se apagó.
No sé cuánto tiempo estuve allí.
Pero cuando Alistair me tocó el hombro, yo ya no era la misma.
—Vanessa… —dijo, con una delicadeza poco propia de él.
Me levanté despacio.
El ruido de la lluvia fuera regresó, así como el olor a tierra mojada. Recordé el lugar donde estaba.
Escuché el sonido de unos neumáticos sobre la gravilla, a lo lejos.
—Deberíamos salir de aquí —susurró él, mirando alrededor—. Creo que viene alguien.