23
Vanessa
La carta llegó tarde. Semanas tarde.
Catalina Martínez de la Cruz había muerto, y sus hijas nunca habían llegado a conocerla.
A Vanessa no le importaba el funeral de su madre, que era una extraña para ella.
Pero sí le importaba que su hermana Eulalia tuviera que enfrentarse sola a todo aquello.
Ese fue el único motivo por el que dejó atrás su luminosa vida en La Finca de Sant Carles y regresó a Barcelona por primera vez desde su partida.
Se había marchado con la muerte de su tía Inés.
Regresaba por la de su madre.
Pensó en ese tétrico círculo con una ironía amarga: decían que la vida era movimiento y la muerte quietud… pero a ella solo la movían los funerales.
Flip se empeñó en acompañarla. El pobre, siempre tan sensible, estaba más afectado que ella.
Se pasó el trayecto hablándole de creencias budistas, como si intentara protegerla con palabras esperanzadoras.
A Vanessa le daba un poco igual dónde hubiera terminado el alma de su madre, para ser sincera.
No sentía ningún vínculo con esa mujer, a diferencia de su tía Inés.
Vanessa y Flip tomaron un barco barato hasta la península y, ya en Barcelona, subieron a un autobús que los llevó por la ciudad hasta ascender lentamente por la ladera de Montjuïc.
Compartieron un bocadillo de lechuga envuelto en papel de estraza; no les había quedado mucho dinero para restaurantes después de pagar el viaje.
Vanessa le apretó la mano con suavidad. Aquel holandés de pelo largo y ondulado se había convertido en la persona más importante de su vida en muy poco tiempo. Estaba agradecida de tenerlo a su lado.
—No estés triste, mi amor —murmuró él—. Esto es solo parte del Samsara. El ciclo del nacimiento y el renacimiento. La muerte no es el final, solo una puerta a otra vida.
—¿Otra vida? —preguntó Vanessa, distraída.
No estaba especialmente triste, ni creía en ninguna religión. Pero le gustaba escuchar a Flip. Sobre todo, le encantaba cómo hablaba, con esa calma que le daba seguridad y apagaba el ruido del mundo.
—Sí, escucha. Es muy interesante. Según el budismo, puedes renacer como cualquier cosa.
—¿Cualquier cosa? ¿También una hormiga, o un pez globo?
Flip sonrió.
—Si el karma ha sido malo, en teoría… sí. Puedes renacer como una criatura con menos privilegios.
—Entonces mi madre renacerá como sanguijuela, probablemente.
La sonrisa de Flip se apagó.
—Siento que tuvieras que crecer sin ella, pero ¿quién sabe? Quizá tuvo sus motivos para marcharse.
—Sí. Su motivo era muy claro: no le interesaba cuidar de dos niñas —respondió Vanessa con frialdad—. Prefirió dejarnos con su hermana y vivir su vida como le dio la gana.
Flip se puso todavía más triste al escuchar aquello. Le apretó la mano.
—Lo siento, Vanessa.
—No pasa nada. Me gustaba mi tía. Mucho más que esa desconocida a la que llaman mi madre. Nos crio lo mejor que supo. Al menos, ella se esforzó por nosotras.
El autobús los dejó cerca de la entrada principal del cementerio. Desde allí caminaron en silencio por avenidas empinadas, flanqueadas por panteones de piedra y esculturas cubiertas de musgo.
El panteón familiar se alzaba en la zona alta, con impresionantes vistas del mar a lo lejos. Era fácil reconocerlo: una pequeña capilla de piedra oscura, coronada por una cruz solar tallada, y bajo ella una frase grabada:
« Omnis finis initium est .»
Todo fin es un comienzo.
Irónico. Hacía aproximadamente un año que habían enterrado allí a su tía Inés. Aquel día Vanessa había llorado sin consuelo.
Hoy, en cambio, no sentía nada.
Solo vacío. Indiferencia. Ganas de que todo terminara cuanto antes.
El sacerdote apareció por detrás. Era un hombre mayor, de rostro cansado, con sotana negra gastada por el tiempo.
Eulalia lo seguía y alzó la mano para saludarlos. Nunca había visto a Flip en persona hasta ese día. Le hizo un gesto a su gemela con la barbilla, dando a entender que habría un momento mejor que este para las presentaciones.
—Gracias por venir —dijo el párroco con voz grave—. Vuestra madre…
Eulalia tomó aire antes de hablar.
—No la consideramos nuestra madre —replicó con voz seca.
—Entiendo, entiendo… sois unas buenas cristianas, os preocupáis de que tenga una sepultura digna…
Eulalia y Vanessa se miraron.
Las dos hermanas eran muchas cosas. Buenas cristianas desde luego que no. Pero su tía Inés les había enseñado a guardar bien las apariencias.
—Veréis, hay algo que me gustaría deciros…
—dijo el párroco, dudando al elegir sus palabras—.
Quienes la encontraron… dijeron que estaba muy pálida.
Demasiado pálida. Las venas estaban oscuras y se transparentaban bajo la piel, como si estuvieran llenas de tinta.
—Tragó saliva y se santiguó—. Y en el centro del pecho tenía una mancha.
Como un agujero que se extendía hacia los dedos.
