13
Vanessa
Cuando llegamos a la mesa, ya estaban todos sentados, esperándonos para desayunar.
Al vernos, nos invitaron a unirnos a ellos y tomarnos de las manos.
Christine fue la única que no lo hizo. Mi primer pensamiento fue que iba a bendecir la mesa; sin embargo, sacó un cuaderno con tapas negras de cuero y se puso a leer un par de párrafos, mientras todos murmuraban las mismas palabras por lo bajo, como si se las supieran de memoria:
Muchos le sirvieron buscando poder.
Otros buscando inmortalidad.
Otros buscando no perder a quienes amaban.
Pero todos fueron devorados lentamente.
No por crueldad, sino por necesidad.
Por lo que fue, por lo que volverá,
por lo que aún nos espera.
La Oscuridad reclamará a los indignos.
Seamos dignos.
—Seamos dignos —repitieron todos a coro.
—Seámoslo. Buenos días, hermanos —saludó Christine, y de pronto, como si alguien hubiera presionado un interruptor de on/off, regresó a su tono jovial como si nada—. ¡Que aproveche! Venga, desayunemos. Landy, gracias por preparar todo esto.
Los gofres de Landy resultaron ser excepcionales, a pesar del aspecto sospechoso del cocinero. Aparte de eso, sirvieron tostadas de pan integral, galletas y un buen surtido de mermeladas, queso y embutido. Había también una enorme fuente con fruta de verano, y varias jarras de leche y zumo.
Evité el zumo, por si acaso. Todavía me dolía la cabeza, desde lo de la noche anterior.
Pero me abalancé sobre la comida. Había despertado con muchísima hambre. Gracias a mi herencia demoníaca, podía comer casi el doble que la mayoría de personas de mi edad, pero mi peso se mantenía constante. A mi hermana Eulalia le pasaba igual. Al menos, en eso teníamos suerte.
Alistair se sirvió un plato colosal con pan, pastas dulces, jamón y olivas.
—Una mezcla interesante —comenté, al ver una oliva verde que rodaba por encima de las galletas de chocolate.
—En el estómago, todo se mezcla.
—En eso tienes razón… —admití encogiéndome de hombros.
Era tan seco que, a veces, hasta empezaba a hacerme un poco de gracia.
—Esta noche celebraremos las hogueras de San Juan en el patio —dijo Christine en voz alta, dirigiéndose a toda la mesa—. Necesitaré algunos voluntarios para reparar la pérgola e ir a buscar leña para las hogueras.
Varias personas levantaron la mano. Miré a Alistair de reojo y asentí.
Ambos levantamos la mano también.
—Bien, Vanessa y Alistair, genial. Gracias por ayudarnos con esto. Xavier, Martina, Jaume y Faria… perfecto. Será suficiente. Para la cena, esta noche les toca a Samuel y Lynn…
Siguió hablando, enumerando las responsabilidades del día y asignándolas a los miembros del grupo.
Una vez terminado el desayuno, recogimos la mesa entre todos y lo llevamos todo a la cocina. Después, Christine nos presentó a Xavier, que sería el jefe del grupo de reparación y recogida de leña.
Xavier resultó ser el hermano de Faria, la chica que nos había servido el zumo la tarde anterior, cuando llegamos.
Ambos se parecían bastante, y tenían los ojos negros y enormes y el pelo oscuro muy corto, con rizos pequeños y apretados.
Xavier era un hombre fuerte y musculoso, y no tuvo reparos en quitarse la camiseta negra a la primera de cambio, dejando a la vista unos pectorales muy bien trabajados y unos brazos gigantescos.
—Bien —dijo Xavier—. En el cobertizo hay algunas herramientas.
Podéis coger hachas, sierras o lo que queráis.
También hay un par de carretillas para acarrear la leña.
Martina y… perdona, ¿cómo te llamabas? —Se giró hacia mí, y le repetí mi nombre—.
De acuerdo, Martina y Vanessa. Vosotras dos tenéis menos fuerza, pero coged una cesta cada una y recoged ramitas pequeñas.
Alcé una ceja.
Ese grandullón no tenía ni idea de la fuerza que yo tenía, pero no sería yo quien lo corrigiese. Decidí que era mucho mejor mantenerme en el anonimato, y que me subestimasen por mi tamaño y estatura.
—Claro —dije con una sonrisa inocente—. Enseguida voy.
Christine se acercó a la puerta del jardín y la abrió con una llave que sacó del bolsillo de su vestido.
Al ver la gran puerta metálica abierta, me sobrecogió la reacción instintiva de salir corriendo de esa casa para no volver nunca.
Pero me controlé. Habría sido una estupidez hacerlo, ahora que había conseguido colarme dentro.
El aire fuera era distinto. Se respiraba mejor, aunque aquello no tenía sentido, porque el jardín en torno a la casa solo se separaba del bosque por una valla metálica.
