09
Alistair
La tía rara de pelo corto y vestido largo no paraba de mirarme desde la otra punta de la mesa.
Y no porque tuviera ganas de conversar conmigo.
Para nada. Ni siquiera abrió la boca en todo el rato.
Me daba muy mal rollo, más aún con aquella ropa oscura, que parecía de luto.
Me observaba con los brazos cruzados, la espalda recta y los ojos clavados en mi vaso, como si estuviera esperando a que me lo bebiera y me desplomara en cualquier momento.
Por la forma en que seguía cada movimiento de mis manos y de mis labios, no me quedó duda de que había echado algo ahí dentro y estaba aguardando a que surtiera efecto.
No pensaba darle ese gusto.
No di ni un solo sorbo. Dejé el vaso intacto frente a mí, como un desafío silencioso. La del pelo corto, por su parte, parecía cada vez más incómoda, como si mi resistencia estuviera estropeándole el plan.
Al menos teníamos algo en común.
A ninguno nos gustaba cómo estaba yendo la tarde.
Saqué el móvil con cuidado y, aprovechando que nadie me prestaba atención, le escribí a Svein:
«Vanessa está dentro. De momento, todo bien. Son una panda de frikis, pero no parecen peligrosos.»
Era mentira.
Sí que parecían peligrosos. Pero no de una forma abierta o visible que pudiera demostrar. Era solo una sensación; una incomodidad en lo más profundo del estómago.
Guardé el móvil cuando sentí movimiento a mi derecha.
Vanessa apareció de nuevo en la terraza, acompañada por la inglesa descalza de la trenza canosa.
Christine.
Había conocido ya a dos mujeres con ese nombre, y con ninguna habían terminado bien las cosas.
Vanessa y Christine hablaban en voz baja. Demasiado baja para entender lo que estaban diciendo. Cuando Vanessa me miró, supe que algo había cambiado.
No supe qué, pero lo noté.
—Nos invitan a cenar —anunció con absoluta calma.
Suspiré.
Claro que sí.
Era justo lo que nos habían mandado hacer, ¿no? Colarnos dentro. Descubrir qué tenían, y qué estaban haciendo. Y por qué un pirado con síntomas de posesión demoníaca se había escapado precisamente de esa casa.
—Qué alegría —respondí, sin el menor entusiasmo.
La inglesa sonrió, encantada. Debía de llevar mucho tiempo en Ibiza si había olvidado cómo interpretar la ironía británica.
—Será algo sencillo. Espero que no os importe. Nos gusta la sencillez —recalcó.
Lo dijo mirando de reojo mi chaqueta, como si fuera una ofensa personal.
—Me gustaría enseñaros la casa —dijo con tono casual—. Es muy bonita. Lo único, aquí no usamos… eso.
Señaló mi teléfono móvil, casi tímida.
—Lo guardaré. No hay problema —contesté metiéndolo en el bolsillo.
Christine sacudió la cabeza.
—No, es por el ruido mental. Y por la radiación electromagnética. La gente viene aquí a descansar, a desconectar del mundo, a convertirse en parte de algo mucho más grande…
Me habría gustado ser sincero y decirle todo lo que estaba pensando, pero sabía que el plan pasaba por seguirle la corriente.
La chica de la esquina se acercó con una cesta de mimbre y me la tendió como si esperara una ofrenda.
—Los ponemos aquí antes de entrar a la casa —explicó Christine—. No os preocupéis, Faria los dejará en el recibidor. Podéis mirarlos siempre que lo necesitéis, pero solo en esa estancia designada. —Rio—. Esto no es una cárcel ni nada.
Vanessa sonrió, aunque se le notó a la legua que aquello la incomodaba tanto como a mí.
—Vamos, Vanessa, el tuyo —la animó Christine, y señaló hacia el interior de la casa—. Os mostraré dónde los guardamos.
La seguimos al interior de la casa. El recibidor era angosto y oscuro, con un gran armario viejo de madera maciza y un par de estantes bajos llenos de zapatos.
—Los zapatos aquí, por favor —ordenó Christine.
Estaba empezando a estar hasta las narices de tantas órdenes.
Nos llevó por un pasillo estrecho y viejo, lleno de puertas. Sobre muchas había símbolos dibujados con tiza.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Son símbolos de paz y amor —contestó alegremente—. Los ponemos en las puertas de los dormitorios para descansar mejor.
Vanessa frunció el ceño y me pareció que negaba con la cabeza.
Llegamos hasta una cocina. Era grande, y algo sucia. Muchas ollas bullían al fuego, y cuatro o cinco personas, todas vestidas con ropas largas y negras, trabajaban pelando fruta o removiendo cosas.
Uno de ellos, tan ancho como alto, cortaba un costillar gigantesco con un hacha. Cuando entramos estaba dando un hachazo sobre la carne, y la sangre le salpicó el rostro.
—Nuestros cocineros voluntarios —los presentó Christine. El de la carne se limpió la sangre del rostro con una mano peluda y nos miró con aspecto poco amistoso—. Ese es Landy. De profesión, carnicero. ¡Nos es de gran ayuda! También cuando hay que mover cosas pesadas, ¿verdad, Landy?
Sí.
Se me ocurrían muchas cosas pesadas que Landy podría haber movido con muy poco esfuerzo. Por ejemplo, un mastodonte muerto.
Seguimos por una escalera desgastada.
—Arriba hay más dormitorios, y también la sala espiritual, que ocupa toda la buhardilla. Venid. Os gustará.
