Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 19
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Vanessa

Llegamos a San Antonio de Ibiza de madrugada.

Me sentía cada vez más mareada y me ardía la frente, mucho más de lo normal; debía de tener fiebre. Solo pensaba en regresar a mi casa, darme una ducha fría y tirarme en la cama de una vez.

Alistair condujo en silencio la mayor parte del camino. Era un trayecto breve, de apenas media hora con el escasísimo tráfico de las carreteras interiores en plena noche.

—¿Te dejo primero en tu casa? —preguntó.

Me habría gustado, pero Svein roncaba en los bancos traseros con una contusión en la cabeza y me preocupaba su estado.

—Creo que deberíamos pasar primero por el Serenata. Veamos si está Selena y puede hacer algo con él.

Alistair asintió y tomó el desvío hacia San Antonio sin decir nada más.

Al llegar, el bar bullía de vida a pesar de la hora. En la playa, la fiesta de San Juan apenas empezaba tras la medianoche. En la arena ardían decenas de hogueras, y la gente, reunida en grupos, bebía, cantaba y escuchaba música cerca de las olas.

Nos costó encontrar sitio para aparcar; al final, Alistair me dejó junto a Svein en la puerta y se fue a buscar algún lugar donde cupiera aquel mamotreto de metal que conducía.

Svein se despertó al detenerse el motor y yo lo ayudé a bajar, apoyado en mi costado.

—¿Puedes con él sola? —preguntó Alistair con mala cara.

—¿Lo dudas? Probablemente tengo más fuerza que tú, aunque no lo parezca.

—No lo digo por eso. —Resopló—. No huele a posesión demoníaca, pero nunca se sabe. Podría ponerse violento.

—Sabría encargarme de eso también.

Alistair frunció el ceño y dudó, sin mover el coche del sitio.

—¡Vete de una vez! —le dije, dando un golpe en el capó que casi lo abolló—. Puedo apañarme sola.

Con un gesto de hastío, puso el intermitente y salió al tráfico de mala gana.

Mina salió a recibirnos, con un par de luciérnagas revoloteando alrededor del pelo.

—¡Vanessa! —exclamó, estrujando un trapo blanco entre las manos—. ¿Por qué no llamaste para avisar de que volvíais hoy? —Su mirada recayó sobre Svein—. ¿Y este quién es? ¿Qué le ha pasado?

Sentía la cabeza como si me hubieran metido un calcetín entre oreja y oreja. Me costaba responder a tantas preguntas.

—¿Está Selena? —pregunté, cada vez más agotada.

Mina negó con la cabeza.

—No. Se ha ido a casa. Las últimas semanas de embarazo se le están haciendo cuesta arriba, aunque no quiera admitirlo.

—Pues necesito a alguien que le eche un vistazo a este tío. Se ha dado un golpe en la cocorota. Es un amigo de Alistair. —Mina alzó una ceja, incrédula al oírme llamarlo por su nombre—. El idiota cazador de demonios, quiero decir.

Sonrió a medias.

—Ja. Por un momento pensé que te habían cambiado por otra.

—¿Y eso?

—Lo llamaste Alistair . ¡Por su nombre de pila! No dijiste “ el neandertal de pelo blanco” , ni “ ese bruto medieval de la espada” . Pensaba que os odiabais a muerte.

—Tampoco es eso. Simplemente, somos polos opuestos.

Pestañeó de forma exagerada.

—¿Sabes que los opuestos se atraen, guapa?

En fin, voy a llamar a Selena. Creo que debería echaros un vistazo a los dos.

—Miró a Svein, que soltó un gruñido y alzó la mano débilmente para saludarla—.

Anda, hazlo entrar a la cocina. No podemos sentarlo en el bar en este estado. Va a asustar a los clientes.

Me ayudó a llevarlo hasta el interior, donde Garrett preparaba unas gambas al ajillo que desprendían un aroma delicioso.

Sentamos a Svein en una silla en un rincón, y este se quedó ahí, mirando a la pared.

Mientras tanto, el australiano cantaba al compás de la música del bar: con una mano, sujetaba la sartén; con la otra, hacía movimientos rítmicos que domaban las llamas del hornillo, haciéndolas subir y bajar con las notas.

No nos prestó atención al entrar, así que carraspeé.

Las llamas cayeron de golpe, y el rubio se salpicó la camisa de flores con el chisporroteo repentino del aceite.

—Eh, hola, hija de Belcebú —dijo Garrett sin sonreír—. ¿Qué tal la excursión a la casa de los horrores?

Me encogí de hombros.

—Sigo viva, querubín —respondí—. ¿Está Teo?

No tenía ganas de hablar con el ángel. Después de Alistair, era posiblemente la persona que peor me caía del Serenata. Tanta bondad me ponía enferma.

—¿Teo? No sé. Estará por ahí. Saltando olas. Mordiendo cuellos. Ya sabes.

—Sí. Me hago la idea —respondí de mala gana.

Años atrás, ese cuello habría sido el mío en la noche de San Juan.

Me dio un escalofrío.

La cortina de cuentas se agitó, e Iris se coló también en la cocina.

Se dejó caer en un taburete con la frente apoyada en la mano, ignorándome por completo.

—No me lo puedo creer —Suspiró, mirando solo a Mina, como si yo no estuviera ahí—. Mi madre está aquí, en Ibiza. ¿Te lo puedes creer?

Mina abrió la boca y la volvió a cerrar, sorprendida.

—¿Tu madre?

