22
Vanessa
El ferry llegó a Barcelona al caer la tarde.
El cielo estaba gris plomizo, sin sol, pero el calor de junio apretaba igualmente cuando el barco atracó en el puerto.
Habíamos dormido poco, o nada. Mi único desayuno (o almuerzo) había sido un refresco y unas patatas fritas de la máquina expendedora.
Ni siquiera recordaba haber comido; solo estar apoyada en la barandilla del ferry, mirando un mar sin fin, con una lata vacía en la mano, de un sabor que ni siquiera me gustaba.
Cuando anunciaron que podíamos salir, bajamos a por el coche en silencio, como una manada de animales adormecidos.
Alistair condujo el Land Rover entre lentas filas de camiones y vehículos deseosos por salir del puerto.
Yo me quedé mirando la zona industrial, los contenedores, las grúas inmensas recortadas contra el cielo, intentando ignorar la presión que crecía dentro de mi pecho desde hacía horas.
Barcelona siempre me había parecido un lugar lleno de vida, pero aquella mañana la sensación era distinta.
La ciudad parecía en tensión, conteniendo la respiración, igual que yo.
Salimos del puerto, aún sin hablar.
Yo estaba demasiado preocupada. Alistair estaba tan huraño como siempre.
—¿Dirección? —preguntó.
Se la di y no dijo nada durante unos segundos. Solo la introdujo en el GPS, y al ver la calle en el mapa soltó un silbido de apreciación.
—Una zona muy pija —comentó—. A tu hermana debe de irle bien.
—Tiene éxito en los negocios, sí —respondí, un poco a la defensiva—. Siempre lo ha tenido. Pero nadie le ha regalado nada. Lali ha construido sola todo lo que tiene.
—Sí, ya veo que la admiras mucho —dijo él.
—Pues sí. Ella y yo somos dos mitades de la misma cosa… pero ella es la mitad responsable. La que hace las cosas bien. La que no se mete en problemas.
—¿Y tú? —preguntó, con la vista al frente.
Sacudí la cabeza, cansada.
—A mí me tocó la otra mitad. La mala, supongo.
Alistair siguió serio. Puso el intermitente. Adelantó a un taxi que recogía pasajeros.
—A mí no me parece que te vaya mal —dijo, sin mirarme.
Solté algo entre una risa y un bufido.
—No, supongo que no. Ahora tengo la tienda. He sentado la cabeza, más o menos. Pero Lali… ella siempre encuentra el camino correcto a la primera. —Miré por la ventana y suspiré—. Yo, en cambio, solo encuentro líos.
—Bienvenida al club —respondió Alistair con voz seca.
Pestañeé, sorprendida. ¿Era empatía eso que sentía en el aire? Casi sonreí.
—Creo que la falta de sueño te está afectando, cazador —comenté.
—Creo que el exceso de zumo de piña tampoco te ha ido muy bien a ti.
Esta vez sí tuve que sonreír. Durante un milisegundo, el silencio entre nosotros dejó de ser incómodo.
¡Una broma proveniente de Alistair Vilmoor!
Ahora sí que lo había visto todo.
Siguió las indicaciones del GPS durante una media hora hasta llegar al edificio de Eulalia: un precioso edificio clásico de más de cien años, en la “milla de oro” barcelonesa.
—Es aquí —le indiqué.
Alistair observó la calle, sin un solo hueco para aparcar.
—¿Y qué esperas que haga con el coche? ¿Me lo como?
—Hay un parking un poco más adelante —respondí, ignorando su típico sarcasmo.
Dejamos el gigantesco Land Rover en un aparcamiento subterráneo antiguo, con los huecos tan pequeños que, por un instante, pensé que nunca más podríamos sacarlo de ahí.
Después caminamos a toda prisa de vuelta al edificio de Lali. Llamé a su puerta, pero no contestó. Tampoco me extrañó. Era más que posible que estuviera en el trabajo.
—Llamaré a Doña Rosa —dije—. La vecina de abajo.
Doña Rosa llevaba sesenta años viviendo allí. Era la persona de confianza de Eulalia, y guardaba una copia de sus llaves. Respondió al primer timbrazo, y me abrió por el videoportero.
Al subir, nos recibió con blusa blanca de seda y un collar de perlas. A sus ochenta años (más joven que yo, por cierto) se conservaba estupenda para ser humana; una auténtica dama chapada a la antigua.
—¡Dolores, niña! —me saludó, abrazándome—. ¡Cuánto tiempo sin verte! Estás divina… el tiempo no pasa por ti. Un día tenéis que contarme vuestro secreto, tu hermana y tú…
La abracé con cariño, agradecida por su fidelidad y discreción.
