Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 11
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Vanessa

La pequeña Dolores llevaba un vestido de algodón crudo, remendado en los codos y algo corto para su edad.

La tela, lavada demasiadas veces con jabón casero, había perdido el blanco original y tendía a un tono suave entre marfil y ceniza.

Bajo el vestido asomaban unos calcetines de lana desparejados y unas alpargatas gastadas, manchadas de la tierra seca del patio, donde solía correr tras los gatos o jugar con su hermana, Eulalia.

En el fogón, la tía Inés removía lentamente una olla de hierro. Tenía manos fuertes, de mujer acostumbrada a fregar en agua fría y a levantar peso sin quejarse. Dolores no sabía cuántos años tenía su tía. Ella decía que noventa, pero a la niña no le parecía mucho mayor que las madres de sus amigas.

—Dolores —dijo la tía Inés sin girarse—. No estés tan pegada al suelo. No es bueno sentarse en las baldosas frías.

La niña no respondió. Estaba sentada en el suelo de la cocina, junto a la pata de la mesa grande, con la espalda encorvada sobre un libro abierto.

Le gustaba estar allí. La cocina era el corazón de la casa. Hacía menos frío, y siempre había alguien. También le gustaba el olor a leña, a guisos campesinos y al jabón con el que su tía hervía la ropa en el caldero.

Pasó con cuidado la yema del dedo por una ilustración del libro: una mariposa de alas vistosas, abiertas como una pequeña llama de fuego.

También le gustaba mirar el tomo ilustrado de ciencias naturales, lleno de criaturas extrañas y hermosas.

A veces pensaba que ella también era una criatura distinta, aunque no especialmente hermosa.

Si lo hubiera sido, su madre no la habría dejado con la tía Inés cuando apenas tenía dos años.

—¿Me oyes, criatura?

La mujer echó un vistazo a las flores silvestres de una jarra de loza. Estaban secas. Las sacó y las tiró al montón de restos, en una esquina del patio.

—Sí, tía… —murmuró Dolores, sin apartar la vista.

—¿Otra vez con eso?

Inés removió una última vez la olla, dejó la cuchara y se secó las manos en el delantal antes de acercarse.

Dolores alzó la vista, con los ojos brillantes.

—Mira qué mariposa tan bonita —dijo, soñadora—. Ayer vi una igual en el patio, volando por los rosales.

—Todavía no me has pelado esas judías verdes. ¡A este paso, comeremos a las cinco!

—Ya, pero tía, ¿has visto qué alas tan curiosas? En el dibujo parecen grises, pero al sol son naranjas… como un círculo de fuego. ¿Te has fijado? Me encantan las mariposas…

Inés resopló.

—Tú lo que tienes son demasiadas mariposas en la cabeza, Dolores. Deja ese libro y ven a ayudarme.

—¿Te imaginas ser una mariposa? Volar a sitios lejanos… oler las flores…

—Venga, mariposita, levántate de ahí —dijo la mujer, quitándole la pesada enciclopedia para dejarla sobre la mesa, fuera de su alcance—. ¿Dónde se habrá metido tu hermana? ¿Es que tengo que hacerlo todo yo sola? —se volvió hacia el patio—. ¡Eulalia! ¿Has terminado de tender la ropa?

—¡Tía, ayuda! —gritó Eulalia desde fuera—. ¡Aquí hay muchas abejas!

Inés suspiró. No era fácil criar a dos niñas pequeñas de la misma edad, que ni siquiera eran suyas, cuando ambas eran tan distintas. Y tan melindrosas.

Con pasos pesados, la buena mujer salió a buscar a la otra hermana melliza y dejó a Dolores sola en la cocina.

Esta se encogió de hombros, pero no se levantó ni se puso a hacer la tarea que le habían encomendado.

Tía Inés la obligaba a cortar la punta de las judías verdes y después sacar los hilos.

Decía que, si no, al hervirlas quedaban leñosas y lo estropeaban todo.

A Dolores eso le daba igual. No notaba la diferencia.

Le parecía una pérdida de tiempo, cuando podría haber estado dibujando, o acariciando al gato naranja y gordo que siempre venía por las tardes.

Su mente se fue a otro sitio, como solía ocurrirle demasiado a menudo.

