Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 14
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Vanessa

La comida fue ligera, de nuevo sopa de verduras con algunos trozos pequeños de carne flotando dentro.

Después, algunos subieron a la sala espiritual de la buhardilla con Christine, mientras que otros se quedaron en la parte trasera de la casa, tumbados sobre esterillas.

En mi opinión, la sala de arriba era demasiado calurosa y agobiante, así que me quedé en la terraza con el grupo más pequeño, guiado por Faria.

Jaume me tendió dos esterillas de yoga: una para mí y otra para Alistair.

—Venid —dijo—. Faria va a leer un pasaje del Libro de los Liberadores.

—¿De qué libro? —pregunté sin entender.

Una mueca de horror cruzó el rostro de Jaume.

—¿Christine no os lo ha explicado? —dijo extrañado.

Se giró hacia Faria, murmurándole algo al oído. Esta negó con la cabeza, y los dos nos miraron mientras cuchicheaban. Al final tomaron una decisión, aunque no la compartieron.

—Está bien —dijo Jaume, regresando a mi lado—. Faria leerá un pasaje de nuestro libro sagrado. Es posible que no lo entendáis, pero bastará con que escuchéis en silencio. Si el mensaje es para vosotros os llegará, de una manera u otra, en el momento adecuado.

—Gracias —respondí en voz baja.

—No hay problema. Christine nunca invita a nadie por casualidad. Sabe reconocer a los que pueden llegar a ser dignos.

Después de eso hizo el mismo gesto extraño que Christine solía hacer con el puño.

Luego extendimos las esterillas sobre el suelo de piedra y cemento, a la sombra. Era un día caluroso, y se agradecía el fresco del suelo y la tierra. Alistair extendió la suya a mi lado, aunque dejó una distancia prudencial.

Una vez tumbados todos, Faria se sentó al frente, con las piernas cruzadas, y abrió un libro negro, igual al que había usado Christine la noche anterior.

—Daos la mano —ordenó.

Tumbada boca arriba, abrí los ojos y miré a un lado y a otro. A mi izquierda se encontraba Jaume. A mi derecha, Alistair. Jaume extendió su mano hacia mí, sin mirarme, hasta que sus dedos rozaron los míos. Un escalofrío me recorrió la columna al tocarlo. Desprendía una energía extraña.

Alistair permaneció quieto, con los brazos pegados al cuerpo y sin tocar a nadie.

—Por favor —insistió Faria, mirando hacia Alistair—. Todos . El círculo debe quedar cerrado.

Alargué la mano derecha y busqué la de Alistair. Este serpenteó, apartando la suya, pero yo carraspeé.

—¡Alistair! —mascullé sin que me oyeran los demás.

El terco cazador exhaló y me dio la mano de mala gana. Sentí sus dedos fríos contra los míos, que siempre estaba más calientes que los de los demás.

Faria, ahora satisfecha, se aclaró la voz y comenzó a leer de su libro:

Al principio de los tiempos había solo silencio.

No había palabras, ni materia, ni fronteras.

Solo conciencia suspendida en la nada eterna.

Y del silencio surgieron los Primeros:

Los que contemplaron el vacío y le dieron forma,

Los que nombraron lo innombrable,

y al nombrarlo lo crearon.

Entre ellos caminó El Más Grande,

Aquel cuya hambre no conocía límite ni reposo.

Los Primeros rechazaron su ambición,

Temieron su sed infinita y lo arrojaron

al pliegue oscuro entre los mundos.

Pero la espera no es eterna, y la Llave llegará.

Y cuando la Llave abra, la frontera caerá.

Entonces, El Más Grande será libre,

y su sombra cubrirá lo creado.

A los fieles concederá su don,

A los dignos su gracia.

Faria hizo una pausa, dejando que sus palabras cobraran sentido poco a poco. Luego, con parsimonia, terminó su lectura con los mismos versos que ya habíamos oído antes de Christine:

Por lo que fue, por lo que volverá,

por lo que aún nos espera.

La Oscuridad reclamará a los indignos.

Seamos dignos.

Escuché esas últimas líneas solo a medias. En mi mente resonaba uno de los versos anteriores:

«Cuando la Llave abra… la frontera caerá.»

La llave . Habían mencionado una llave.

Me habría gustado hacerle un gesto a Alistair para ver si estaba pensando lo mismo, pero habría sido demasiado obvio.

Ese verso confirmaba que el grupo poseía una llave capaz de abrir los pasos entre portales. Y, si no la tenían, estaban buscándola.

La mano de Alistair se tensó en torno a la mía.

