Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 08
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Vanessa

Por primera vez desde que había aceptado el encargo de ese peculiar vestido, sentí que aquello había dejado de ser un simple encargo de costura y se estaba convirtiendo en un juego peligroso.

No lo comprendí por nada concreto que dijera Christine, ni por la manera en que me miraba: en sus ojos había solo amabilidad, y sus palabras eran siempre dulces y atentas.

Fue una sensación más antigua, más primitiva.

Esa certeza incómoda que se instala bajo la piel cuando el cuerpo entiende algo antes que la cabeza, y que casi nunca falla.

Caminé tras la mujer por un pasillo estrecho, con paredes irregulares y cuadros colgados sin orden ni concierto.

Muchos mostraban fotografías antiguas: gente sonriendo, círculos de personas cogidas de la mano, hogueras…

Los rostros iban y venían; casi nunca se repetían los mismos.

Como si desapareciesen a menudo. Como si la gente se quedase poco tiempo en la supuesta casa de retiros, lo cual habría sido totalmente lógico, pero algo me dijo que no lo era.

La trenza de Christine danzaba, suelta, como un reloj de péndulo sobre su espalda. Todo en ella era alegría y calma. Y, sin embargo, su sola presencia me inquietaba más a cada instante.

Se detuvo en una habitación al fondo de un largo pasillo, y abrió la puerta con otra llave.

Dentro olía a incienso, a velas y a algo desagradable que no supe identificar, pero que me recordó al olor de los desagües cuando dejas la casa vacía durante mucho tiempo.

Tenía una cama sencilla, un biombo de madera tallada y un espejo viejo apoyado contra la pared.

Sobre una silla descansaba un montón de ropa y collares, casi todo negro o marrón oscuro.

—Deja la bolsa ahí, si quieres —dijo, señalando los pies de la cama—. Ahora vuelvo.

Me quedé sola unos segundos. Me senté al borde del lecho, a falta de un sitio mejor. El aire vibraba raro, como si tuviera un zumbido eléctrico. Cuando Christine regresó, llevaba dos vasos de cristal con un zumo de color amarillo.

—Bebe, hija —me ofreció—. Hace demasiado calor para tenerte aquí sin un poco de hidratación.

Tomé el vaso sin beber. A decir verdad, me daba un poco de reparo.

—Este es un lugar… peculiar —dije, midiendo las palabras.

Christine sonrió con suavidad.

—Eso nos dicen siempre. Pero muchos de los que vienen de paso terminan quedándose. Cuando empiezas a entender lo que hacemos, comprendes que aquí todo es más sencillo. Más honesto. Somos una gran familia.

Se sentó a mi lado, cruzando las manos sobre el regazo con aire beatífico.

—Dime, Vanessa… ¿qué te trajo hasta aquí de verdad?

Parpadeé.

—¿Perdón? No entiendo la pregunta. Solo he venido a entregar el pedido.

Sonrió.

—Sabes que no es cierto. Algo más te ha traído hasta aquí. Podrías habérmelo enviado, pero viniste en persona, y no solo viniste, sino que has traído equipaje.

Me mordí el labio y suspiré. No había sido muy sutil, pensándolo bien. Respondí lo que Christine parecía estar esperando.

—No lo sé. Supongo que sentí una cierta… conexión entre nosotras.

Asintió, mirándome fijamente y sin hablar, de una forma sumamente inquietante.

—Sí. ¡Sí! Yo también —afirmó—. Deja que adivine. A menudo sientes que no encajas con el mundo de ahí fuera. Sientes que eres… diferente.

—Exactamente. Cada día.

Eso no era mentira.

Se levantó y caminó hasta el espejo.

—El mundo moderno está enfermo —continuó—.

Ha olvidado el ritmo natural de las cosas.

La muerte, el silencio, la espera. Ya no recuerdan dónde empezó todo, o a dónde podríamos llegar.

Hoy la gente tiene demasiado miedo de quedarse quieta, de mirar hacia dentro.

—Se volvió hacia mí—. Justo por eso nosotros estamos aquí.

Para recordar lo que un día fue. Para recuperar el equilibrio de las cosas.

Solo de escuchar ese discurso mi corazón ya estaba gritando: «¡Secta! ¡Huye!» mientras viejos traumas amenazaban con aflorar. Pero en vez de mostrarlo sonreí.

—No creo en las casualidades, Christine. Cuando escribiste preguntando por el vestido y sugeriste que viniera… supe que debíamos conocernos en persona.

Ella asintió, complacida.

—Nadie llega aquí por error.

El silencio se estiró entre nosotras.

—Vamos a hacer algo grande para el solsticio, ¿sabes? —continuó—. Creo que te gustaría venir al ritual. Me parece que iría mucho con tu… personalidad.

—¿Un ritual? —pregunté, fingiendo curiosidad inocente.

—Una celebración —corrigió—. Cantaremos, compartiremos comida, agradeceremos lo que hemos sido hasta ahora… y nos prepararemos para lo que vendrá. Son cosas muy importantes. Seguro que ya lo sabes.

Noté que me estaba encogiendo sobre mí misma. Me recordé que debería sentirme contenta: estaba a punto de conseguir una invitación oficial a aquella madriguera de misterio. Pero la inquietud era demasiado fuerte. Me costó dibujar una sonrisa falsa.

—Me… me encantaría verlo —dije—. ¿A qué hora será exactamente?

—Oh, no sé la hora exacta, pero lo celebraremos mañana por la noche. Aunque, si lo deseas, puedes quedarte ya hoy —replicó con naturalidad—. Hay espacio de sobra y mucho que ver y aprender. ¡Quédate a cenar con nosotros! Y tu compañero también. Los dos sois bienvenidos, por supuesto.

—Gracias, pero él no es muy… sociable.

—No importa —respondió con una palmada—. Los que más se resisten suelen ser los que más se entusiasman cuando terminan entendiendo.

Se levantó y me tendió la mano.

—Ven. Quiero que conozcas al resto.

—Pero… ¿y el vestido? No te lo has probado todavía.

—Habrá tiempo para eso después. Esto es mucho más importante.

La seguí de nuevo al exterior.

Faria estaba de pie con los brazos cruzados, en un duelo de miradas con Alistair. Él se puso de pie en cuanto me vio salir, y noté que se llevaba la mano a la cadera, donde ahora ya no había ninguna espada.

—Todo bien —dije, antes de que pudiera hablar y decir alguna tontería—. Nos invitan a quedarnos… a cenar.

Noté cómo se le tensaba la mandíbula.

—Qué alegría —dijo, y creo que nunca había oído una voz menos alegre que la suya.