Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 10
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Vanessa

Me sentía bastante contenta. Mi plan estaba yendo bien, casi demasiado.

Me puse el pijama negro, agradeciendo que Alistair hubiera salido. Después bebí un poco más de zumo de piña. Hacía calor esa tarde. Miré el reloj: era ya casi hora de cenar. Estaba a punto de salir cuando Alistair entró en la habitación con cara de haber visto un fantasma.

—¿Todo bien? —pregunté en voz baja.

Él negó con la cabeza.

—Se han llevado nuestros teléfonos.

Alcé una ceja.

—¿Has buscado bien?

Asintió con aire lúgubre.

Eso no estaba en mis planes, pero tampoco era el fin del mundo. Por mucho que rebuscasen, no encontrarían ningún mensaje mencionándolos a ellos ni a nuestros planes. Teo siempre se cuidaba de llamar por teléfono y no escribir nada. No era ningún principiante.

—¿Tienes algo… incriminatorio? —pregunté, mirando a Alistair con los ojos entrecerrados.

—¿Me tomas por idiota? Claro que no.

—¿Entonces a qué viene tanto drama?

—Es una prueba de que esta gente no es de fiar.

—¡Shh! —Lo fulminé con la mirada y continué en voz bajísima—.

Claro que no lo son. ¡Por eso estamos aquí, cabeza hueca!

Nuestro trabajo es que piensen que somos una pareja de crédulos inocentes.

Es lo único que hará que se suelten. Si esconden algo, es más fácil que nos lo cuenten si piensan que somos tontos.

A Alistair prácticamente le salía humo por las orejas de furia, pero no contestó. Entretanto, terminé mi vaso de zumo.

—No deberías beber eso.

—Ya te he dicho que no tiene nada de malo.

—Todo aquí es malo.

—Es hora de cenar. Debemos salir. Haz el favor de comportarte, ¿quieres?

Alistair apretó la mandíbula y sacudió la cabeza como si estuviera loca.

No lo estaba. Simplemente, me parecía lógico aprovechar la noche para averiguar lo máximo posible.

Cuanto antes descubriéramos qué ocultaban Christine y sus amigos, antes podría regresar a mi casa y a mi tienda, y seguir con mi vida.

Salimos por el pasillo, que en un punto era demasiado estrecho para pasar los dos.

Ambos nos detuvimos, dudando. Dio un paso, y yo lo di a la vez.

Chocamos. Se apartó, y su mano terminó en mi cintura con el enredo.

Tardó un segundo más en quitarla. Habría jurado que se puso rojo.

Solté un bufido, pasé y él fue detrás de mí, sin decir nada más.

Cazadores. Mucha espada, poca cabeza.

En la terraza, bajo el porche, algunas personas se habían sentado ya a la mesa: todos llevaban el pelo corto o recogido, y vestían ropas oscuras como las que nos habían prestado. Conté unas veinte sillas.

En el extremo más alejado se encontraba Christine, presidiendo la mesa. A su derecha había dos espacios vacíos, y me llamó sacudiendo la mano en el aire.

—Aquí. Los invitados de honor a mi lado —dijo.

Empezaba a oscurecer. Alguien encendió unas velas; también iluminaron la terraza con farolillos, que oscilaban con la brisa cálida del anochecer.

La casa era hermosa, pero el ambiente tenía algo artificial, como si alguien hubiera intentado recrear una postal de paz y armonía pero sin entender muy bien cómo era la gente normal.

Empezó a llegar gente, y de pronto me pregunté qué haría si volvía a encontrarme al tipo rubio que había montado el revuelo en el Serenata, y este me reconocía.

A nuestro alrededor, todos se fueron sentando. Hablaban en voz baja. Nadie gesticulaba. Nadie discutía. Todos evitaban la mirada de Christine. Me pregunté si seguía en España, o me había teletransportado a algún país frío y distante.

Era todo… demasiado perfecto.

Ya parecían estar todos, y no había ni rastro del tipo rubio. No supe si alegrarme o preocuparme por lo que pudiera haberle pasado.

Un par de personas se quedaron de pie y se pusieron a servir la mesa; entre ellas la chica que nos había servido el zumo al llegar, Faria, y el tipo gigantesco y peludo que cortaba la carne cuando entramos en la cocina: Landy.

Sirvieron platos sencillos: estofado de carne con cebolla, verduras asadas y pan.

—¿No tienes sed? —le preguntó Christine a Alistair, observándolo con una sonrisa tensa.