Giré la cara ligeramente, y mis ojos encontraron los suyos, de un gris claro gélido.

El pelo, tan rubio que parecía blanco, se le pegaba a la frente por el sudor.

Sacudió levemente la cabeza, y sus labios dibujaron una maldición.

Se removió sobre la esterilla, inquieto.

Así que él también lo había entendido.

Negué con la cabeza y lo taladré con la mirada.

—Ahora no —le susurré.

Jaume se movió y noté que había abierto los ojos y nos miraba con desconfianza.

Me apresuré a cerrar los míos y recuperé la postura de relajación.

Nos hicieron permanecer así, tumbados y en silencio, durante lo que me pareció una eternidad. Era difícil de soportar, en particular para mí, con mi sangre más caliente de lo normal que atraía a todos los mosquitos de la zona.

Los dedos de Alistair estaban cada vez más crispados en torno a los míos. Seguramente le resultaba casi tan difícil como a mí permanecer quieto durante tanto tiempo, sin poder comentar lo ocurrido.

Cuando, un buen rato después, alguien dio unas palmadas, sentí un alivio increíble.

—Levantáos —dijo la voz de Christine.

No la había escuchado llegar.

A nuestro alrededor, todos se desperezaron y comenzaron a levantarse con bostezos suaves, estirando brazos y piernas. Christine se acercó a mí y se acuclilló a mi lado.

—¿Qué te ha parecido? —me preguntó, con los ojos brillantes de interés.

—Pues… —dudé—. No sabría qué decir. No… No he entendido muy bien el texto.

Christine asintió.

—Es normal, hermana. No te preocupes. El Libro de los Liberadores va calando en cada uno a su ritmo. A unos les llega de inmediato. Otros necesitamos más tiempo. Cuando llegue tu momento, lo sabrás sin duda.

Asentí y me esforcé por mostrar interés por todo aquello. Alistair me hizo un gesto con la mano, indicando que se marchaba un rato a su cuarto. Asentí con la barbilla. Era mejor si me quedaba a solas con Christine. A lo mejor conseguía sonsacarle algo.

—¿A qué se refería ese pasaje que habla de una llave? —pregunté con cautela, mientras me incorporaba para ponerme a la altura de Christine.

Ella ladeó la cabeza y me repasó de arriba abajo.

—¿Tú qué crees? —inquirió con voz pausada.

—Yo… ni idea. Una llave… para liberar algo, o a alguien que fue desterrado injustamente. ¿Es así?

—Así es, hermana. Veo que vas entendiendo.

Decidí tirarme a la piscina.

—¿Y dónde está esa llave? —pregunté.

—Ya te lo he dicho. Cuando llegue tu momento, entenderás todas las palabras. No es mi labor explicarlas a quienes no están preparados todavía.

Martina, la otra chica que había estado recogiendo ramas en el bosque, se nos acercó por detrás.

—Christine, ¿iremos a la playa para la fiesta de San Juan?

Christine se dio la vuelta y la miró.

—No —respondió—. Haremos las hogueras aquí. Esa fiesta masificada no es acorde con nuestros principios y solo nos distraería de la concentración que tanto nos ha costado lograr.

—Claro, Christine —dijo Martina, e hizo una leve reverencia con la cabeza antes de marcharse en dirección al interior de la casa.

—¿No os gustan las hogueras de la playa? —pregunté con curiosidad.

Christine suspiró, como si llevase todo el día respondiendo esa misma pregunta.

—No aprobamos esas creencias absurdas. San Juan es solo una tapadera sin sentido para la antigua fiesta del solsticio, que a su vez procede de otra más arcaica aún.

Saltar olas sin sentido le quita el significado a algo mucho más antiguo e importante…

—Me miró fijamente a los ojos, como buscando algo en los míos.

Luego soltó una risa amarga—. Pero ya lo irás viendo.

Lo hacen con todo. Nos ocultan cosas. Cambian el significado de las tradiciones, tergiversan la verdad…

Es terrible verlo. Ver cómo la gente deja pasar su vida sin entender nada.

Tomé aire, dándome tiempo mientras buscaba una respuesta que no ofendiese a Christine.

—No hace falta que digas nada —dijo Christine, tomándome de la mano—.

Ahora estás aquí. Pronto serás digna, y no tendrás nada de lo que preocuparte.

—Su rostro se iluminó—. De todos modos, me encargaré de que la fiesta de esta noche sea agradable para todos.

Les daremos sus supersticiones… —Miró a su alrededor, abarcando a todos los miembros del grupo, que habían retomado sus quehaceres alrededor de la casa—.

Pero lo haremos a nuestra manera, hermana.