Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 18
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Vanessa

Martina rodeó el cuello de Alistair desde atrás del asiento, estrangulándolo con sus dedos finos y delicados, mucho más fuertes de lo que parecían a simple vista.

Alistair, aferrado al volante, sintió que se le cortaba la respiración.

Había dado la vuelta frente a la casa y acababa de entrar en el camino de tierra que se adentraba en el bosque. Las ruedas derraparon sobre la gravilla y el Land Rover dio un bandazo.

—¡Alistair! —grité, tirando con fuerza de la muñeca de Martina.

La chica miraba a un punto lejano a través del cristal del coche, sin dejar de estrangular a Alistair. Sus manos eran como acero. Apretaban con una fuerza que ni siquiera parecía suya.

Clavé el codo hacia atrás y la golpeé en el pecho. Su agarre se rompió por un segundo.

Alistair inspiró con fuerza, el aire silbando al volver a pasar por su garganta.

Pisó a fondo el freno, justo cuando íbamos a estrellarnos contra un pino, y tosió sujetándose el cuello con la otra mano.

La mujer cayó sobre los bancos traseros del todoterreno. Rodó sobre sí misma y su hermosa melena rizada le cubrió la cara. Rugió con un sonido gutural y volvió a abalanzarse sobre nosotros, intentando abrirse paso a puñetazos y mordiscos hacia la cabina delantera.

La joven delicada que había conocido esa mañana se había convertido en una bestia salvaje y rabiosa.

La golpeé de nuevo con el brazo, esta vez más fuerte, y me mordió la mano. La aparté con un grito, apretándome la herida contra el pecho.

Su pelo se apartó y nuestras miradas se cruzaron.

Por un instante, algo humano brilló en sus ojos. ¿Culpa? ¿Reconocimiento? ¿Terror?

Se echó hacia atrás un segundo, como un perro asustado. No duró más que un instante, pero fue suficiente. Alistair saltó entre los asientos y la empujó contra la pared lateral del coche, inmovilizándola con ambas manos y una rodilla sobre su espalda.

—¡Las bridas! —rugió—. ¡En la guantera!

Me incliné hacia delante con la mano ensangrentada, palpando a ciegas hasta encontrar un paquete de plástico. Saqué un par de bridas y se las lancé.

Martina se retorcía debajo de él, como un animal atrapado. Trataba de arquear la espalda para zafarse, y con las uñas arañaba el metal del coche, emitiendo un chirrido seco que me hizo apretar los dientes.

—¡Quieta! —gruñó Alistair, forzándole las muñecas tras la espalda mientras cerraba la brida.

Martina abrió los ojos, completamente blancos y sin pupilas. Luego se quedó quieta, temblando.

De pronto, sus ojos se cerraron y la cabeza le cayó hacia un lado. Quedó inconsciente, quizás agotada por el esfuerzo sobrehumano que acababa de hacer.

—Vigílala —me dijo Alistair, abriendo la puerta trasera del coche y saltando fuera—. Voy a buscar a Svein. No te muevas de aquí.

—¿Qué dices? ¿Piensas dejármela aquí, en el coche?

—¿Tienes una idea mejor?

—¡La devolvemos a la casa!

—De eso nada. Podría sernos útil. La llevamos al Serenata, y veremos qué podemos sonsacarle cuando se despierte. Vuelvo enseguida.

Alistair se esfumó en la oscuridad y me dejó allí, en medio del camino de tierra y en compañía de la chica inconsciente.

Eché de menos mi teléfono, que Christine me había robado. Me habría gustado llamar a mi hermana y comprobar si estaba bien; más aún, después de haber encontrado aquellos papeles tan sospechosos en el cajón de Christine.

Martina soltó un ronquido. Estaba profundamente dormida.

La dejé en el suelo, con la espalda apoyada contra los bancos longitudinales traseros del Land Rover, y me asomé a la parte delantera en busca de mi mochila.

Me dolía la cabeza. No había dejado de dolerme desde la noche anterior, cuando bebí aquel zumo asqueroso. Rebusqué y encontré una aspirina en el bolsillo. Aun quedaba agua en mi botella, y la usé para tragarme la pastilla. Con el resto me enjuagué el mordisco, que tenía un aspecto bastante feo.

Volví a dejar la botella en el bolsillo lateral y me di cuenta de que me había olvidado el vestido rojo en la casa; el que me había cosido Eulalia, con constelaciones doradas. Maldita sea. Me gustaba ese vestido. ¿Y si volvía a por él? ¿Sería demasiado temerario?

Un chasquido me sobresaltó, y la mochila se me cayó del susto.

Me giré.

Martina seguía tumbada en el mismo sitio.

No había sido ella.

Por si acaso, cerré la cremallera y volví a dejar la mochila.

Otro ruido.

Me giré. Martina abrió los ojos de golpe, como una muñeca rota.

—¿Martina? —pregunté con cautela, sin saber si respondería la Martina que había ido al bosque a recoger ramas, o la que había tratado de estrangular a Alistair.

Su boca se movió y habló con dos voces a la vez. Una sonó humana. La otra no tanto.

—Ella no… —jadeó—. Ella… es…

Dejó caer la barbilla sobre el pecho y un hilo de baba le colgó por la comisura de la boca.

Luego inspiró hondo e hizo una mueca de dolor.

Por un instante, volvió Martina: humana, pero atrapada y aterrada, prisionera en un cuerpo que no respondía a sus órdenes.

Me acerqué un poco y le ayudé a enderezar la cabeza para que no estuviera tan incómoda. Luego di un paso atrás.

—Corre… —susurró, esta vez con su propia voz—. Te quieren a ti. Christine…

Su cuerpo se tensó de nuevo. Sacudió la cabeza y el pelo rizado le cubrió de nuevo los ojos, rompiendo la mirada que nos unía.

Se estremeció y rugió como un animal salvaje. En un movimiento rápido, separó los brazos, y las bridas rotas cayeron al suelo.

Entonces entendí los chasquidos de antes. Las había abierto mientras fingía estar inconsciente.

No me dio tiempo a reaccionar. Me empujó a un lado y saltó por la puerta del coche, aún abierta.

Se perdió en la oscuridad del bosque.

Sus pasos resonaron entre la pinocha, y luego solo quedó el silencio de los grillos y la música lejana que venía de la casa.

Exhalé, frustrada.

Se me había escapado. Alistair no iba a estar nada contento.

El dolor de cabeza se estaba volviendo insoportable. Me costaba pensar. ¿Debía ir a buscarla? ¿Y dónde narices se habían metido Alistair y Svein?

Saqué las llaves del contacto y bajé del coche. Lo cerré y lo dejé donde estaba, parado en medio del camino. Dudaba que pasaran muchos vehículos por ese lugar desolado, y menos a esas horas.

Di un par de vueltas, sin alejarme demasiado. No tenía ni idea de por dónde se habría ido Martina. Era difícil seguir su rastro en la noche, en un espacio abierto y oscuro.

No encontré nada, así que regresé al Land Rover y esperé allí.

Al rato, escuché pasos. Alistair emergió de la oscuridad, con Svein apoyado sobre su hombro.

Corrí hacia ellos.

—¿Qué ha pasado?

Svein estaba pálido, aturdido y caminaba con dificultad.

—Lo encontré tirado en el suelo —respondió Alistair—. Algo lo atacó. Un animal… o una persona enloquecida. No lo sé.

—Vamos —dije, apoyando el otro brazo de Svein sobre mis propios hombros—. Tenemos que volver al Serenata cuanto antes.