—¿Qué es una sala espiritual? —preguntó Vanessa con naturalidad, siguiéndola por la escalera.
—Lo veréis enseguida. Pero debo hacer algo antes de entrar.
Christine recogió la mano en un puño, se tocó la frente con él y luego lo bajó hacia el suelo, como si tirase de una cadena invisible.
— Por lo que fue, por lo que volverá, por lo que aún nos espera —recitó con voz robótica—. Seamos dignos.
—¿Perdón? —dijo Vanessa confundida.
—Es profundo —replicó la otra mujer sin explicarse.
Alcé las cejas. No sabía cómo iba a aguantar una cena entera con esa mujer. Y en esa casa apestosa.
—Es… interesante —respondió Vanessa con educación—. ¿Qué significa?
—Es parte de nuestra liturgia —aclaró Christine—. Es cortés recitarlo antes de entrar en la sala espiritual. Si queréis, podéis hacerlo también. Pero basta con hacer el gesto. Mirad, así: movemos la mano desde la frente, hacia las profundidades.
Vanessa imitó el gesto, no muy convencida.
¿Pensaba hacer cualquier estupidez solo para complacer a aquella loca de la trenza?
Yo, desde luego que no.
Mi especialidad era cargarme demonios, no lamer culos a fanáticos. Nunca se me había dado bien lamer culos, y no pensaba empezar con casi cuarenta años.
Fingí mirar hacia otro lado. Ni muerto iba a formar parte de esa mierda, fuera lo que fuese. Las reté con la mirada a decirme algo.
No lo hicieron.
Christine abrió una puerta más grande y nos mostró la supuesta sala espiritual: una habitación con el suelo de cemento gris, donde un par de raritos estaban tumbados en el suelo sobre toallas, con los brazos en cruz y los ojos cerrados.
La sala se encontraba bajo las vigas del viejo tejado, y en ella hacía un calor asfixiante.
—Mejor vamos abajo —dijo Christine para mi alivio—. Pronto será la hora de cenar. Voy a buscaros un sitio donde podáis descansar media hora y cambiaros.
—¿Cambiarnos? —preguntó Vanessa.
—Para que estéis más cómodos. —Christine se encogió de hombros—. Y para que no desentonéis tanto.
Soltó una risita y bajó la escalera con una agilidad sorprendente. Regresamos a la planta baja y empujó una de las puertas que no tenían símbolos.
—Podéis usar este cuarto. Era de una pareja que nos visitó un tiempo, pero se… —dudó—, se marcharon hace unos días. Está libre.
La estancia era sencilla: dos camas individuales, una a cada lado, separadas por una mesita de noche y un ventanuco. A un lado había un armario viejo, y entre las camas, una alfombra algo descolorida cubría el suelo de baldosas rotas.
—Gracias, aunque no nos importará esperar en la terraza —dijo Vanessa—. No necesitamos una habitación.
—No, insisto. Venid. Es mejor que estéis aquí hasta que os presente a los demás. Tendréis más intimidad.
Por detrás apareció Faria, como una sombra.
Esta vez traía una pila de prendas oscuras plegadas.
¿Cómo lo hacía? ¿Llevaba un pinganillo oculto en la oreja, o qué? ¿Y por qué hablaba tan poco?
—Gracias, Faria —dijo Christine—. Me lees la mente.
—Se giró hacia nosotros—. Poneos eso. La cena será a las ocho y media; no falta mucho.
Mientras tanto, podéis descansar o explorar la casa.
Si necesitáis usar el baño, hay dos, uno en cada extremo del pasillo.
Y si tenéis sed, tocad esa campanita —Señaló una campana oxidada y vieja sobre una cómoda—.
Faria os traerá más zumo. De momento, ahí tenéis una jarra.
Cuando la mujer salió y cerró la puerta, Vanessa se tiró sobre una de las camas bocabajo.
—No pienso probar ese zumo —murmuré, señalando la jarra—. Huele raro.
—Ah, es solo zumo de piña —respondió ella, con el rostro enterrado en la almohada—. Yo he bebido y estoy bien. No te vas a morir.
—Me voy al baño a beber del grifo.
—Haz lo que quieras. Pero ponte la ropa que nos han dado antes de salir. Ya has oído a Christine.
—No me gusta. Prefiero la mía.
—¡Por todos los diablos, Alistair! ¡Ya dije que sería mejor que esperases fuera! Si vas a quedarte aquí, tendrás que cooperar. No me ayudas para nada si te dedicas a poner cara de asco y te niegas a seguirles la corriente.
—¿Te parece normal que nos quiten el móvil?
—¿Te parece normal que no pares de quejarte? He visto niños de dos años más dóciles que tú.
La rabia comenzó a subirme por la garganta, pero no le contesté.
Elegí el pijama más grande de los dos que nos habían dado y lo metí, hecho un ovillo, bajo el brazo.
Después salí del dormitorio, dispuesto a cambiarme en el baño.
Obviamente, no iba a hacerlo delante de ella.
Bebería agua y luego echaría un vistazo por la casa mientras esperábamos a la hora de la cena, aprovechando que a la inglesa no parecía importarle.
Antes de entrar en el lavabo me desvié hacia el recibidor. Quería echar un vistazo a mi teléfono, comprobar si Svein me había contestado, y de paso informar a Teo de que ya estábamos dentro.
Sin embargo, no pude hacerlo.
La cesta seguía ahí, pero estaba vacía.
Nuestros teléfonos móviles ya no estaban.