20
Vanessa
Alistair me acompañó a casa con su coche. Necesitaba recoger algunas cosas antes de partir. No había encontrado ningún vuelo de última hora, y el próximo ferry para el que conseguí billetes partía poco antes del amanecer.
En el suelo de la parte trasera me pareció ver un cuchillo enorme de cocina y un martillo de carpintero que no habían estado ahí antes. Me pregunté qué narices pensaba hacer con eso.
—¿De dónde has sacado las herramientas? —le pregunté a Alistair.
—Cortesía del angelito australiano.
—¿Vas a picar zanahorias y luego colgar un cuadro?
—Por ejemplo —contestó con tono huraño.
Aparcó frente a mi casa, justo delante de la puerta que daba al pequeño jardín algo descuidado.
—Entra y échate una siesta —me dijo Alistair con voz ronca—. Yo te espero aquí.
Habíamos dejado a Svein en el Serenata, a cargo de Selena. Alistair afirmaba no necesitar nada de su hotel, y yo decidí no entrometerme en sus asuntos.
—No, no podría dormir ahora —dije—. Estoy demasiado nerviosa.
Entré y busqué un cargador. Mina me había prestado su teléfono, y Garrett le dio el suyo a Alistair.
Era un ángel, después de todo. Puse los ojos en blanco al pensarlo, pero era cierto.
Era siempre tan insoportablemente magnánimo, generoso, y todas esas cosas que se suponía que eran los ángeles siempre… y nunca los demonios.
Me refresqué en el baño, me quité el conjunto negro de la secta y lo lancé en el cubo de la basura.
No pensaba volver a ponerme eso nunca más.
Luego me puse unos pantalones negros ajustados con una camiseta oscura procedente de Hiladuras Martínez de la Cruz.
Llevaba un símbolo de protección en la espalda, como la mayoría de las cosas que me cosía mi hermana.
Me dije que me vendría bien la suerte extra.
«Lali está bien», me repetía sin parar mientras metía cosas a toda prisa en una mochila.
Pero no me lo creía.
Cuando salí, Alistair tenía la cabeza apoyada en el asiento y los ojos entrecerrados, como si meditara.
Debía de estar agotado, aunque no se había quejado ni una sola vez. Para colmo, Svein le había perdido su espada en el bosque. Tampoco dijo nada de eso, para mi sorpresa. A lo mejor no era un idiota integral, después de todo.
Salí con mi mochila y subí al coche.
—Entonces, ¿a dónde? —preguntó Alistair, disimulando un bostezo—. ¿Quieres ir a comer algo para hacer tiempo?
—No. Vamos al puerto, podemos esperar allí. Ya se nos ha escapado el ferry nocturno a Barcelona y ahora habrá que esperar al del amanecer. Si perdemos también este, me va a dar algo.
—Es imposible que lo perdamos. Faltan más de tres horas.
—No importa. Necesito moverme. Hacer algo. —Lo miré a los ojos, y por primera vez vi algo remotamente amable en ellos—. Mi hermana no coge el teléfono. Me preocupa.
Alistair no dijo nada, pero sostuvo mi mirada y asintió.
—¿Seguro que no quieres echar una cabezada en el asiento de atrás?
—No tengo sueño.
—Bien, ¿entonces?
—Al puerto. —Suspiré—. No necesito nada más.
Exhaló, haciendo acopio de paciencia.
—Bien. Se me ocurre un sitio. Vamos.
Condujo despacio hacia Ibiza ciudad. El trayecto no era muy largo, pero a mí se me hizo eterno. Una vez allí, dejó el coche abajo, en la avenida, cerca de la muralla. Después apagó el motor y se quedó inmóvil.
Durante un instante solo se escuchó el leve tic-tic del capó enfriándose.
Me eché hacia atrás en el asiento. Al menos estábamos allí, cerca del ferry, y eso calmaba un poco mi ansiedad.
Saqué el móvil de la mochila, dispuesta a esperar dos horas más allí mismo. Pero Alistair dio una palmada con ambas manos sobre el volante y me miró.
—Vamos —dijo, abriendo su puerta.
—¿A dónde? —pregunté extrañada.
Señaló hacia arriba, donde la zona de Dalt Vila se alzaba sobre la costa.
—¿Un paseo? —pregunté sin ganas—. ¿Ahora?
—¿Prefieres quedarte en el coche dos horas?
Miré hacia arriba, hacia la muralla iluminada.
Seguramente era un lugar tan malo para esperar como cualquier otro.
