Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 21
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Vanessa

La Finca. Cerca de Sant Carles de Peralta.

Un tocadiscos portátil giraba sobre una mesa coja, alimentado por una batería robada.

Sonaban los Rolling Stones en un vinilo rayado.

Cada pocos minutos, la aguja se quedaba atrapada en el mismo verso y alguien tenía que levantarse a moverla con un dedo.

Una chica reía, sin importarle el polvo y el calor.

Otra cantaba. Alguien discutía en inglés sobre el sentido del universo, como si tuviera la verdad absoluta.

Todos parecían felices, ajenos a la realidad, bastante distinta, del resto del país.

Dolores Martínez de la Cruz estaba sentada en el suelo, cosiendo.

Le encantaba coser. Le recordaba a su tía Inés, que en paz descansara.

Inés había vivido mucho, pero ni siquiera ellas, con su sangre diferente , eran eternas. La muerte de la matriarca había llevado a Dolores a Ibiza, en busca de cambios; en busca de un lugar más colorido que la aldea catalana donde había crecido, observada por todos con suspicacia.

Con su billete, solo de ida, había terminado en una casa medio abandonada, tomada por una docena de almas libres y errantes que la llamaban La Finca de Sant Carles.

Eran gente dispar y de todas las nacionalidades, que no juzgaba a nadie por nada: había alemanes, franceses, holandeses y británicos.

Algún americano. Españoles también, por supuesto.

Se entendían como podían. Siempre lo conseguían, sorprendentemente.

El lenguaje del amor era universal, y si no, siempre les quedaba la música.

Y la libertad.

Las puertas de la vieja casa encalada siempre estaban abiertas, y el reloj era solo orientativo.

En verano, solo existía el polvo de la tierra rojiza y el olor a higos calientes recién caídos del árbol.

Muchas ventanas no tenían cristales, pero no pasaba nada.

Era una buena excusa para cubrirlas con telas de colores y carteles hechos a mano que reivindicaban la paz en el mundo.

Era una existencia agradable y relajada.

Dolores ya no llevaba vestidos sobrios y discretos como los que usaban en casa, en la granja.

Ahora iba siempre descalza, con los tobillos llenos de pulseras de cuentas. Se había dejado el pelo suelto y le caía hasta la cintura. Allí nadie preguntaba por qué tenía mechones de color violeta. Ni siquiera era la única.

—Vanessa —dijo Flip desde la puerta, sonriendo con la guitarra en mano—. ¿Te vienes a la playa?

Su nombre real era Filippus, pero nadie lo llamaba así. En La Finca pocos usaban su nombre completo.

Ella misma se había presentado como Vanessa, con el nombre de aquella mariposa que la fascinaba de niña.

A nadie le extrañó. Es más: en La Finca había otra Vanessa, aunque aquella era Vanessa Schmidt.

Ella se había convertido en Vanessa Cross . Porque ser Dolores Martínez de la Cruz rompía el ambiente mágico. Y, además, era impronunciable para sus nuevos amigos. Tuvo que improvisar un poco.

Y, de todos modos, nunca le había gustado su nombre.

Flip era alto, de piel tostada y ojos claros y melancólicos.

Vanessa le decía que sus ojos eran espejo de toda el agua que llevaba dentro.

El agua del alma de Flip, como un mar en calma, apagaba el fuego excesivo que siempre consumía a Vanessa.

Nada en su relación hacía pensar que, a veces, un incendio muy grande puede evaporar el agua de lagos enteros.

Flip hablaba poco, pero cuando lo hacía, se notaba que pasaba mucho tiempo estudiando a los filósofos orientales.

Se habían conocido en un mercadillo callejero, donde ella vendía ropa cosida a mano sobre una manta en el suelo.

Él vendía collares, o tocaba su guitarra a cambio de unas monedas.

Un día, sus paradas coincidieron una al lado de la otra, y empezaron a hablar.

Antes de marcharse, Flip le compró a Vanessa un chaleco bordado, que llevaba puesto a menudo.

Tenía un símbolo de eternidad, que Vanessa interpretó como una señal del destino.

Esa tarde, muchas semanas después, Vanessa y Flip salieron de La Finca cogidos de la mano, con las piedras y la hierba seca pinchándoles las plantas de los pies.

Con el tiempo se habían acostumbrado, y eran solo cosquillas.

Casi un masaje. Sí, se les ponían los talones negros, pero eso no le importaba absolutamente a nadie en un lugar así.

El cielo ardía sobre el mar lejano. Algunos bailaban alrededor de una pequeña hoguera improvisada.

Otros fumaban cigarrillos dudosos liados a mano, tumbados sobre mantas de rayas.

Una chica pintaba piedras, convirtiéndolas en mariquitas.

Un chico tocaba un tambor con los ojos cerrados, moviendo la cabeza al compás.

Eran su tribu.

Su gente.

Cada vez que los miraba, Vanessa sentía que jamás se iría de allí.

Flip se alejó un poco de los otros y extendió su manta arcoíris en la arena pedregosa. Se sentó sobre ella y le tendió la mano a Vanessa, para ayudarla a ponerse a su lado.

Luego cogió la guitarra y empezó a tocar unas notas suaves y exóticas. A Vanessa le encantaba todo lo que él hacía. Era tan diferente de todo lo que había experimentado hasta entonces…

Ojalá hubiera sabido que un mundo así existía, en vez de perder una década tras otra en aquella granja olvidada.