Alistair alzó una ceja al escuchar que la señora me llamaba por mi antiguo nombre, pero no dijo nada.
—Rosa, estoy buscando a mi hermana —dije, intentando no preocuparla—. Llevo llamándola desde ayer y tiene el teléfono apagado. ¿La has visto últimamente?
Se quedó pensativa, apoyada en su bastón con el pomo dorado, en forma de cabeza de pájaro.
—Pues, ahora que lo dices, hace un par de días que no la oigo… A veces se me olvida ponerme los audífonos, ¿sabes? Pero la chica que va a limpiar a su casa estuvo ayer o anteayer, no lo recuerdo bien. Me la encontré en el ascensor.
—¿Podrías dejarme las llaves y echo un vistazo?
—Claro, cariño. Dame un momentito y las busco.
Doña Rosa me entregó las llaves, y subimos a pie al último piso. Abrí con cuidado la ancha puerta de madera oscura, que dio paso a un recibidor de mármol negro decorado con un piano y grandes espejos dorados.
—¿Qué carajo…? —exclamó Alistair, negando con incredulidad ante tanto lujo.
—Sí, ya te dije que a Eulalia le va bastante bien…
Alistair chasqueó la lengua, impresionado.
A decir verdad, era muy distinto de mi casa en Ibiza.
Pasamos al salón, del tamaño de mi casa entera en Es Canar y con los techos el doble de altos. Todo estaba limpio y ordenado, como siempre, pero no había ni rastro de mi hermana.
—Voy a echar un vistazo al dormitorio y al despacho —dije.
Al entrar en el dormitorio, la cama estaba hecha, sin una sola arruga en las almohadas o las sábanas.
Había sábanas limpias, recién cambiadas y nunca usadas.
Si la chica de la limpieza había ido un par de días atrás, aquello demostraba que Eulalia no había dormido allí la noche anterior.
¿O quizá fueran más días? Era imposible saberlo. Pero era raro.
El despacho también estaba impoluto, sin un solo papel sobre la mesa. Era la antítesis del mío, si es que una mesa de cocina repleta de telas, libretas y tazas sucias podía llamarse un “despacho”, claro.
Registré rápidamente los cajones y encontré la llave extra de su oficina en el taller de Sabadell. Me la metí en el bolsillo del pantalón y fui a buscar a Alistair.
Lo encontré asomado al balcón, pequeño pero precioso, decorado con barandillas de hierro forjado llenas de florituras.
Observaba embelesado la terraza del hotel vecino, otro edificio emblemático con fachada blanca de estilo parisino.
Los huéspedes disfrutaban tomando café bajo sombrillas y pérgolas, y algunos se refrescaban alegremente en la piscina de la azotea.
—Alucinante —murmuró al oírme llegar—. Míralos. Viven en vitrinas de cristal, y mientras, otros limpiamos la mierda que se arrastra por las profundidades…
—Nos vamos —dije, ignorando su comentario filosófico—. Mi hermana no está aquí.
Asintió.
—¿Alguna idea de dónde puede estar?
—Sí. Seguramente estará en la fábrica.
—Bien.
Era curioso. Alistair podía ser un auténtico cascarrabias, pero no se había quejado ni una sola vez de mis ideas desde que salimos de Ibiza.
Empezaba a gustarme su manera de acatar órdenes sin preguntar. Podría acostumbrarme a eso.
Dejamos atrás el centro de Barcelona y nos encaminamos hacia los polígonos de las afueras.
La fábrica de Eulalia se encontraba en una zona industrial de naves bajas y calles anchas.
Había cambiado mucho desde sus inicios; hoy en día, la fábrica era un edificio cúbico y moderno con oficinas de cristal arriba.
Sobre la fachada, el logotipo familiar adornaba el enorme cartel metálico: Hiladuras Martínez de la Cruz, est. 1925.
Nada más bajar del coche nos recibió el traqueteo de docenas de máquinas de coser industriales en la planta baja. Olía a tela planchada, y el calor, unido al fortísimo ruido, era casi asfixiante en verano.
Al entrar, algunos de los trabajadores me saludaron; solo los que llevaban más tiempo. Hacía mucho que no pasaba por allí, y había muchas caras nuevas.
Subimos por una escalera metálica, entre rollos de tejidos descartados y bobinas a medio terminar.
Arriba, el pasillo de oficinas acristaladas terminaba en el despacho de Eulalia, precedido por el de su secretaria.