Salimos por la verja hacia el sendero seco que rodeaba la casa. El sol aún no apretaba, pero la tierra ya desprendía ese olor caliente a polvo y resina de pino típico de los bosquecillos ibicencos.
El Land Rover de Alistair seguía allí, igual que lo habíamos dejado la noche anterior. Junto a él, había otros vehículos aparcados, entre ellos un par de furgonetas que imaginé que usaban cuando salían en grupo.
—Quedamos aquí en una hora —dijo Xavier—. No os retraséis, u os quedaréis fuera.
Xavier y Jaume se internaron hacia el lado este, donde crecían unos pinos bajos. Alistair tomó la dirección opuesta, y yo lo seguí con disimulo, tras dejar que Martina desapareciese por otro lado con su cesta vacía.
Caminé despacio, arrancando ramitas del suelo y fingiendo poner gran atención en la tarea.
Un rato después perdí de vista al resto del grupo, aunque, si prestaba atención, podía escuchar sus pasos y el ruido que hacían empujando las carretillas o cortando alguna rama.
Pronto me topé con Alistair, que se había detenido en medio del sendero, cargando un tocón más grande que él.
—No te andas con chiquitas, ¿eh? —le dije, señalando el tronco que llevaba a cuestas.
Se encogió de hombros.
—Si hay que hacerlo, se hace bien.
Una vibración tenue, como un hilo invisible, tiró de mí hacia otro lado del bosque.
Alistair también lo notó. Lo supe porque dejó el tocón a un lado y levantó la cabeza, alerta.
—¿Has notado eso? —susurré.
—No te separes —murmuró sin mirarme.
Asentí levemente, aunque no necesitaba que ningún hombre me protegiera.
Dejó el tronco en el suelo y seguimos avanzando unos metros más, hasta que la vegetación se hizo más espesa. Luego, casi sin hablar, desviamos el paso hacia la izquierda, fingiendo buscar más ramas secas.
El silencio cambió, y un silbido corto cruzó el aire.
Alistair respondió con otro, apenas audible.
Entre los matorrales, medio oculto por las sombras, salió Svein.
Estaba cubierto de polvo, con hojas en el pelo y una sonrisa cansada.
—¡Por todos los diablos, menudo susto nos has dado! —exclamé, dándole un empujón amistoso.
—Pensaba que esa gente os había echado en el caldero —susurró con una media sonrisa—. Estuve espiando un poco, y no me gustan nada de nada.
—No te habrán visto, ¿verdad? —preguntó Alistair.
—No, he tenido cuidado. Ni siquiera me atreví a dormir en el coche, para no llamar la atención. He tenido que caminar una hora hasta el pueblo más cercano para encontrar algo de desayuno.
—Gracias por volver a buscarnos —respondí, sorprendida por su lealtad.
—Anoche pasó algo raro, ¿no? —dijo Svein—. Se oía mucha actividad dentro de la casa. Cantos raros, rezos… ¿estabais ahí?
Se me erizó la piel al recordarlo.
—Solo al principio. Luego me sentó mal la cena y… tuve que retirarme —murmuré.
Svein me miró un segundo más de lo normal, como si notara que no decía toda la verdad. Entrecerró los ojos y nos observó a los dos con mucho cuidado. Su mirada recayó sobre el hacha que Alistair llevaba a cuestas.
—¿Te han dejado coger eso? —preguntó extrañado.
—Solo para cortar leña.
—Ya…
Svein dio un paso atrás.
Alistair le lanzó una mirada dura, pero no dijo nada.
El silencio se alargó y yo cada vez entendía menos lo que estaba pasando.
—¿Se puede saber qué os lleváis entre manos? —pregunté, cruzándome de brazos con la cesta en el codo.
—Svein está evaluando si nos ha poseído algún demonio o no.
Se me escapó una carcajada.
—¡Menuda estupidez! A mí no puede pasarme eso.
—¿No? —preguntó Svein, confundido.
—Probablemente sea cierto —admitió Alistair.
—Si vosotros lo decís… —respondió Svein, poco convencido, y dio otro paso atrás.
—¿Pero a ti qué te pasa?
Reí, sacudiendo la cabeza.
—Nada —dijo—. Solo soy precavido. Hace un par de semanas me encontré con un viejo amigo en un parque nacional. Parecía él, pero…
Se calló de golpe, angustiado.
Así que era eso. De pronto, comprendí cómo se sentía.
—Tranquilo, Svein. No nos han hecho nada. Son un poco peculiares, eso es todo. Pero dudo que tengan nada que ver con demonios del inframundo, ni nada por el estilo. Parecen gente relativamente normal. Solo nos falta comprobar algo esta noche y podremos marcharnos.
Alistair frunció el ceño. Vale, quizá no había dicho toda la verdad, pero no veía la necesidad de asustar a ese pobre inocente.
—Esos son los peores —gruñó Alistair—. Los que parecen normales.
Me giré hacia él.
