Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 15 #2
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Unos tentáculos de humo negro surgieron del centro de la hoguera y comenzaron a recorrer la terraza, haciendo eses por el suelo. Contuve la respiración, mientras los dedos de Alistair me apretaban aún más fuerte.

Aquello no era humo normal.

Los tentáculos de humo pasaron de largo junto a nosotros sin tocarnos y se enredaron en torno a Martina, lamiendo también a algunos de los que bailaban.

Christine balanceaba la cabeza al ritmo de todo aquello, con los ojos cerrados.

De pronto, Martina tomó aire de golpe y sus ojos se giraron hacia atrás, quedando en blanco.

Sentí la inquietud de Alistair en mi propio cuerpo. Su instinto de cazador le hacía difícil quedarse ahí quieto, mientras todo aquello sucedía.

Su mano seguía sobre mi muñeca. Giré un poco la mía y apreté su antebrazo. Todos sus músculos estaban en tensión, listos para atacar si fuera necesario. Cerré los ojos y le envié un poco de calma, esforzándome por modular sus sentimientos.

Le había prometido no hacerlo.

Pero no hacía falta que lo supiera.

De pronto, Martina se levantó de golpe y comenzó a caminar a trompicones, con movimientos que recordaban a los de un zombi.

Todos se apartaron, inclinándose a su paso.

—¡Abrid la puerta! —gritó Landy—. La enviada del Más Digno desea salir.

Christine sacó la llave del bolsillo y dejó salir a Martina. La joven se perdió en la oscuridad del bosque, sola y dando tumbos, mientras los otros seguían con la celebración al son de su música rítmica.

Christine no volvió a cerrar la puerta; a lo mejor, por si Martina regresaba.

—Panda de pirados —me susurró Alistair, apretando los puños.

—Solo un poco más.

La música aumentó de volumen y velocidad, y todos los miembros del grupo empezaron a bailar con desenfreno, abrazándose e incluso besándose entre ellos.

—¡Nuestra hermana ya es digna! —declaró Christine.

La fiesta subió de nivel, hasta el punto de convertirse en un auténtico caos.

Todos se tocaban y bailaban sin mirar a quién.

Una mujer se subió la falda, bajo la cual no llevaba nada, y comenzó a saltar desnuda al ritmo de las palmadas.

Dos hombres se le acercaron y la subieron en volandas, una pierna en el hombro de cada uno, y la pasearon por la terraza mientras ella agitaba los brazos y echaba la cabeza hacia atrás.

Alistair y yo nos apartamos del grupo. Aquello se estaba volviendo cada vez más difícil de soportar.

Christine se dio cuenta de nuestra incomodidad. La vi mientras trataba de abrirse paso entre los bailarines, en dirección a nosotros.

—Baila —le susurré a Alistair.

—¿Estás loca?

Lo cogí por la cintura y comencé a contonearme, imitando a los otros.

—Que bailes —gruñí, acercando los labios a su oreja.

Alistair abrió los ojos de par en par. Parecía a punto de perder los estribos.

Christine estaba cada vez más cerca, aunque le costaba avanzar entre la gente enloquecida.

—¡Disimula, por todos los diablos! —mascullé, aterrada de que Christine nos echara antes de poder revisar las habitaciones o, peor aún, entendiera que habíamos estado fingiendo todo ese tiempo.

Me apreté contra el pecho de Alistair, sintiendo cada músculo de su cuerpo tensarse.

Hundí la nariz en la curva de su cuello, impregnado del olor a bosque y humo por la caminata temprana y el trabajo junto a la hoguera.

Poco a poco, Alistair empezó a moverse con pasos torpes, y yo me concentré en usar mis poderes para tranquilizarlo. No quería hacerlo, pero no me quedaba más remedio.

Funcionó de inmediato; casi demasiado. Sus manos se cerraron sobre mi cintura y me apretaron contra sí. Luego su mirada cambió, y sus ojos se suavizaron al encontrarse con los míos.

¿Había sido yo?

¿O había ocurrido justo antes de que mi poder surtiera efecto?

No había manera de descubrirlo, pero Christine pasó junto a nosotros y no dijo nada; pareció satisfecha y siguió su camino.

Cuando Christine ya no podía oírnos, Alistair se acercó a mi oído.

—Ahora sería un buen momento para empezar con tu plan —dijo con voz aterciopelada.

—Que no se te olvide tu parte —le advertí.

—Tranquila. Tengo un par de ideas para encargarme de eso.

Me separé de él y seguí a Christine por la terraza. Me quité la corona de espinas, sujetándola con la parte más afilada hacia fuera.

Al pasar junto a Christine apunté a la cremallera trasera del vestido.

No podía fallar.

Fingí tropezar, extendí el brazo, y el alambre que unía ambas mitades de la corona rasgó el vestido a lo largo de la cremallera, dejando la espalda de Christine al descubierto y llena de arañazos.

—¡Lo siento muchísimo! —exclamé, alzando la voz por encima de la algarabía.

Christine, sin saber siquiera lo que había ocurrido, se sujetó el vestido a punto de caer al suelo.

—Soy un desastre —dije, ayudándola a recuperar el equilibrio—. Déjame que te ayude… ¿Necesitas ayuda con los arañazos? Por el vestido no te preocupes, puedo arreglarlo. Tengo aguja e hilo en mi mochila.

—No es nada, no te preocupes. Me pondré otra cosa. Ya lo arreglarás mañana.

De eso nada. No iba a dejar que la oportunidad escapara.

—¡No! No, de verdad. Sé que era muy importante para ti llevar este vestido hoy —insistí—. Deja que te lo arregle. Será solo un momento.

Christine asintió, algo molesta.

—De acuerdo. Vamos a mi habitación. Pero date prisa. No puedo dejarlos solos mucho tiempo.

Suspiré.

Bien. Estaba funcionando.

La seguí hacia la casa desierta. Landy nos vio entrar y nos siguió con la mirada. Dejó al chico que estaba abrazando y me pareció que caminaba detrás de nosotras, pero no pude saberlo con seguridad porque no quería despertar sospechas en Christine.

Me detuve en mi cuarto a recoger mi mochila. Luego seguí a Christine por el pasillo hasta su puerta. Sacó la llave, que se había colgado del cuello, y abrió.

—¿Tardarás mucho? —preguntó de mal humor.

—No, tranquila. Solo será un momento.

Saqué aguja e hilo con manos temblorosas, sabiendo que aquel era un momento crucial.

—Necesitaré que te lo quites —dije suavemente—. Si no te importa.

Christine me estudió con algo de desconfianza. Luego barrió el dormitorio con la mirada.

—Está bien.