En las paredes del pasillo colgaban fotos antiguas enmarcadas.
Sonreí con tristeza al ver una imagen en blanco y negro en la que aparecíamos mi hermana, mi tía Inés y yo.
Alistair se detuvo a mi lado, escrutándola sin decir nada.
—¿Tu madre? —preguntó.
—Mi tía —lo corregí—. Nunca conocí a mi madre.
Soltó un gruñido.
—Mejor eso que tener un mal recuerdo de ella —dijo, con un tono que parecía ocultar detrás una historia lúgubre.
—No sabría qué decirte —respondí.
—Créeme. Es mejor.
Se giró hacia una foto moderna, en la que aparecía mi hermana al frente de todos sus trabajadores.
Aunque físicamente éramos iguales, su estilo era completamente diferente del mío.
Eulalia llevaba el pelo liso, cortado en una melena recta por debajo de la oreja.
Se lo teñía de castaño, disimulando los mechones violetas.
Además, solía vestir con traje de falda y chaqueta, y zapatos de salón.
Éramos gemelas, sí. Pero no podríamos haber sido más distintas.
Me acerqué al despacho de su secretaria y llamé a la puerta.
—Pase —dijo Nuria, y al verme su cara se iluminó—. ¡Vanessa! ¿Qué te trae por aquí?
—Mi hermana. No la encuentro por ninguna parte. ¿Sabes dónde puede estar?
La sonrisa se esfumó igual que había aparecido. La secretaria se empujó contra la mesa, haciendo rodar su silla hacia atrás para verme mejor.
—Pues ahora que lo dices, yo también me lo estaba preguntando. No ha venido a la fábrica desde el lunes. Salió para ir a un entierro y no volvió más.
—¿Un entierro? ¿De quién?
—Un suceso bastante trágico, la verdad. Según me contó, era un conocido suyo de la infancia. Accidente deportivo. Terrible.
¿Un conocido de la infancia?
Todos nuestros conocidos de la infancia llevaban décadas bajo tierra. Aquello no tenía ningún sentido.
—¿Te dijo el nombre?
Nuria mordió un bolígrafo, haciéndolo rodar entre sus uñas de color rojo sangre.
—¿Xavier, podría ser? ¿Te suena?
El nombre era relativamente común, pero mi mente viajó de inmediato hacia la peor opción posible.
Xavier, el hermano de Faria, sin duda no había muerto en ningún accidente deportivo, al menos no en los últimos días, y no podía ser amigo de infancia de mi hermana por motivos obvios.
Miré a Nuria, esperando algún dato más, pero esta no añadió nada.
—¿Te importa si entro un momento a su oficina? —le dije.
—En absoluto. Pasa. Ya he mirado su calendario y no tenía ningún viaje. Y sabes que Eulalia no suele olvidarse de apuntar nada.
Como siempre, me recibió una mesa pulcra sobre la que descansaba su ordenador portátil, un bote con estilográficas caras y su agenda anual, encuadernada en cuero granate.
Hojeé la agenda, pero no había nada para ese día. Aparte de sus típicas reuniones de trabajo, no encontré nada de interés, ni el nombre de ningún Xavier.
Estaba a punto de marcharme cuando noté algo extraño en la papelera: una rosa medio marchita, de un tono rojo tan oscuro que parecía negra. Me agaché y, entre los papeles, encontré un sobre doblado por la mitad. En él, una nota:
«Querida Eulalia, te espero donde todo termina y todo comienza. La noche de San Juan, a las doce en punto.
Con cariño, X.»
Sentí un escalofrío.
No había duda. Era una nota de Xavier.
La invitaba a verse en alguna parte. Pero, ¿dónde?
¿Y qué interés tenía mi hermana por presentarse a la cita?
Xavier no era el tipo de hombre que le habría gustado a mi hermana.
Es más, ningún hombre lo era. En todos los años que la conocía, nunca la había visto con ninguno.
A ella, esas cosas simplemente no le interesaban.
O quizá le interesaban, pero se esforzaba por mantenerlas fuera de su mente.
—¿Cartas de amor? —preguntó Alistair, leyendo por encima de mi hombro.
Sacudí la cabeza y volví a leerlo.
Donde todo termina y todo comienza…
La frase me sonaba. La había visto en alguna parte.
Alcé el rostro de golpe.
¡Lo recordaba!
Sabía exactamente dónde estaba inscrita.
—Ya sé a dónde ha ido —exclamé, dejando caer la carta sobre el escritorio—. Y peor aún, creo que también sé con quién.