19 #2
Me apoyé en la barandilla, mareada. Un latido extraño me hizo retumbar la cabeza, y sentí miedo.
No por mí.
Por Eulalia.
Apreté el teléfono entre los dedos hasta que me dolieron los nudillos y volví a llamar.
—Cógelo, Lali… —susurré, aunque sabía que no lo haría—. Por favor.
La misma voz grabada respondió, anunciando que su teléfono seguía apagado o fuera de cobertura. Luego, un tono continuo e intermitente.
Me aparté de la barandilla con un escalofrío y regresé al interior.
Teo estaba esperándome, fuera de la cocina.
Estaba apoyado en la barra y me miró fijamente mientras me acercaba. A su lado, Naomi mezclaba algo en una coctelera, y me guiñó el ojo.
—Curiosa elección de atuendo para la noche de San Juan —comentó Naomi.
Miré hacia abajo. Había olvidado que llevaba puesta esa cosa: el conjunto negro de pantalón suelto y camisa larga que nos había entregado Christine.
—No preguntes —respondí de mala gana.
Naomi abrió la coctelera, vertió el contenido en una copa y la adornó con una rodaja de naranja en el borde. Luego la colocó sobre una bandeja, en la que ya había otras bebidas, y desapareció revoloteando entre las mesas.
Teo seguía mirándome, sin decir nada.
Su mirada, verde y profunda, era tan intensa que tuve que bajar los ojos.
—¿Qué pasa? —pregunté, incómoda.
Su cercanía siempre provocaba reacciones indeseadas en mi cuerpo.
Teo frunció el ceño, concentrado, como si estuviera prestando atención a un sonido lejano.
—Tú —dijo al fin—. Tienes algo raro.
—¿Qué significa eso? —gruñí.
—No lo sé. Pero te noto diferente.
—He pasado veinticuatro horas infiltrada en una secta que adora a los Liberadores.
—Entonces, ¿está confirmado? ¿Son Liberadores?
—Tienen un libro sagrado al que llaman El Libro de los Liberadores . No paran de leer pasajes raros sobre el principio de los tiempos, y cosas así.
Teo pareció consternado.
—¿Pero… hay liberadores entre ellos?
Lo miré sin entender.
—¿A qué te refieres?
—Humanos que degeneran en monstruos tras aliarse a seres oscuros. La Umbrícora está plagada de ellos.
Negué con la cabeza.
—No lo sé, pero diría que no. Tenían aspecto humano.
—Siempre lo tienen, al principio. La Umbrícora los va corrompiendo poco a poco.
—En ese caso, no lo sé. Podría ser. Presenciamos un par de casos raros de posesión.
—¿Y qué me dices del Prisma? ¿Dices que no tenían nada?
Entretanto, Alistair salió también.
—Parece que el noruego no la diñará hoy, después de todo —anunció.
Le hice un gesto, agradeciendo la noticia. Teo me observaba, expectante.
Miré alrededor, asegurándome de que nadie nos miraba. En la terraza, la gente charlaba, bebía y se movía al compás de la música alta que retumbaba por los altavoces.
—No —respondí—, nada de prismas. Pero encontré algo muy extraño. Esa gente está espiando a mi hermana, aunque no se me ocurre por qué. Y desde hace bastante tiempo, por lo que parece.
—¿Tu hermana? ¿La que vive en Barcelona?
—Sí, Eulalia. Ya la conoces, estuvo aquí cuando vinieron esos amigos tuyos… los Grimmbauer —Teo arrugó la nariz, en desacuerdo con la palabra “amigos”—. Lali lleva una vida de lo más normal y corriente. Solo vive para su trabajo.
Teo se inclinó hacia mí desde el otro lado de la barra. Mucho tiempo atrás, habría aprovechado para besarle. Tuve que recordarme a mí misma que esos tiempos pertenecían al pasado. Di un paso atrás.
—¿Eulalia? —murmuró, con la vista fija en las hogueras a lo lejos—. Qué raro.
—Lo sé. Mi hermana lleva toda su vida rechazando su lado sobrenatural. —Lo miré fijamente—. Ella odia todo esto. Solo quiere una vida invisible y tranquila, nada más.
Teo asintió. Alistair nos miró, callado, aunque noté en su cara que estaba calculando algo.
—La entiendo —murmuró Teo—. Pero es difícil huir de lo que somos.
Sus palabras me dolieron más de lo que me habría gustado.
—A ella se le ha dado bastante bien durante los últimos cien años —repliqué.
—¿Dices que tienes una hermana? —preguntó Alistair, acercándose con sigilo.
Durante el viaje había estado demasiado cansada para explicárselo todo.
—Sí. Somos gemelas —respondí, agotada.
Ambos hombres se miraron, y algo en sus rostros me dijo que ambos estaban pensando lo mismo, aunque no pude adivinar qué era.
—¿Acabas de decir que la secta de Christine lleva un tiempo espiando a tu hermana? —preguntó Alistair, y cuando asentí continuó—. ¿Y que sois… gemelas?
—Sí. ¿Y?
—¿No has pensado que…?
Alistair no terminó la frase, pero no hizo falta.
Abrí la boca y me la tapé con las manos.
Claro.
Pero qué idiota había sido.
—Exacto —dijo Teo, que también se había dado cuenta de inmediato—. Si están espiando a tu hermana, es poco probable que no supieran quién eras tú desde el principio. Os parecéis mucho.
De pronto fue como si una película pasara a cámara rápida en mi mente.
El encargo de Christine.
La petición de llevarle el vestido hasta su casa.
Su oferta de quedarnos allí a dormir, con tan pocas preguntas por su parte.
Todo tan fácil. Tan rápido.
¿Cómo pude ser tan estúpida? Pensé que yo había engañado a Christine para que me dejara infiltrarme, cuando en realidad había sido ella la que me había estado atrayendo hacia su secta todo ese tiempo.
Recordé el incidente de unas noches atrás. El hombre rubio que se había subido a una mesa en el Serenata, espantando a los clientes.
—Christine hizo venir a ese hombre aquí —dije, comprendiendo—. Nos guio hasta la casa de todas las maneras posibles. ¡Debió de sentirse como si le hubiera tocado la lotería cuando me presenté en la casa y acepté quedarme!
—Mierda —dijo Alistair.
—Maldición —exclamé—. ¡Y tiene mi teléfono!
—¿Tu teléfono? —preguntó Teo.
—Sí. Nos los requisaron. Y yo suelo hablar mucho con mi hermana… ¿y si le han enviado mensajes haciéndose pasar por mí?
Ambos hombres se quedaron callados.
Tragué saliva.
El dolor de cabeza volvió, aún más fuerte.
—Necesito… ir a Barcelona —murmuré, con una mano en la frente—. Tengo que ver a mi hermana inmediatamente.
Teo asintió sin discutir.
Alistair negó con la cabeza.
—Estás demasiado cansada. Deberías esperar a mañana.
—¡No! Tengo que ir ahora.
Alistair suspiró.
—Está bien. Yo te llevaré. Pero te aviso que tengo el coche aparcado a cuatrocientos kilómetros de aquí.
Asentí, sin decir nada más. Porque algo dentro de mí ya sabía que llegaríamos demasiado tarde.