Pensó en esa preciosa mariposa de alas negras y naranjas, cuyo nombre la fascinaba: Vanessa atalanta .

Sonaba mágico, importante. No como el suyo: Dolores Martínez .

¿Por qué le habían puesto el nombre de algo malo, que solo recordaba al sufrimiento?

La palabra dolores le traía imágenes de cosas malas, de enfermedades y medicinas.

Dolores no entendía por qué alguien querría llamar así a su hija.

Un día, se cambiaría ese nombre tan triste.

Se llamaría Mariposa, o Sol, o Llamarada.

La tía Inés decía que eso no podía ser. Que uno no podía tener nombres de cosas; solo de santas.

Era gracioso, porque Inés nunca rezaba, y solo iba a misa para que en el pueblo no las criticasen más todavía.

En un sitio tan pequeño, dos niñas sin padre ni madre, criadas por una mujer soltera a quien tildaban de bruja, siempre alimentaban los cotilleos.

Dolores encontró un trozo de carbón, escapado de los fogones, y se puso a juguetear con él. Perdida en sus fantasías, comenzó a trazar sobre las baldosas una forma circular. Trazó el dibujo despacio, concentrada.

No se dio cuenta de que su tía y su hermana gemela la estaban observando en silencio desde la puerta del patio.

Eulalia vestía igual que su hermana, pero su ropa estaba mucho más limpia y bien puesta.

Llevaba el cabello negro recogido con una cinta roja y sostenía la cesta de la colada, ahora vacía.

Tras ella, Inés tenía una mano sobre su hombro.

Eulalia abrió la boca para decir algo, pero Inés la hizo callar.

Sus ojos, atentos, seguían cada movimiento del dedo de Dolores sobre el suelo.

—Ya lo está haciendo otra vez —murmuró Inés, preocupada.

Eulalia miró hacia el suelo, donde su hermana canturreaba junto a la pata de la mesa en un idioma extraño, y dibujaba cosas con aire distraído.

El círculo negro estaba casi cerrado. A su alrededor, Dolores comenzó a dibujar otros, más pequeños.

Inés carraspeó, intentando sacar a la niña de su trance.

—Dolores —dijo con voz firme—. ¿Qué haces?

La pequeña negó con la cabeza, sin dejar de dibujar. Ni siquiera las miró, y siguió canturreando, perdida en su mundo.

—Niña, ¿qué dibujas?

—No lo sé. Me sale solo.

El silencio se volvió espeso, e Inés contuvo la respiración.

Desde el patio llegó el cacareo de una gallina y el golpe seco de una puerta movida por el viento.

De pronto, Inés perdió la paciencia. Se acercó a zancadas y borró el dibujo con el pie a toda prisa.

—No vuelvas a dibujar eso, ¿me oyes?

Dolores alzó la mirada, con cara de haber despertado de golpe. Su tía no solía hablarle así.

—¿Por qué, tía? —preguntó con voz inocente.

La mujer dudó un instante. Relajó la postura. Se notaba que se sentía mal por haberle gritado a la niña.

—Porque hay cosas que llaman cosas —respondió al fin, con un tono más suave—. Y no todo lo que responde es bueno.

Dolores miró el suelo borrado, manchado de polvo negro. No entendía qué había hecho mal.

Luego, sin decir nada, se levantó, se encaramó a una silla y volvió a abrir su libro sobre la mesa, por la página de su mariposa preferida:

Vanessa Atalanta.

Era tan bonita...

Pasó el dedo sobre las alas, trazadas en líneas grises. Ella sabía que eran negras y naranjas, con motas blancas, porque las había visto revolotear entre las flores del patio.

—¡Dolores, las judías! —gritó tía Inés. Había desesperación en su voz por el poco caso que la niña le hacía.

—Sííí… ya voy —respondió ella con muy pocas ganas.

Dolores dejó el libro, resignada, y fue a buscar el bol con las verduras ya lavadas.

Mientras trabajaba, con dedos torpes y pequeños, sonrió. Y soñó con el día en que se convertiría en una mariposa y volaría muy lejos de aquel lugar tan pequeño y limitado, para hacer cosas mucho más importantes que pelar un cuenco de judías.