—Estoy bien, gracias —respondió secamente.

A Christine no le gustó la respuesta.

—Comed, por favor —susurró Christine—. Espero que no os importe. Tenemos la costumbre de comer en silencio. Pero hablaremos después.

Todos empezaron a comer en un silencio sepulcral bastante inquietante, en el que se podía escuchar hasta el zumbido de los mosquitos. Una mujer a mi lado sorbía su sopa con ruidos desagradables. Nadie miraba a nadie, y el ambiente se volvía más denso a cada minuto.

Cuando todos vaciaron sus platos, los voluntarios comenzaron a recogerlos, y una campanilla sonó desde el interior de la casa.

Un murmullo se elevó desde algunas partes de la larga mesa. Empezaron a hablar entre ellos de nuevo, y decidí que era un buen momento para investigar un poco.

—Christine… —La mujer se giró hacia mí con una sonrisa bonachona—. ¿Vivís todos en la casa? ¿O la gente va y viene?

Pestañeó como una muñeca de porcelana.

—No sé qué quieres decir.

Sí que lo sabía. Se le notaba en la cara.

—Quiero decir… ¿están aquí todos los miembros de vuestro… —dudé—, de vuestro grupo ? ¿O falta alguien?

—Oh. —Se lo pensó—. La gente no suele abandonarnos, no. —Negó con la cabeza, agitando la trenza—. A veces, alguno asciende. Lo enviamos a difundir nuestro mensaje, y su deber es salir al mundo. Pero, por lo demás, estamos todos muy a gusto. No hay motivo para marcharse.

—Pero algunos vienen solo un día o dos, como nosotros. ¿No? En internet aparecéis como casa de retiros.

—Ah, sí, claro. Eso sí. —Sonrió—. Pero, hasta ahora, todos se acaban quedando. Ya entenderás por qué. Somos una comunidad muy unida. Cuidamos los unos de los otros.

A mí, más bien, me parecían una comunidad aterrada de miedo. Al menos, la mitad de los presentes. La otra mitad parecían abusones de instituto que mantenían al resto a raya. Pero quizá me equivocase.

—¿Y cuál es exactamente vuestro mensaje? —pregunté, con voz tan calmada como pude—. ¿Qué es eso que enseñáis y difundís?

Christine ladeó la cabeza, pensativa. Abrió la boca para decir algo, pero justo en ese momento se le acercó Faria y le tocó el hombro.

—Es hora —anunció la joven.

—Luego hablamos —me dijo Christine—. Aunque creo que lo irás entendiendo tú sola.

Dos hombres, Xavier y Landy si recordaba bien sus nombres, trajeron a un tercero. Caminaba por su propio pie, pero cada uno le sujetaba un brazo y tenía la mirada perdida, como si acabara de despertarse. Lo sentaron en una silla en el centro del patio.

Alistair se removió a mi lado.

—¿Qué mierda es esto? —susurró.

No contesté.

Primero, porque me pareció que me había sentado mal la cena, y mi estómago no paraba de hacer ruidos.

Y, segundo, porque Christine tenía razón. No sabía cómo, pero empezaba a entenderlo todo sin que me lo explicaran.

La sensación era extraña: casi de clarividencia.

Todo empezó a ocurrir frente a mis ojos, pero sentí como si una voz narrase la escena en el fondo de mi mente. Como si estuviera viendo un documental.

Christine avanzó despacio. Le limpió las manos al hombre con un paño húmedo.

Le habló en una lengua extraña que removió algo en mi interior.

Una lengua que no había oído nunca, pero que presentía que, con un poco de esfuerzo, podría haber entendido.

Luego alguien más dibujó símbolos en su piel con una pasta blanquecina.

Se escuchó un sonido hirviente, como un trozo de carne al freírse en aceite. El hombre empezó a gemir de dolor, y sentí ganas de apartar la mirada, pero no lo hice.

«Es por su bien», susurró la voz del narrador en mi cabeza. «Es lo que él más desea.»

El dolor del hombre, poco a poco, se fue convirtiendo en alivio. También pude sentir eso. Sollozaba como alguien que por fin ha dejado de cargar con algo demasiado pesado. Sus hombros temblaron y comenzó a respirar a trompicones. Luego, poco a poco, se fue quedando vacío.

«Vacío de ti… lleno de Él», susurró la voz.

Sentí una enorme alegría, sin saber por qué.

Alistair, en cambio, apretó los puños.

