Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 12
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Alistair

Desperté temprano, aunque no tanto como los bichos raros que poblaban la casa: esos empezaron a hacer ruido horas antes del amanecer.

Apenas había pegado ojo, aunque no solo por culpa de los rezos y los ronquidos. Era bastante difícil dormir en un lugar así, dadas las circunstancias.

Vanessa se había desplomado en mis brazos a las puertas de la villa, y ahora dormía en uno de los catres con expresión apacible.

Si fuera por mí, habría echado esa estúpida puerta abajo y me habría largado cagando leches. Pero no lo hice por dos motivos:

Primero, porque ponerme violento y repartir puñetazos a diestro y siniestro no habría ayudado a nuestro plan de infiltrarnos como dos pardillos dispuestos a unirse a la comuna de frikis.

Segundo, porque ella me lo había pedido.

Y no, no me importaba herir los sentimientos de esa mujer, ni tampoco tenía un interés particular por hacerla feliz.

Pero, en el momento antes de que perdiera el conocimiento, sentí que la entendía.

Sentí que había algo personal para ella en aquella cruzada, y hasta alguien tan curtido como yo podía ver eso.

Así que no discutí con Christine. En vez de eso, llevé a Vanessa a su cama y cerré el dormitorio por dentro. Nadie se extrañó ni vino a preguntar, lo cual me alegró. Si me hubieran provocado solo un poco, le habría partido la cara al primero en asomarse. No estaba para bromitas esa noche.

Me senté a su lado, observándola.

Su frente estaba caliente. Demasiado caliente. De ser humana, habría pensado que tenía fiebre. Pero esa mujer no lo era; lo supe el primer día que la vi.

Sin embargo, tendida sobre aquel lecho de sábanas blancas, parecía humana.

Su rostro era engañosamente hermoso, con finas arrugas que hacían difícil adivinar su edad.

Podía tener treinta o cuarenta. Pero también ciento cincuenta, si de verdad había sangre demoníaca corriendo por sus venas.

Esas criaturas no eran inmortales, pero solían tener vidas antinaturalmente largas.

Me llamó la atención su pelo. Era negro, ondulado y largo; más largo de lo que uno solía ver en la gente normal.

Había mechones plateados, lo cual no era nada extraño; pero entre ellos destacaban algunos de color violeta.

Podrían haber sido tintados, pero no se notaba diferencia alguna con las raíces.

Sin duda, le crecían ya de ese color. No sabía que eso fuera posible.

Aparté la mirada. Me daba igual, de todos modos.

La cubrí con la sábana de lino de mi propia cama y me tumbé en mi catre con los brazos cruzados detrás de la cabeza.

Tomé aire y me puse a pensar.

Me alegré de no haber probado ese estúpido zumo, que ni era de piña, ni era zumo. Había que ser idiota para beberse lo primero que te daban en un sitio así.

La miré de nuevo.

A primera vista, parecía antigua, pero inocente.

Criatura rara de los infiernos…

Esperé a que la casa quedara en silencio, varias horas después de la cena. Los pasos se perdieron y se dispersaron por las habitaciones y las escaleras. Escuché el agua en algún baño, y alguna conversación murmurada. Era espeluznante lo poco que hablaba esa gente, y siempre en voz baja.

Finalmente, todo quedó en silencio y salí del cuarto con sigilo.

Fui primero al cuarto de baño, y no me encontré a nadie por el camino.

En el baño tampoco había nadie.

Bebí un poco más de agua del grifo: la única cosa que pensaba beber hasta que saliera de ese antro.

Luego recorrí el pasillo, asomando la cabeza en algunos de los cuartos; casi todos tenían la puerta abierta y se podía ver todo lo de dentro a la perfección. En algunos había literas; otros eran más pequeños, como el nuestro. Todos dormían.

Al final del pasillo encontré una puerta cerrada. Probé la manija, despacio, pero no cedió; estaba cerrada por dentro.

La cocina estaba desierta, con todos los platos y cacharros lavados y ordenados.

Seguí hacia el piso de arriba, y eché un vistazo a todas las estancias. Todas abiertas también. Todas austeras.

La sala “espiritual” estaba desierta. En ella apenas había unas cuantas esterillas y una pila de cojines desgastados.

A primera vista, aquello parecía una humilde casa de retiros, o un alojamiento de baja categoría bastante corriente.

Me lo habría creído, si no hubiera visto el ritual de la cena. O si no sintiera esa energía rara que zumbaba todo el tiempo en el aire, como un abejorro molesto.

O si no hubiera visto esa pérgola en medio del jardín, vestida con cortinas negras. Seguramente no la usaban para tomar el té y escuchar a los pajaritos.

Rodeé la valla de la casa y comprobé que mi coche seguía aparcado.

Me aseguré de que no había nadie cerca y silbé, imitando a las aves nocturnas.

Un silbido me respondió desde la distancia, entre los árboles.

Svein seguía allí.

Menos mal.

No volví a silbar. Solo era una comprobación. En vez de eso, me marché del jardín. No quería que los ocupantes de la casa descubriesen la presencia de mi ayudante.

Tras la ronda, regresé al dormitorio.

Sentí un extraño alivio al ver que ella seguía allí. Murmuró algo en sueños cuando entré. Sonó como un nombre. ¿Eulalia? No tenía ni idea de a qué se refería. No me importaba, por supuesto. Pero la tapé un poco. Se le había caído la sábana al suelo.

Me tumbé a sus pies sobre el cemento. No quise usar la otra cama para evitar un sueño profundo. No me fiaba de nada ni de nadie.