Nadie pudo cubrirlo con maquillaje, por eso…
por eso el ataúd cerrado. Espero que lo entendáis.
—No hay problema —respondió Eulalia sin emoción en la voz.
—Bien, bien… pero ¿sabéis? Las venas estaban negras, pero no tenía sangre —añadió el sacerdote—. Como si algo… la hubiera vaciado por dentro.
—Terrible —sollozó Flip, que era el único que parecía afectado por el truculento relato del cura.
—Lo es, joven —respondió el cura, y luego se volvió hacia las hermanas—. Por cierto, poco antes de morir, vuestra madre… Catalina vino a verme. Me dejó una carta para vosotras.
La extendió, pero Vanessa no la tomó.
Eulalia sí, aunque la guardó sin abrirla.
El sacerdote las miró con gravedad. Luego se giró hacia Flip.
—¿Puedo hablar delante de él?
El cura sabía algunas cosas de la familia De la Cruz, custodiadas bajo secreto de confesión. No se lo habían contado todo, obviamente, pero sí lo suficiente para que no se extrañase cuando sucedía algo fuera de lo común.
—Hable —dijo Vanessa.
Él asintió y fijó la vista en el suelo.
—Ya sabéis que vuestra familia arrastra una antigua sombra. Las mujeres Martínez de la Cruz… sois distintas. Hay algo diferente… oscuro… algo en vuestra sangre.
Flip frunció el ceño y se giró hacia Vanessa.
—Te lo explicaré después —susurró Vanessa en su oído.
—Espero que esa carta os ayude a entender mejor a vuestra madre —continuó el cura—. Y que su maldición no os toque también a vosotras.
Las hermanas se miraron, y Flip apretó más fuerte la mano de Vanessa.
—No sé de qué está hablando, pero ningún mal del mundo podrá tocarte —dijo firmemente—. No mientras yo esté aquí.
Las dos hermanas lo miraron. Vanessa, con ternura al presenciar tanta inocencia. Eulalia, con desprecio. Ella solo veía un simple mortal soñando con poderes que no tenía.
Tras el breve servicio, el párroco se despidió, Eulalia cerró la puerta del sepulcro y todos echaron a andar cuesta abajo, cada uno con sus pensamientos.
Eulalia iba la primera, a pocos pasos del cura. Vanessa y Flip la siguieron, apartados unos pasos por detrás.
Mientras dejaban atrás a su madre, Vanessa sintió algo raro en Flip.
Este se revolvió y se frotó la espalda, justo donde estaba su tatuaje de mariposa.
Vanessa sintió que el suyo le picaba, pero no solo eso.
Sintió unos ojos fijos en su nuca. Se dio la vuelta, pero no vio nada, así que siguió caminando.
De pronto, el sacerdote, que iba por delante, se detuvo en seco. Esperó a que se acercaran. Observaba a Flip, preocupado.
—No debería haber venido —le dijo a Vanessa, negando con la cabeza—. Él no es como vosotras, y ese panteón está maldito. Y él ni siquiera tiene la protección de Nuestro Señor, a diferencia de mí…
—No se preocupe, padre. De todos modos, no creo en su Dios —respondió Flip con una leve sonrisa.
—Ese es el problema, hijo. No importa a quién invoques… pero si caminas junto a la gente equivocada, necesitarás la ayuda de la luz para salir de la oscuridad.
Aquella frase ominosa se quedó colgada en el aire, entre los cipreses.
Luego el sacerdote siguió su camino, dejándolos solos a los tres.
Eulalia, firme como siempre.
Vanessa, esforzándose por no sentir nada y por desterrar el miedo que la atenazaba al pensar en el cadáver de su madre, ennegrecido por dentro. El cadáver que parecía mirarla desde el panteón, aunque aquello fuera imposible.
Flip se agachó a leer el nombre de una lápida, y Vanessa aprovechó para acercarse a su hermana.
Una duda se la comía por dentro, pero no quería decirlo delante de su amado.
—Lali… ¿Tú crees que yo soy como ella? —le susurró a su hermana.
Eulalia la miró con el ceño fruncido.
—¿Por qué me preguntas eso?
—Algo me dice que lo soy.
—No —respondió Eulalia sin dudar—. Seguro que no te pareces en nada.
—Ni siquiera la conociste. ¿Y si acabo igual?
—Tú no eres de las que abandonan a quien te necesita. Así que no puedes ser como ella.
—No lo sé, Lali…
—Yo sí. —Le tomó la mano—. Eres mi mitad. Y siempre lo serás. Si la oscuridad viene por ti… tendrá que pasar por mí primero.
Se abrazaron como cuando eran niñas.
Flip las vio y se alejó un poco más, dejándolas solas en ese momento. Después de todo, le quedaba toda una vida por delante junto a Vanessa, mientras que su hermana vivía lejos, y apenas se veían.
Quién iba a decirles que habría sido mejor que se uniera a ese abrazo. Quizá, por no haberlo hecho, los tentáculos de la oscuridad lo devoraron a destiempo.
Nadie supo jamás por qué, ni qué aflicción oscura se apoderó de Flip en el panteón de la familia De la Cruz.
Pero seis meses después, Flip también estaría muerto.