Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 16
89%

16

Alistair

La fiesta decayó un poco después del “accidente” del cocinero.

Se formó un gran revuelo; mientras tanto, yo me aparté discretamente y me quedé apoyado en una esquina del porche, observando cómo crecía el pánico entre los miembros de la secta.

Poco después apareció Christine y consiguió poner orden, aunque después de eso, la fiesta se volvió un poco menos frenética.

Cuando Christine volvió a salir de la casa con el vestido arreglado, me echó una mirada cargada de odio, pero no dijo nada. Me había asegurado de no dejar trazas; era imposible relacionarme con lo ocurrido.

Tras ella apareció Vanessa, mucho más pálida de lo habitual. Cuando Christine se entretuvo con dos mujeres, Vanessa se separó de ella y se acercó a mí. Tenía muy mala cara.

—¿Se puede saber qué has hecho? —me susurró al oído.

La miré desde arriba. Era sorprendentemente menuda para contener tanta mala leche.

—Me pediste que la sacara del dormitorio —respondí con calma—. Hice lo necesario.

—¿Sabes que tienen cámaras y mañana por la mañana podrán ver lo que has hecho?

Me encogí de hombros.

—Ah, habrá sido el zumo. Ya sabes lo mal que nos sienta…

No le gustó el chiste. Me dio un empujón en el pecho con la palma de la mano.

—¡Alistair! ¡Esto es muy serio!

—Mira, seamos realistas. Si has hecho bien tu trabajo, podemos marcharnos ahora mismo. Y entonces dará igual lo que vean en esas cámaras mañana, porque estaremos a kilómetros de aquí.

—Claro. Pero eso será si nos dejan salir.

—No necesito el permiso de esa friki para saltar la valla. Y si tú no te sientes capaz de hacerlo, puedo lanzarte al otro lado sin problemas.

Puso los brazos en jarras, como sopesando si sería capaz de hacer algo así.

—No tiene gracia. Esta gente es peligrosa.

—Es lo que llevo diciendo desde que llegamos.

—No. Son mucho peor de lo que pensábamos. No tienes ni idea de lo que he encontrado…

Se calló de golpe y miró a su alrededor.

Entrecerré los ojos. ¿Habría encontrado una llave o algo que relacionara a la secta con la Umbrícora? Vanessa adivinó mis pensamientos y negó con la cabeza.

—No. No es eso —respondió en un susurro casi inaudible—. Es algo… mucho peor.

—¿Peor que eso?

A no ser que guardasen al mismísimo Umbrael’Zathar ahí dentro, no se me ocurría nada peor.

—Vale, no sé si es peor, pero es horrible —admitió—. Mejor no hablar de eso aquí.

—Bien. Me lo explicas fuera.

—Si conseguimos salir, claro. —Miró a su alrededor con preocupación—. ¿Y si nos han estado escuchando desde que llegamos? ¿Y si había micrófonos en nuestro dormitorio, Alistair?

La sujeté por las muñecas. Estaba temblando de los nervios, lo cual me extrañó. No la conocía demasiado, pero nunca me dio la impresión de ser una mujer de carácter débil.

—Para. Respira —le dije—. Es todo mucho más simple de lo que piensas.

Negó con la cabeza.

—No lo entiendes.

La música había recuperado el ritmo, y poco a poco, la mayoría de la gente estaba volviendo a sus risas y sus bailes, danzando en círculos alrededor de la hoguera y manoseándose por los rincones.

Vanessa respiraba de forma entrecortada. Tenía aspecto de haber encontrado un fantasma en la habitación de Christine.

—Entiendo que el… objeto … que buscamos no se encuentra en esta casa —dije para confirmarlo.

Asintió.

—Y entiendo que nuestro trabajo aquí está terminado.

Asintió de nuevo.

Fue todo lo que necesitaba saber.

—Está bien. Nos vamos.

Ella no discutió.

La llevé de la mano hasta el dormitorio y lancé nuestras escasas posesiones en las mochilas, mientras Vanessa me miraba como en trance. Después me eché ambas bolsas al hombro.

—¿Qué haces? —preguntó.

—Recoger. Ya te he dicho que nos vamos.

—Pero hay que avisar a Christine…

—A la mierda Christine.

Sonrió a medias.

Salimos de nuevo al patio, iluminado solo por farolillos. Caminamos por las zonas de sombra, y nadie nos prestó atención. Cruzamos el jardín, evitando la zona de la hoguera, y llegamos hasta la verja.

Al llegar hasta allí me giré, y Vanessa me imitó.

Christine estaba de pie junto al fuego.

Mirándonos.

Alzó la mano desde lejos y sonrió, saludando sin acercarse. Fijó los ojos en Vanessa, y a mí me ignoró por completo.

Era como si no le importase vernos marchar.

Me pareció leer una palabra en sus labios:

—Volverás.

La puerta no estaba cerrada con llave. La habían dejado así cuando salió Martina.

La empujé y cedió. Salimos rápido, antes de que alguno de esos pirados cambiara de idea y nos siguiera.

Una vez fuera, corrimos hacia el coche.

Ya daba igual disimular.

Silbé llamando a Svein, y un ruido sacudió las ramas cercanas en el bosque.

Rebusqué en la mochila; las llaves del coche seguían en su sitio. Abrí la puerta e hice entrar a Vanessa. Luego me senté al volante, tamborileando nervioso en espera de que Svein regresara.

—A lo mejor deberías arrancar —dijo Vanessa con voz trémula—. Puede que Svein salga a nuestro encuentro por el camino.

—No puedo dejarlo atrás. Nos ha estado esperando todo este tiempo.

—No digo que nos marchemos. Solo que estemos listos.

—Si arranco y me quedo aquí con el motor encendido, llamaremos más la atención.

—Tengo un mal presentimiento.

Volví a silbar.

Sinceramente, algo me taladraba por dentro también a mí. Pero no habría servido de mucho decírselo.

La puerta trasera del Land Rover se abrió en la oscuridad, y luego volvió a cerrarse con un fuerte golpe.

Suspiré.

—Ya estamos todos.

Quité el freno de mano y pisé el acelerador suavemente. Vanessa miró hacia atrás entre los asientos, y su expresión quedó congelada.

—Alistair… —susurró.

Me di la vuelta, siguiendo su mirada.

Unos ojos blancos, sin pupilas, se clavaron en los míos.

En el asiento trasero no estaba Svein, sino Martina, la chica poseída del ritual de esa noche.