Vanessa se despertó cuando el sol comenzó a colarse por el ventanuco. Abrió los ojos y se los frotó con movimientos desacompasados, como una niña de pocos años. Mientras lo hacía, volvió a caérsele la sábana. Sus gestos eran torpes, aunque, por lo poco que la conocía, normales en ella.

Miró a su alrededor, sorprendida, como si le costara recordar dónde estaba.

Entonces me vio a mí y frunció el ceño.

Su rostro se ensombreció.

—¿Qué hora es? —preguntó, disimulando un bostezo.

Miré mi reloj de acero.

—Las seis de la mañana.

—No duermes mucho —observó.

—No me conviene.

—¿Por qué?

Tardé en responder.

Podría haber respondido que odiaba dormir porque entonces soñaba. Pero me lo pensé mejor.

—Porque no me fío de nadie —respondí.

Asintió. Casi como si lo entendiera.

—No recuerdo haber llegado hasta aquí —comentó.

—No lo recuerdas porque te traje a cuestas.

Tragó saliva, incómoda.

Casi sonreí al verla así.

Empezaba a descubrir cuánto me gustaba incomodarla.

—Te desmayaste en la terraza —añadí.

Asintió lentamente y recogió la sábana. Se tapó con ella, sujetándola contra sus pechos, apenas cubiertos por la camisola negra, de cuello amplio.

—Sí, ahora recuerdo. Sentía demasiadas cosas a la vez —murmuró y se masajeó las sienes—. Sentía todo de todos. Fue demasiado.

—Fue el zumo —dije—. Ella misma lo admitió.

Sacudió la cabeza.

—No —replicó Vanessa, aunque luego dudó—. Bueno, no lo sé. Podría ser, también. Pero creo que potenció mis poderes.

Así que también tenía poderes. Genial.

—¿Qué poderes tienes exactamente?

Me arrepentí de inmediato de mostrar interés.

Ella sonrió con solo un lado de la boca, dándose cuenta de mi reacción.

—Siento lo que sienten los demás —respondió.

Luego guardó silencio.

—Suena horrible.

Sonrió a medias, y pareció que escogía con cuidado sus siguientes palabras.

—A veces también puedo modificarlo. Influir sobre lo que sienten. Dirigir sus elecciones, podría decirse.

—¿Hipnotizarlos?

—Nunca lo he llamado así, pero… sí, algo parecido. —Arrugó la nariz—. Más sutil.

—Ni se te ocurra usarlo conmigo, ¿entendido?

Tosió, pero estaba claro que se estaba riendo.

—¿De verdad crees que te estoy hipnotizando? Si lo hiciera, ya habrías dejado de mirarme como si tuviera cuernos y decir que huelo a azufre.

—Hace mucho que no lo hago.

—Tu cara te delata.

Por un brevísimo instante, pensé en lo que acababa de decirle. Desde lo ocurrido tras la cena, mi única prioridad había sido mantenerla viva hasta que despertase. Sangre demoníaca o no, era mi responsabilidad.

Alguien llamó suavemente a la puerta.

Me levanté y descorrí el cerrojo.

Al otro lado estaba Christine, con uno de sus vestidos de gasa negra, tan inquietante como el anterior.

—¿Venís a desayunar? Landy ha preparado gofres con mermelada. ¡Le salen deliciosos!

—¡Enseguida! —contestó Vanessa—. Danos un minuto para arreglarnos y salimos.

Christine asintió y cerró la puerta.

Ni siquiera había preguntado si Vanessa estaba bien. Probablemente estaban acostumbrados a los efectos secundarios de su repugnante brebaje.

Esperé a que sus pasos se alejaran y me acerqué a Vanessa. Sabía que, una vez saliéramos a desayunar, sería difícil encontrar un momento para hablar a solas.

—Ayer revisé toda la casa —dije en un susurro.

Abrió los ojos de par en par, intrigada.

—No hay nada raro. —Alcé una mano antes de que me contradijese—. Nada aparte de ellos, claro. Casi todas las estancias están abiertas. Hay pocas donde puedan estar escondiendo algo de valor.

—Algo como…

—Un prisma. Una llave. Sí.

—¿Y entonces?

Me lo pensé un instante.

—Es cierto que no entré en los dormitorios, pero duermen con la puerta abierta, así que               quedan descartados. Todos excepto uno.

—El de Christine —adivinó Vanessa.

—Correcto.

—He estado ahí. Es bastante austero, pero lo cierra con llave. Hay algunos cajones y armarios, poca cosa. Pero podría ser.

—Por otra parte, podría ser “solo” una secta. Nada sobrenatural.

Ella negó con la cabeza.

—No. Yo anoche sentí cosas. Cosas… difíciles de explicar.

—Lo sé —dije—. Yo también lo siento.

—Entonces solo hay dos opciones. Si tienen algo, o bien está bajo llave en la habitación de Christine, o bien…

—O bien lo guardan en otra parte.

—Eso es.

—Entonces… —Miré hacia la puerta y comprobé que no se escuchaba a nadie al otro lado, en el pasillo—.

Entonces supongo que debemos quedarnos a su fiesta de esta noche y tratar de investigar un poco más.

Seguramente, se reunirán en la terraza para cenar, y no quedará nadie en los dormitorios.

Pero el de Christine seguirá cerrado, así que no tengo ni idea de cómo podríamos colarnos dentro.

Vanessa sonrió, y sus ojos refulgieron con una luz que no era de este mundo.

—Eso déjamelo a mí. Tengo una idea.