Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 17
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Alistair

El viento golpeaba la casa como si quisiera arrancarla del acantilado.

Nada nuevo. Todas las familias que vivían en esa calle estaban acostumbradas a las inclemencias del tiempo escocés.

Puso el videojuego en pausa y salió a recibir a su padre.

El pitido del hervidor silbando le llegó desde la cocina. Su madre intentaba tener siempre una tetera caliente cuando Malcolm regresaba; lo más cercano a una muestra de cariño en una familia tan rígida como la suya.

Alistair esperó a oír el ritual de siempre: botas fuera, chubasquero colgado, un resoplido, la pregunta de qué había para cenar, y luego el abrazo brusco y distante a la esposa.

Esa noche, su padre no hizo nada de eso.

Malcolm Vilmoor entró mojado, chorreando, sin quitarse el impermeable amarillo.

—¡Malcolm! —lo reprendió Astrid—. ¡Me vas a dejar la moqueta hecha un desastre! Quítate las botas ahora mismo.

El hombre no respondió. Se sentó en una de las sillas desparejadas, con las rodillas separadas y la cabeza inclinada sobre los codos.

En los auriculares, la canción de U2 decía algo sobre gente que llegaba para despertar a los muertos.

A Alistair le pareció un verso de mal agüero.

Se los quitó y entró en la cocina con cautela. Su padre solía ser cordial, pero cuando la pesca iba mal se volvía muy huraño. En días así era mejor evitarlo. Desaparecer hasta la cena. Hacerse invisible para evitar que lo azotara por algún motivo absurdo.

—Alistair , skatten min —lo saludó su madre—. ¿Quieres una taza de té?

Su madre hablaba ya muy poco en noruego, pero eso se lo decía siempre: skatten min . Mi tesoro . A Alistair le parecía obscenamente cursi. Tenía ya catorce años; era ridículo que usara esos apelativos con él. Pero a su madre la hacía feliz, y a ella le permitía muchas cosas. Solo a ella.

Malcolm seguía ahí, sin saludar y sin mirar a nadie.

—Hola, papá —dijo Alistair, manteniendo distancia—. ¿Todo bien?

Nada. Hora de escabullirse.

—Malcolm, ¿qué te pasa? —preguntó Astrid, dejando el hervidor con un golpe seco.

Un relámpago iluminó la cocina. Por un instante se hizo de día y los ojos de su padre reflejaron la luz. No parpadeó. Ni siquiera los cerró al ser alcanzados por el flash.

—Creo que es uno de esos días, mamá —murmuró Alistair.

Astrid suspiró.

—Voy a buscar el termómetro.

Había sido enfermera antes de los recortes en el centro de salud.

Ahora solo ejercía en casa, con su hijo, su marido y cualquiera del pueblo que lo necesitara.

Quizá por eso, a pesar de vivir en una comunidad tan pequeña y cerrada, nadie protestaba por tener a una extranjera entre ellos: les era útil a todos.

Astrid Vilmoor era una buena mujer, atrapada entre gente fría y muy distinta de ella.

Se esforzaba por integrarse, pero las arrugas de su rostro hablaban de una vida malgastada en el lugar equivocado, con el hombre equivocado.

Mientras Astrid iba al baño a buscar el termómetro, Alistair se fijó en las huellas que había dejado su padre por el pasillo.

No eran huellas mojadas, ni tampoco de barro.

Eran negras y espesas, como de aceite, o de brea.

Se agachó un poco y las siguió por el pasillo. Toda la moqueta estaba manchada de un material negro y pegajoso. Acercó la nariz al suelo y le llegó un olor agrio, salado y a podrido. Le recordó al tufo de las algas y peces muertos, atrapados bajo las rocas.

Siguió el rastro por la moqueta. Cada paso de su padre había dejado una marca más profunda, más oscura. En vez de tener las suelas cada vez más limpias, las manchas se volvían peores según se adentraban en la casa.

Estaba tan concentrado que casi se chocó con su madre, que regresaba con su viejo maletín de utensilios médicos.

—Mamá, mira esto.

Astrid se agachó también.

—Qué raro… —murmuró la mujer—. ¿Brea?

—No sé. ¿Dónde han ido hoy a pescar?

—Esta mañana dijo que irían más al norte, a buscar aguas más profundas. Llevan varios días malos. No quedan peces. Me pregunto dónde se habrán metido para ponerse así…

—No parece brea, mamá. Es diferente. Huele mal.

Malcolm gruñó en la cocina, y Astrid sacudió una mano en el aire, dando a entender que no le parecía demasiado importante la composición de esas manchas.

—Luego intentaré limpiarlo. Voy a ver qué le pasa a tu padre.

Astrid se dirigió de nuevo a la cocina. Dejó el maletín en la mesa y lo abrió. Mientras tanto, su marido ni la miró. La mujer sacó el termómetro y le abrió la chaqueta a Malcolm, con la autoridad propia de una experimentada trabajadora sanitaria.

Malcolm seguía casi sin moverse, como un fantasma. Astrid sacudió el termómetro de mercurio, lo agitó con un gesto seco para bajar la columna roja, y luego se lo colocó bajo la axila. Luego esperó, con la mirada fija en el reloj de pared, cuyo tic-tac acompañaba al sonido de la lluvia.

Alistair observaba desde la puerta. Percibió el olor de su padre con claridad: normalmente olía a sudor, a sal y a whisky viejo.

Pero ahora, a ese olor normal en él, se había sumado un tufo a mar podrido.

A peces muertos, como esos que se quedaban en algún resquicio de las barcas y solo los descubrías por el mal olor.

—¡Dios mío! —exclamó Astrid, observando el termómetro con espanto—. ¿Cuarenta y dos de fiebre? ¡Es una barbaridad, Malcolm!

Intentó quitarle la ropa mojada, y Malcolm refunfuñó. A Alistair su voz le sonó diferente. Más grave, más profunda… menos humana. Sintió frío en la parte baja de la espalda. Su padre estaba mucho más raro de lo normal.

—Vamos a llevarte a la cama —dijo Astrid, empujando a su marido para que se levantase.

Alistair le tocó el brazo.

—¿Te ayudo, mamá?

—No, skatten min . Ve a tu cuarto. Habrá cogido algo ahí fuera… con este temporal, no me extraña.

Alistair dudó. Su padre era enorme y pesado. Su madre, en cambio, era apenas un pajarillo. Pero un pajarillo testarudo, que sabía lidiar con gente enferma.

—¿Seguro, mamá?

—Ya me encargo de él —insistió Astrid—. Aunque la cena tardará un poco.

Alistair regresó a su habitación. Volvió a ponerse los auriculares, subió el volumen de la música, y cogió el mando de la consola. Sonic corría por pantallas de colores, saltaba hecho una bola azul y recogía anillos dorados.

Las reglas del juego eran claras: si conseguías los suficientes anillos mágicos, ningún peligro del juego podía dañarte.

Alistair recogió muchos anillos dorados esa tarde, ajeno a los sonidos extraños de su casa.

La música alta ocultó lo que estaba ocurriendo en la habitación contigua.

Pronto ya no se oyó a su madre, ni a su padre.

Esa noche no hubo cena.

Y ningún anillo del mundo pudo protegerlo de lo que lo esperaba al otro lado de la puerta.