15
Vanessa
Faria se nos acercó con un saco grande, lleno de ramas de espino. Se veían negruzcas, como si las hubiera lanzado al fuego un par de segundos y las hubiera sacado chamuscadas.
Tomó asiento en un banco de madera bajo una higuera y nos hizo un gesto con la mano.
—Vamos —me dijo Christine—. Puedes ayudar a Faria con las coronas para la fiesta. ¿Ya sabes qué te pondrás?
—¿Puedo ponerme lo que quiera? —pregunté dudando. Después de todo, los pijamas y vestidos negros parecían ser una especie de uniforme grupal.
—Oh, sí. Esta noche les doy libertad para que jueguen un poco. Así están más contentos —dijo guiñándome el ojo.
Me extrañó que me hablara así, como si fuera una cómplice, y no una novicia recién llegada. Seguramente, hacía lo mismo con todos cuando entraban: lo hacía sentirse especiales, parte de la élite, para después atraparlos con sus garras y ya no dejarlos marchar.
—Creo que tengo algo de ropa en la mochila —respondí.
—Seguro que sí. Una diseñadora con tanto talento como tú siempre tiene un as en la manga, ¿verdad?
Sonrió y yo le devolví la sonrisa sin alegría.
Luego se dio la vuelta y me dejó con Faria. Esta me explicó, con las mínimas palabras posibles, cómo trenzar las ramas de espino para crear coronas.
—Lo doblas así —dijo, sujetando las ramas con cuidado de no pincharse. Luego alargó la mano y tomó un rollo de alambre y unas tenazas—. Cuando lo tengas, lo atas y cortas por aquí.
—¿Para qué sirven estas coronas?
Faria me miró como si fuera un poco tonta.
—Para la cabeza —respondió con tono de obviedad, señalándose la frente.
—Ya, pero… ¿no nos pincharemos?
Se encogió de hombros.
—Puede —dijo sin darle importancia.
Pasé el resto de la tarde trenzando aquellas ramas llenas de pinchos. Intenté sonsacarle algo a Faria sobre la secta y cómo había llegado hasta allí, pero tuve poco éxito. Era aún menos habladora que Alistair, lo cual era decir mucho.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —le pregunté.
—Bastante.
Aparentaba poco más de veinte años, así que no podía llevar tanto.
—¿Vivís también aquí en invierno?
Pestañeó, como si la respuesta fuera obvia.
—¿Cómo conociste a Christine?
—Mi hermano. Xavier.
—Por cierto, ¿dónde está? No lo vi en la comida.
—Tenía que tomar un avión. Mi hermano es importante aquí.
Interesante. Así que algunos podían salir, después de todo.
—Y dime, Faria, ¿te gusta vivir en este sitio?
—Me gustará ser digna cuando llegue el momento —replicó.
Luego bajó la cabeza y se concentró en evitar las espinas, murmurando una especie de plegaria mientras trabajaba. Con ello me dejó claro que estaba harta de mis preguntas y que no planeaba responder a ninguna más.
Nos costó un par de horas terminar las veintitantas coronas de espinas negras.
Vislumbré a Alistair podando unos arbustos al otro lado de la casa, con unas tijeras enormes. Alzó un brazo y me saludó. Le devolví el saludo con la barbilla. Sonaba raro, pero me moría de ganas de quedarme a solas con él para hablar de todo en privado.
Terminadas las coronas, las colocamos sobre una vieja mesa de metal a un lado del porche, y los miembros del grupo fueron pasando uno a uno a buscar la suya.
Tal y como había dicho Christine, esta tarde llevaban ropas normales: vestidos vaporosos, camisas ligeras o simples pantalones cortos con camiseta.
Sin embargo, las coronas de espinas negras les conferían un aspecto inquietante; sobre todo, porque a muchos les creaban llagas en la frente, y las gotas de sangre les resbalaban por el rostro.
Ellos las lucían con orgullo, sin limpiarse: entendí que aquellas pequeñas lesiones provocadas por las espinas eran una especie de medalla de honor en su mundo.
—Tu corona —me dijo Faria, tendiéndome una particularmente grande y espinosa.
La tomé con desgana y la giré, buscando el lado más seguro. No había ninguno.
—Preferiría una más pequeña… —comenté, indecisa.
—No. Tú has trabajado. Para ti, la mejor —insistió.
—Claro. La mejor… Gracias.
—Llévate también esta. Para tu amigo.
Me dio otra, algo más pequeña que la anterior. Asentí y me marché, aliviada de tener, por fin, una excusa para alejarme de Faria.
Busqué a Alistair entre la gente. Lo encontré de brazos cruzados, de pie en una esquina y vigilando lo que hacía todo el mundo.
Me puse a su lado, con las coronas sujetas entre dos dedos.
—Para ti —le dije con falsa jovialidad, tendiéndole una—. ¿Te gusta? La he hecho yo.
—No pienso ponerme esa mierda —murmuró.
—Claro que te la vas a poner —repliqué con los dientes apretados.
—Tengo cosas mejores que hacer que lacerarme la cara con esos pinchos. Seguro que están envenenados.
—Venga ya —lo animé, dándole un empujoncito en el hombro—. Si estuvieran envenenadas, yo ya estaría muerta. ¿Sabes cuántas veces me he pinchado esta tarde mientras las hacíamos?
Puso los ojos en blanco y tomó la corona con gesto asqueado.
