15 #3
Me di la vuelta mientras abría su armario y se cambiaba. Cuando terminó, Christine me dio un golpecito en el hombro para que me girase, y dejó caer el vestido, aún tibio por el calor de su cuerpo, sobre mi regazo.
—Aquí lo tienes.
Se plantó frente a mí como un perro guardián, observando cada movimiento de mis dedos.
Junté las dos mitades, buscando la posición correcta. Una vez en el sitio, comencé a coser muy despacio, con cuidado de que los puntos quedaran invisibles por el anverso de la tela.
Iba ya por la mitad, y Christine seguía ahí, controlándome. Empezaron a sudarme las manos.
Aquello no estaba yendo como había planeado. Necesitaba que saliera, aunque fuera solo un momento.
De pronto, unos pasos rápidos se acercaron por el pasillo, y Faria apareció en la puerta del dormitorio, sin aliento.
—¡Christine! —exclamó—. Landy se ha caído en la hoguera. ¡Rápido!
Sentí que toda la sangre abandonaba mi rostro. ¿Ese era el gran plan de Alistair para distraer a Christine? ¿Lanzar a un miembro de la secta a la hoguera?
Christine salió corriendo detrás de Faria, dejándome sola en el dormitorio.
Era mi momento.
Ya debatiría más tarde si los métodos de Alistair eran civilizados o no. Lo importante era revisar aquel dormitorio, y rápido.
Dejé a un lado la labor de costura y me puse en pie. Abrí los dos cajones de la mesita de noche, pero no encontré nada: solo un par de collares, pendientes, pañuelos y las típicas cosas que guarda la gente junto a la cama. Sobre la mesilla estaba el libro de tapas negras, que no toqué.
Abrí el armario: había muy poca ropa, casi toda oscura a excepción de un par de vestidos y un chaquetón de invierno marrón oscuro.
Abajo guardaba zapatos y sandalias, y en los cajones más bajos, algo de ropa interior pulcramente plegada.
Contuve la aversión y revolví entre sus prendas íntimas tan rápido como pude.
Nada.
Solo quedaba la cómoda, junto a la puerta: un mueble viejo y barato de cinco cajones, que no pegaba con el resto.
Empecé por el de arriba: crema hidratante, un frasco de perfume y algo de maquillaje. Todo normal y corriente.
Escuché la puerta de entrada golpeando el marco: alguien se acercaba, y aún me faltaban cuatro cajones.
Los dos siguientes contenían más ropa vieja, toallas, sábanas…
Los pasos ya estaban casi ahí.
Abrí el último, el más bajo de todos. Estaba lleno de papeles. Los separé un poco con una mano, mientras que con la otra sujetaba el tirador del cajón, dispuesta a cerrarlo de golpe si alguien entraba.
—Aquí no hay nada —me dije desanimada.
Estaba a punto de cerrarlo cuando uno de los papeles al fondo llamó mi atención: unas hojas grapadas, con una fotografía delante.
Primero pensé que la mujer de la foto era yo.
Pero después la observé mejor.
No era yo.
Era mi hermana.
Debajo había una especie de ficha con su nombre: Eulalia Martínez de la Cruz, directora general de Hiladuras Martínez de la Cruz, fundada en 1925 .
Seguía la dirección de la fábrica en Sabadell, la de su apartamento en Barcelona y, lo más inquietante de todo, un desglose de sus horarios habituales para cada día de la semana.
Los pasos estaban casi en la puerta.
—¿Todo bien, hermana? —se oyó la voz de Christine llegando.
Todavía agachada frente al mueble, cerré el cajón de golpe y me eché hacia atrás.
Christine entró y me encontró acuclillada en el suelo, entre la cama y la cómoda.
—¿Qué haces? —me preguntó con desconfianza.
Me levanté, fingiendo mirar por el suelo.
—Se me ha caído la aguja. No la encuentro.
Christine entrecerró los ojos.
Se agachó a mi lado y miró hacia los cajones. Luego a mí. Escaneó la habitación. En mi mente, hice fuerza para desviar su atención. Para hacerla confiar en mí y creerse lo que acababa de decirle.
Lentamente, se levantó, vio el vestido sobre la cama, junto al carrete de hilo y, por supuesto, la aguja pinchada sobre la tela donde había dejado los puntos a medias.
—Está aquí —dijo, levantando la aguja en el aire.
Me acerqué a Christine despacio, temiendo que fuera una trampa.
A veces, mi compulsión mental funcionaba. A veces, no tanto. Dependía mucho de la persona receptora, de su estado mental al manipularla… y del mío.
—Es cierto. Qué despistada —dije despacio.
—Cosas que pasan —respondió con un tono comprensivo que no sonó del todo sincero.
—¿Qué le ha pasado a Landy? —pregunté para disimular.
—Supongo que se tropezó bailando. —Christine se encogió de hombros—. Pero no te preocupes. Faria lo está curando. Se le da bien.
—Me alegro de que no sea grave.
—Oh, sí que es grave —replicó Christine—. Landy insiste en que alguien lo empujó. Pero no pasa nada. Miraremos las cámaras mañana.
¿Tenían cámaras?
Mierda. Eso no lo había pensado.
—Seguro… —Carraspeé, buscando las palabras—. Seguro que fue un accidente. La fiesta estaba muy animada.
—Veremos —dijo Christine, y fijó la vista en la aguja, que yo aún sujetaba entre dos dedos temblorosos—. ¿Terminas de coser eso? Tengo que volver a la fiesta. Antes de que alguien más se caiga a la hoguera sin querer.