—Sí, mi madre. La misma que me ignoró durante años cuando desapareció mi hermana. De pronto vuelve, como si no hubiera pasado nada, y dice que quiere verme. ¿Puedes creértelo?

Mina se sentó a su lado y sacó el móvil. Le acarició el hombro a Iris.

—Espera, tengo que enviarle un mensaje a Selena…

enseguida estoy contigo. —Tecleó algo, dejando su brazo por encima de los hombros de Iris.

Una vez terminó de escribir, volvió a prestarle atención a su amiga—.

A ver. Un momento, porque creo que me he perdido una parte.

Nunca hablas de tu madre. Pensaba que os llevábais de maravilla.

—Sí. Nos llevábamos . De eso hace muchos años.

Cuando éramos niñas, lo dio todo por nosotras.

Pero luego, mi hermana Katie desapareció durante las vacaciones, como ya sabes.

Mi madre no pudo soportarlo cuando se enteró de que había muerto, cayó en depresión y se fue a vivir al quinto pino en un palacio de hielo, como si fuera la maldita Elsa.

—¿Elsa? —la interrumpí, muerta de curiosidad por aquella telenovela inesperada—. ¿Quién es Elsa?

Iris me miró por primera vez y frunció el ceño.

—Da igual. En fin, que me sentí abandonada.

Mina le masajeó el hombro.

—Pero Iris, entiéndela… —dijo con voz dulce—, tu madre estaba deprimida. Había perdido a una hija. Eso es muy duro…

Iris la miró con los ojos relucientes de furia y le apartó la mano.

—¡Sí, pero yo también perdí a mi hermana! ¡Y encima, mi madre se convirtió en un fantasma!

Mina suspiró con aire comprensivo.

—Supongo que fue un momento difícil para las dos —dijo—.

¿Sabes eso de la jarra vacía? —Iris la miró como si estuviera planeando descuartizarla, pero Mina siguió, tan tranquila—.

Dicen que no puedes servir a los demás si tu jarra está vacía.

—Se llevó las manos al corazón—. Ya sabes: la jarra.

El amor. La energía que uno tiene… si no te queda energía para ti, ¿cómo vas a dársela a los demás?

—Me importa un bledo su maldita jarra. ¡Mi madre es una vampira inmortal! Dudo que esté cansada alguna vez. —Sacudió la cabeza, tragándose unas lágrimas que amenazaban con aflorar—. No quiero verla y punto. La odio.

—Vaaale…

Svein gruñó en su rincón, y me giré para mirarlo. Se había quedado dormido con la boca abierta, y un hilillo de baba le colgaba de la comisura de los labios.

Garrett, que se había distanciado discretamente del drama de Iris, dejó a un lado su sartén y se acercó al noruego.

—Este tío tiene muy mal aspecto —comentó, dándole una palmada para ver si se despertaba—. ¿Alguien piensa hacer algo, o dejamos que se muera aquí, al lado de la nevera?

—Estamos esperando a Selena —respondí de mala gana.

Ángeles. Siempre tan entrometidos.

Justo en ese instante entró Teo, acompañado por Alistair.

—Veo que has conseguido aparcar —lo saludé.

Alistair bufó.

—Sí, casi en Formentera.

—¡Vanessa! —exclamó Teo al verme, después de besar a Iris y revolverle el pelo como si tuviera tres años—. ¿Cómo estás? Me ha dicho Alistair que no encontrasteis ninguna llave entre portales, pero que están ocurriendo cosas muy raras en esa casa…

Sentí una presión en el pecho al recordar esos papeles con datos de mi hermana que había encontrado en el cajón de Christine.

—No encontramos pruebas de eso, es verdad —contesté—. Pero encontré algo horrible… Luego os lo explico. Es más, ¿alguien podría prestarme un teléfono? Necesito hacer una llamada urgente.

Mina me tendió el suyo sin preguntar más.

Lo tomé y salí a la terraza. Me sabía el número de Eulalia de memoria. Lo marqué a toda velocidad y comencé a alejarme hacia la barandilla que daba a la playa.

El teléfono de Eulalia no sonó; estaba apagado.

Pero era posible que se hubiera ido a dormir pronto. Eulalia trabajaba más que nadie. Era siempre la última en salir de la fábrica y la que abría por la mañana. No era extraño que estuviera en la cama pasada la medianoche.

Tragué saliva, repitiéndome que mi hermana estaba bien. Que seguramente tendría que madrugar al día siguiente, y habría apagado el teléfono para que no la molestasen en mitad de la noche.

A lo lejos, las hogueras dibujaban círculos de fuego sobre la arena, como constelaciones caídas del cielo. Me recordaron al vestido que me había confeccionado mi hermana; el que se quedó en la casa y no volvería a ver más. Me pareció una mala señal.

Un grupo de amigos saltaba las olas con las faldas y pantalones remangados. Sus rostros aparecían y desaparecían, iluminados a veces, ocultos otras entre las sombras danzantes.

Me quedé absorta, atraída hacia aquella visión sin saber por qué, tratando de descifrar el presentimiento que me provocaba. El viento me trajo olor a alcohol y a humo de cigarrillos, pero también a algo más.

Las llamas de todas las hogueras oscilaron al mismo tiempo, inclinándose hacia el mar, y por un instante me pareció ver algo entre ellas; una figura hecha de humo y sombras alzándose sobre la playa.

Bajé el brazo que sujetaba el teléfono, y fue como si de pronto se hiciera el silencio y el viento se detuviese.

Vi algo. Había algo. Estaba segura, aunque duró menos de un segundo.

De golpe, todo regresó: el fuego, la música y la gente riendo.