—Buen chico —dije, y me asesinó con la mirada.
En el centro del patio, Robert y Jaume habían apilado una enorme montaña de leña, y se esforzaban por prenderle fuego mientras varias personas creaban un círculo de piedras con el que contener la hoguera.
El cielo se fue nublando; seguía haciendo un calor asfixiante, pero según avanzaba el atardecer, el sol iba quedando cubierto por unas nubes espesas.
Poco a poco, consiguieron hacer fuego y el humo empezó a subir en columnas rectas hacia el cielo encapotado.
Un hombre salió de la casa empujando un gong gigantesco con ruedas, y se puso a tocarlo junto al fuego.
Otros se sentaron cerca, en el suelo, y entonaron un cántico en voz baja.
Algunos encendieron un círculo de velas negras en torno a la hoguera, progegiéndolas del viento con farolillos de cristal.
Christine salió de las últimas, luciendo el vestido que me había encargado.
Había quedado espectacular: la seda marfil caía sobre su cuerpo como una lámina de agua.
El diseño era ajustado en el torso y abierto en capas ligeras que dejaban asomar una sombra gris bajo la tela.
En el centro del pecho brillaba el símbolo que me había pedido, bordado en hilo plateado: un círculo rodeado de diez más pequeños.
A la luz de la hoguera, la tela reflejaba el fuego y cambiaba de color, volviéndose roja, naranja o dorada, según la posición de Christine.
Todos inclinaban la cabeza a su paso, y hacían el mismo gesto que le habíamos visto muchas veces antes: el puño cerrado, bajando de la frente al suelo.
Dejó de lado a los demás y se acercó a nosotros.
—Ha quedado fantástico —me dijo, sujetando la falda de su vestido nuevo—. Gracias, Vanessa. Tienes muchos talentos.
—Un placer.
—¿No ibas a cambiarte? —dijo de pronto.
—Estoy bien así —dije—. Esta ropa es más cómoda.
—Claro. Como desees —respondió—. Por cierto, hoy la cena será informal, de pie.
—Fantástico. Más divertido.
No pareció gustarle que hubiera usado la palabra “divertido”. Su rostro se ensombreció, y señaló las coronas, que aún sosteníamos en la mano.
—Ponéoslas, por favor —dijo, y pensó un instante antes de continuar, como si buscara un buen motivo para ponerse esas cosas horribles en la cabeza. Al final dijo solo—: Es mejor así. Todos la llevan.
Luego se dio la vuelta, y cuando ya se encontraba a unos pasos de nosotros, Alistair respondió:
—Sí. Seguro que así es más digno —murmuró con tono hastiado.
Respondí con una sonrisa tensa y me puse la corona rápidamente, por si Christine le había oído. Las espinas me arañaron las sienes, pero apreté los dientes y la eché hacia atrás tanto como pude, de modo que descansara solo sobre el pelo, sin tocarme la piel.
Christine volvió a pasar por nuestro lado justo en ese momento, y alargó la mano para enderezar mi corona.
—Así no —dijo y volvió a ponérmela sobre la frente—. Debes llevarla recta. Como Faria.
Luego se acercó a Alistair para ayudarle con la suya, pero este se echó hacia atrás.
—Ya me la pongo solo. Gracias.
—Por supuesto. —La sonrisa de Christine fue tan falsamente amable como el tono de Alistair—. Ya sé que te cuesta aceptar todo esto, hermano. Pero aquí no obligamos a nadie a quedarse.
Alistair la desafió con la mirada.
—Me quedaré a la fiesta —respondió secamente.
Christine se marchó con un revoloteo y se puso a hablar con un grupo que se había reunido al otro lado del porche.
Faria, que había desaparecido en la cocina, reapareció con su corona sangrante y una jarra de “zumo de piña”. Fue sirviendo a los presentes, que se acercaban a ella con vasos vacíos.
—¿No pensarás volver a probar eso, verdad? —me preguntó Alistair al oído.
—Soy tonta, pero no tanto.
—No me gusta nada esto —murmuró—. Esta fiesta no depara nada bueno.
—Lo sé —respondí en voz baja—. Pero será solo un par de horas más. Luego, nos vamos.
El del gong dio un golpe fuerte y todos callaron. Un viento frío hizo revolotear las hojas y los vestidos. Miré hacia abajo, extrañada: la corriente de aire parecía provenir del suelo, lo cual era imposible.
Entonces, Christine habló.
—Esta noche recordaremos el umbral y a aquellos atrapados al otro lado. Aquellos nacidos del fuego que transforma sin quemar. El fuego que nos acerca a Él. ¿Quién se prestará esta noche a recibir el don de los dignos?
Martina avanzó hasta el centro del círculo. Caminaba despacio, con la mirada baja. Dos miembros la ayudaron a sentarse en una silla de madera junto a la hoguera.
—No irán a quemarla viva, espero —gruñó Alistair, llevando la mano al lugar donde debería haber estado su espada.
—No tengo ni idea —respondí, nerviosa, sin quitar la mirada de Martina.
Christine comenzó a entonar una oración, y los golpes del gong se volvieron más rápidos y rítmicos. Muchos se pusieron a bailar, agitando los brazos al ritmo de la música y girando alrededor de Martina.
Algo sacudió la tierra, y di un pequeño salto, asustada. Alistair me apretó la muñeca y asintió despacio, aunque nadie más se inmutó.