—Está bien —dije con resignación.
Bajamos del coche y nos dirigimos al acceso a Dalt Vila, que a esa hora estaba prácticamente desierto. Cruzamos el puente levadizo, que estaba bajado, y entramos por el Portal de ses Taules, de piedra maciza con el escudo de la corona de Aragón tallado en el centro.
Alistair caminaba delante de mí.
Yo pasé después de él, y al atravesar esa puerta, tuve la sensación de cruzar una frontera invisible: abajo quedaba el ruido del puerto, el mundo lleno de horrores sobrenaturales y la preocupación por Eulalia.
Pero aquí arriba solo había silencio, muros antiguos y focos amarillentos que creaban sombras sobre las piedras tranquilas.
Traté de no pensar en lo absurdo que era estar allí, en un camino que en unas horas estaría plagado de turistas, acompañada por un cazador que odiaba a los de mi especie.
Aliados temporales por azares del destino. ¿Quién iba a imaginarlo tan solo unos días antes?
Mi tía Inés se habría revuelto en su tumba de haberme visto, pero en ese momento me daba igual.
Solo quería volver a ver a Eulalia. Saber que estaba bien. Habría caminado junto al mismísimo Umbrael’Zathar si hubiera servido para garantizar que se encontraba sana y salva.
Subimos por calles empedradas, en pendiente irregular. A ambos lados se alzaban fachadas blancas, con las contraventanas cerradas y balcones de hierro negro llenos de plantas.
Obviamente, había muy pocos turistas a esa hora, y se oían poquísimas voces. Solo el sonido de nuestros pasos y el tráfico más abajo.
Subimos sin hablar, cada uno inmerso en sus pensamientos.
Alistair caminaba unos pasos por delante.
No me miraba, pero noté que iba pendiente de mi ritmo.
Si yo me detenía, él lo hacía también, sin girarse.
Cuando tropecé con una piedra suelta, su mano apareció un segundo junto a mi brazo, aunque no llegó a tocarme.
Luego desapareció rápidamente, como si nunca hubiera estado ahí.
Seguimos ascendiendo hasta que, de pronto, el espacio se abrió. El Baluarte de Santa Lucía surgió ante nosotros como un bloque altísimo de piedra vigilando el mar. Era una amplia plataforma de piedra, bordeada por muralla baja. Más allá, se extendía la oscuridad nocturna del Mediterráneo.
Me acerqué a la barandilla y me apoyé en ella.
Abajo, el puerto de Ibiza brillaba con sus luces sobre el agua oscura.
Muy lejos, apenas un eco, llegaba la música difusa de las hogueras de San Juan en la playa. Pero era tan distante que parecía venir de otro mundo.
Allí arriba solo estábamos nosotros.
El viento me echó el pelo hacia atrás. Lo noté húmedo y enredado. Extendí las palmas sobre las piedras de la muralla, que aún conservaban el calor del día.
Un gato cruzó corriendo junto a mí, como una sombra, y di un respingo.
—¿Todo bien? —preguntó Alistair.
Asentí, aunque no era verdad.
—Todo perfecto.
—Pues no lo parece.
—Solo estoy preocupada —dije, y su rostro se ensombreció, así que terminé la frase con lo primero que me pasó por la cabeza—. Por mi tienda.
—¿Preocupada por tu tienda? —dijo, mirándome como si estuviera loca—. ¿En serio?
—Me preocupa quién se encargará de todo mientras yo no esté.
—¿Es que no tienes ningún ayudante? ¿Trabajas siempre sola, o qué?
— Sobrevivo siempre sola —lo corregí.
No respondió, pero algo en sus ojos me dijo que se reconocía en esa frase.
—Mira —dijo con una exhalación—. A lo mejor parezco un salvaje con espada, pero hasta yo puedo ver que no es la tienda lo que te tortura. Y me gustaría decirte que cuando lleguemos tu hermana estará bien, pero no soy bueno mintiendo —respondió con voz ronca.
Se me escapó media sonrisa amarga ante su intento, algo torpe e inesperado, de ser amable.
—Gracias… ¿supongo? —dije.
No añadió nada más, pero me pareció mejor así. Necesitaba ordenar mis pensamientos.
El teléfono vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de Naomi:
«Vuestro amigo el noruego está bien. Selena lo ha curado y luego lo hemos llevado a casa de Teo por si muestra signos de posesión, aunque creo que no. Mañana te digo. Por cierto, es muy guapo, ¿no? Buen viaje.»