—Lo que quiero decir es que Svein no necesita preocuparse por que haya más casos de posesión demoníaca ahí dentro. Si los hubiera, lo sabríamos. Es imposible convivir con algo así sin darse cuenta.
Alistair abrió la boca.
La volvió a cerrar.
—Si tú lo dices —dijo secamente.
Pestañeé.
Su respuesta parecía el principio de una historia.
—¿Qué has querido decir con eso?
—Nada.
—Venga, tío, desembucha —lo animó Svein—. No nos dejes en ascuas.
—Cierra el pico, Svein.
—Pero tío, uno no dice algo así y lo deja a medias. Y menos con ese careto…
—He dicho que te calles. ¿Es que no me has oído?
—Vale, jefe, pero pensaba que éramos un equipo y…
—Yo no tengo ningún equipo. Soy un lobo solitario.
—Gracias por eso, ¿eh? —se quejó Svein—. Tengo el culo lleno de hojas por haber dormido en el bosque esperándoos, ¿y me lo agradeces así?
Pasé la mirada de uno al otro. Formaban una pareja peculiar, aunque no del todo desacertada.
—Hay que volver a la casa —dijo Alistair con tono brusco—. No debemos levantar sospechas.
—¿Cuándo pensáis salir? ¿Aún me necesitáis? —preguntó Svein.
—Vete si quieres —respondió Alistair—. Nos iremos esta noche, pero no hace falta que esperes fuera. Nos las arreglaremos solos. —Miró el hacha—. Además, ahora ya sé dónde guardan… las herramientas.
Tras despedirnos de Svein regresamos al punto de encuentro.
Entramos de nuevo en la casa y nos encontramos al otro grupo dando martillazos sobre la pérgola, a pleno sol de junio.
El calor empezaba a apretar, y la ropa negra no ayudaba.
Amontonamos la leña donde Xavier nos indicó, y luego me enviaron a decorar la terraza con unas flores que alguien más había recolectado.
Entretanto, Alistair se unió al grupo que reparaba las vigas más altas de la pérgola, subidos a unas escaleras de mano de aspecto poco estable.
Me puse a decorar los pilares de la pérgola, metiendo los tallos de las flores entre los salientes de la madera vieja.
No quería alejarme demasiado de Alistair.
Mientras tanto, lo observaba trabajar. Sus manos se movían con certeza, rápidas y seguras.
Pensé que las tenía bastante bonitas. Al menos, para ser un bruto. Y un cazador.
—No estás trabajando mucho —dijo sin mirarme, y se arremangó la camisa, dejando a la vista unos brazos musculosos y llenos de cicatrices.
Me ruboricé contra mi voluntad. Me había pillado quieta, mirándolo. Cualquiera habría pensado que tenía algún tipo de interés en él. Nada más lejos de la realidad, por supuesto.
—Estoy decorando los pilares —respondí, colgando una cinta torcida—. Tú no entiendes de eso.
Resopló.
El viento me revolvió el pelo y me lo metió en los ojos. Me lo aparté de la cara con la mano libre.
—Pamplinas. No me hace falta entender de esas tonterías —declaró.
Me encogí de hombros.
Los demás seguían absortos en sus tareas, y no nos prestaban atención.
—Las cosas bonitas no son necesariamente tonterías —murmuré—. Existen cosas importantes y útiles, más allá de la seriedad y la obediencia militar.
Se quedó callado un momento y bajó un par de peldaños de la escalerilla. Señaló las flores, amontonadas a mis pies.
—En el sitio de donde yo vengo —dijo de pronto— el viento te quitaba las tonterías a bofetadas. No había sitio ni ganas para flores ni fiestas. Solo para “seriedad y obediencia militar”, como lo llamas tú.
Lo miré.
No había sarcasmo en su voz. Es más; sonaba algo triste.
—¿Y eso dónde era? —pregunté intrigada.
Se encogió de hombros, torciendo el labio.
—Un pueblo perdido al norte de Escocia. El culo del mundo. —Apretó el nudo de una cuerda que sostenía la lona sobre la pérgola—. Frío. Gris. Nada que ver con esto.
Sonreí.
—Un maravilloso lugar para crecer.
—Tan malo como cualquier otro. El mundo es una mierda, en general.
Sacudí la cabeza.
—No lo creas. Yo crecí en una aldea pequeña. Tranquila —respondí—. No era un mal sitio. Al menos, no lo era para… la gente normal.
El rostro de Alistair se ensombreció. El viento agitó las telas, y las arandelas por las que pasaban las cuerdas resonaron con un golpeteo metálico.
Me observó unos segundos más sin decir nada. Parecía arrepentirse de haber hablado.
—¿Te ha molestado algo? —pregunté sin entender.
—¿Me acercas ese martillo? —dijo con brusquedad, señalando hacia el suelo.
Me giré, confundida ante el cambio de tema tan repentino.
—Esto… claro.
Le tendí la herramienta y seguí con mis flores.
No volvimos a hablar hasta la comida.