Cerré los ojos.

No quería escuchar esa voz en mi cabeza a la que no había invitado.

La voz insistía en que debía estar feliz por aquel hombre, cuando mis ojos y mi intuición me decían que algo terrible estaba sucediendo. Mi intuición, enterrada, gritaba que debería estar haciendo algo para impedirlo.

Escuché el pensamiento colectivo de todos los demás, y la manera en que le aplaudían en silencio: «Hermano, hermano, ahora eres digno de difundir el mensaje.»

Alistair se inclinó hacia mí y murmuró:

—Hay una grieta justo aquí. No hay duda. Es un nodo tan potente que me está poniendo enfermo. ¿Pero qué clase de idiota se dejaría hacer eso?

La respuesta me salió automática, sin pensarla.

—Es un ritual de transferencia —dije.

—Querrás decir “ritual colectivo de posesión”.

Tragué saliva. Sí, quería decir eso, pero la voz en mi cabeza no me dejaba llamarlo así.

—Es una especie de religión. A ellos…. les gusta recibir a las sombras en su cuerpo. Es una especie de honor.

—¿Cómo leches sabes eso? ¿Acaso tú también lo practicas?

Sacudí la cabeza.

—¡No! Nunca había visto algo así. Pero lo sé. Es como si alguien me lo estuviera explicando en voz baja.

—Yo no oigo nada. —Noté que se ponía en guardia, y su mano buscó la espada que ya no estaba—. ¿Me estás diciendo que oyes voces?

—No sé. Es… raro.

De pronto, el hombre se desplomó, exhausto, y dos personas se lo llevaron sin decir palabra.

Christine sonrió hacia donde estábamos todos y se limpió las manos en el vestido. Luego regresó a su silla, a nuestro lado.

—Mañana estará mejor —me dijo en tono de confidencia—. Es un ritual muy intenso. Ayuda a dejar atrás lo malo, y a empezar una nueva vida con fe y con paz. Aunque supongo que ya lo sabéis, ¿no?

Pestañeé. No entendí a qué se refería.

Christine señaló la jarra de zumo.

—Todos lo bebemos. Nos ayuda a estar más conectados y a formar parte de la unidad sagrada. ¿No lo habéis notado? Es maravilloso. Nos une sin palabras.

Tragué saliva, sintiendo que el dulzor del zumo me quemaba la garganta.

Así que era eso.

Esa bebida había conjurado aquella voz que narraba todo lo ocurrido.

Me dieron ganas de vomitar solo de pensarlo. ¿Qué me habían dado? ¿Por qué había sido tan idiota para bebérmelo?

Alistair me miró con ojos centelleantes, que decían a gritos: «¡Te lo dije!». Mierda.

Alistair tenía razón desde el principio.

Si esa voz no dejaba de torturarme, iba a volverme loca.

Christine debió de leer mi rostro, porque rio y agitó la mano en el aire con indiferencia.

—Ah, no pongas esa cara. ¡No es nada, tranquila! Es solo parte del ritual. Sirve para sentir lo que todos sienten. Nos ayuda a ser uno. Mañana se habrá disipado… no te preocupes.

—Creo que me estoy mareando —dije, sintiéndome cada vez peor del estómago.

Cuanto más pensaba en lo que había tomado, más enferma me sentía. No quería escuchar esas voces. No quería ser parte de su ritual horrible.

—Nos vamos a casa —sentenció Alistair con aire desafiante—. Vamos, levanta.

Traté de levantarme, pero todo me daba vueltas. Me apoyé en la mesa.

—Necesito sentarme un momento.

—¡Nos vamos! Camina. Yo te cubro.

—No necesito que me cubran… —repliqué con voz pastosa.

—No te estoy preguntando.

Alistair tiró de mi mano y me llevó hacia la puerta metálica. Me costaba caminar. Me sentía borracha y andaba haciendo eses.

Al llegar a la puerta, esta no cedió.

—Está cerrada con llave. ¡Abrid!

La voz de Christine me llegó, lejana, como bajo el agua.

—Lo siento. No podemos abrir a partir de la puesta del sol. Son las normas de la comunidad. Pero podéis marcharos en cuanto amanezca.

Me apoyé sobre el costado de Alistair y busqué su oído para susurrarle, con las fuerzas que me quedaban.

—Alistair. Debemos quedarnos un día más. Necesitamos quedarnos… No hemos terminado todavía.

Cerré los ojos, y la casa se desvaneció.