—Es Naomi —expliqué, guardándolo de nuevo—. Dice que Svein está bien. No tiene signos de… cosas raras.
—Me alegro —murmuró Alistair—. No me gustaría tener que matarlo también a él.
Por un instante, me quedé paralizada.
—¿Matarías a Svein, después de todo lo que ha hecho por ti?
Alistair se giró hacia mí lentamente, con la mandíbula apretada.
—¿Me quedaría alguna otra opción?
Sacudí la cabeza.
—No lo sé. Depende. A lo mejor se puede revertir.
—Lo dudo. La mayoría de las veces, la conciencia de la persona huésped se pierde. Se convierten en cáscaras vacías. El sentimentalismo, en esos casos, podría matarte a ti. Y a mucha más gente.
—Ya. —Froté la piedra de la muralla con las yemas de los dedos. El calor y la superficie rugosa me ayudaron a anclarme al momento presente—. Supongo que, si tuvieras que matarme a mí, ni pestañearías, ¿verdad?
—Lo tuyo es diferente.
—¿En qué sentido?
—Hueles a infiernos, pero no pareces peligrosa. De momento.
Ignoré el comentario sobre mi olor, pero solo porque la curiosidad era más grande.
—¿Y si me volviera peligrosa?
Entrecerró los ojos. Eran grises, pero en la semioscuridad se veían casi negros. Se apartó un mechón de pelo blanco de la frente, mientras se pensaba la respuesta.
—Te regalaría una muerte rápida —dijo, con un fugaz gesto de dolor.
—Todo un detalle.
—Lo es, en mi mundo.
Una arruga profunda cruzó su frente, y yo me quedé pensando en la gente como Martina, o como aquel hombre que había enloquecido en el Serenata.
—¿No has pensado que siempre queda algo de ellos dentro? —pregunté, todavía pensativa.
—No.
Su respuesta fue rápida. Tanto, que pareció ensayada. Como si se hubiera estado repitiendo aquello como un mantra, hasta creérselo él mismo, durante mucho tiempo.
No me convenció.
Recordé los ojos de Martina, y cómo me había dicho que debía correr. Que Christine me quería a mí…
—¿Sabes? Esta noche, cuando me quedé a solas con Martina en el coche…
—Cuando se te escapó —puntualizó él.
Puse los ojos en blanco.
—Sí, gracias por corregirme. —Exhalé, buscando paciencia para soportar a aquel hombre más rígido que el acero—. Por un instante, salió a relucir su verdadero yo de nuevo. Y me advirtió… dijo algo. Era su voz. Era otra vez ella.
Alistair no respondió.
Solo miró el mar y las casas blancas abajo, concentrado.
—¿A qué te refieres? —preguntó al fin.
Justo en ese instante, decidí que no era importante. Seguramente había sido una alucinación. Un desvarío sin sentido de una mente perturbada…
O algo demasiado peligroso para decirlo en voz alta, y menos, a alguien como él.
—Lo que quiero decir, es que aún podría haber algo de ellos dentro—susurré—. Es lo que sentí.
—Mira. Espero no terminar nunca en el lugar de esos pobres diablos —dijo Alistair con voz amarga—. Pero, si alguna vez sucediese, desearía una muerte inmediata. No soportaría terminar haciendo cosas abominables contra mi voluntad.
Quise decir que yo tampoco lo soportaría, pero me callé, dudando.
La sangre demoníaca corría por mis venas desde mi nacimiento, y nada podía garantizarme que esa parte de mí se quedara enterrada para siempre.
Menos aún, con todo lo que estaba sucediendo en el mundo.
Alistair me miró. Vi en sus ojos que sabía lo que yo estaba pensando.
El silencio entre nosotros se volvió más espeso, y una ráfaga de viento me tapó los ojos con el pelo otra vez. No me molesté en apartarlo.
—Si caes —dijo al fin, muy bajo y apretando los dientes—, tendré que… detenerte .
No dijo “matarte”. Pero no hizo falta.
Asentí y extendí la mano para estrechar la suya, aceptando el trato, pero un dolor insoportable me detuvo antes de que pudiera hacerlo.
Sentí como si un rayo me atravesara el pecho. Quizá fue una premonición. Conexión de gemelas. Unión de hermanas.
Fuera lo que fuese, supe que algo le había ocurrido a Eulalia.
Pero yo, desde el otro lado del Mediterráneo, solo pude quedarme ahí de pie, esperando a un maldito barco que llegaba demasiado tarde y se movía demasiado lento.