Pero daba igual. Ahora estaba allí, en La Finca, y todo era perfecto.

—Feliz cumpleaños, mi amor —dijo Flip.

Vanessa se sorprendió.

¡Se acordaba!

Pocos en La Finca sabían siquiera qué día era. Los calendarios se usaban poco, y la mayoría no recordaba ni su propio cumpleaños.

Pero Flip se acordaba del suyo.

Claro que no sabía cuántos años cumplía. Eso no pensaba decírselo.

Sabine, la alemana llena de pecas, se acercó con una sonrisa traviesa.

—Lottie está haciendo tatuajes en el cobertizo. ¿Os apuntáis?

Flip y Vanessa se miraron y rieron.

—¡Qué locura! —dijo ella—. ¿Pero… sabe hacerlos?

—Parece que sí —rio Sabine—. Ya se lo han hecho casi todos.

—Yo… no se me ocurre qué hacerme —respondió Flip, sorprendido.

Vanessa lo tomó de la mano.

Le gustaba la idea de aquella aventura.

—Vamos. No hace falta que te hagas ninguno. Pero acompáñame a ver qué están haciendo.

Flip, en otra vida, había estudiado para ser ingeniero.

Pero esa era una vida triste y gris, y su Amsterdam natal era también triste y gris, comparada con Ibiza.

Sin embargo, los residuos de aquella vida seria y formal a veces salían a la superficie.

Vanessa sabía que su miedo al cambio era uno de esos residuos, y lo respetaba.

De entre toda la gente de La Finca, Flip era probablemente el más cabal y pausado.

Pero eso estaba bien. Alguien debía serlo.

En un pequeño cobertizo, Lottie y Sabine habían instalado un espejo roto y una mesa de madera. Sobre ella se veían agujas, tinta y alcohol para desinfectar.

—A mí me ha hecho el símbolo de la paz —dijo Sabine, mostrándoles su antebrazo—. ¿Os gusta?

Vanessa observó el símbolo circular trazado en negro y dividido en tres segmentos. Le gustaba, sí. Pero no era lo que quería. No. Tenía muy claro lo que iba a hacerse.

Se quitó la camisa y se tumbó en la mesa vieja. Flip la observaba intrigado.

—Una mariposa —dijo.

Quería una vanessa: la mariposa libre y colorida con la que soñaba en su infancia. ¿Qué mejor símbolo para despedirse de Dolores, su antiguo yo, y marcarse para siempre como Vanessa?

Lottie esbozó su idea en un papel, y Vanessa asintió.

—Es perfecta. Justo así.

—¿Así de grande?

—Está bien.

—¿Estás segura, verdad? —preguntó la chica alemana, con la ceja alzada—. ¡Esto es para siempre!

Vanessa asintió.

Quería ser quien sentía dentro, y no quien le habían dicho que era. Le parecía bien que su mariposa fuera para siempre. No esperaba menos.

La aguja ardió sobre su piel, pero no se quejó ni una vez. El tiempo pasó lento, y Dolores sintió que se iba transformando en Vanessa, en una dolorosa metamorfosis simbólica.

Dolores – Vanessa pensó que estaba bien que doliera. «El dolor es solo un umbral; el precio de cruzar hacia algo mejor.»

Era una buena frase. Un buen pensamiento.

Le ayudó a soportar el dolor.

Cuando Lottie terminó, el omóplato le dolía como si estuviera en llamas.

—¡Un espejo! —pidió.

Se miró la espalda, satisfecha. Estaba roja e inflamada, pero ya se vislumbraba lo que sería.

—Me encanta.

Las chicas aplaudieron, contentas.

—¿Siguiente? —gritó Lottie, pero no entró nadie.

Vanessa se giró hacia Flip.

—¿Volvemos a la playa?

Flip negó con la cabeza.

—No. Yo también quiero uno. —Se dirigió a Lottie con aquella sonrisa encantadora que tenía—. Quiero una mariposa exactamente igual que la suya.

Vanessa se quedó de piedra. Aquello era la prueba: Flip era su alma gemela. Y ahora, todos lo sabrían. Tendrían tatuajes iguales. Verían todas las puestas de sol juntos.

Nada, nunca, podría separarlos.

Cuando Lottie terminó el tatuaje de Flip no regresaron a la playa. En vez de eso, caminaron lentamente hacia el pueblo, en busca de algo para la cena.

—Ahora somos uno, mariposa mía —le dijo Flip, y la besó.

Las cuentas que llevaban en torno al cuello tintinearon. Vanessa fantaseó con el momento en que llegarían de nuevo a la casa y haría el amor con Flip, sin importarle que los oyeran los vecinos.

Perfecto. Todo era perfecto.

Por el camino se encontraron una cabina, y Vanessa pensó en la única persona a la que le apetecía contarle lo de su nuevo tatuaje.

Sus. Nuevos. Tatuajes.

—Dame un momento. Aprovecharé para llamar a mi hermana.

Vanessa abrió la puerta acristalada de metal gris claro. Dentro hacía calor; el pequeño espacio se había caldeado tras estar al sol durante todo el día, y se había convertido en una sauna en miniatura.

—¿Entras conmigo? —dijo Vanessa.

Flip negó.

—No, es bueno que tengáis vuestro momento a solas. Te espero aquí fuera.

Flip era así.

Nunca celoso. Nunca estresado.

La amaba sin exigir nada y sin temer nada.