Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 07 #2
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—Muy sencillo. Le llevamos un paquete a una mujer que vive allí: esa es la excusa.

Una vez dentro, yo me encargaré de todo.

Voy a camelarme a esa gente para que me dejen entrar en su mundo.

Fingiré que me fascina todo lo que hacen; normalmente, en este tipo de comunidades están sedientos de sangre fresca, y aceptan a cualquiera con cara de creérselo todo.

Vosotros dejadme en la casa y yo me encargaré de que todo salga bien.

—Teo exigió que entrara contigo —dijo Alistair, con cierto pesar en la voz.

—Será más fácil si voy yo sola —repliqué—. Me temo que va a ser difícil que te hagas pasar un jovenzuelo crédulo e inocente. Me estropearás el plan con esa cara de amargado.

—Las órdenes son mantenerte con vida. Sinceramente, no entiendo por qué tanto interés por eso. Pero me han contratado y me limito a cumplir lo que me mandan.

Exhalé, buscando paciencia en las profundidades de mi pecho.

—Mira, seamos lógicos —le dije—, Teo no podrá saber en qué lado de la valla estás, si ninguno se lo dice. Solo mantén la boca cerrada, y ya está. Te quedas fuera y, si necesito ayuda, ya te avisaré.

—Si un superior da una orden, un cazador la obedece —replicó Alistair con obstinación militar.

—¡A ver, señores, usemos el cerebro un mo-men-ti-to!

—grité, perdiendo la paciencia—. Puedo convencer a Christine de que me interesa su comunidad, o su secta, o lo que sea.

Pero, ¿cómo hacemos para que piensen que a los dos nos encanta lo que están haciendo ahí dentro?

Eso me duplica los problemas, ¿lo pillas?

Y lo siento, pero todo en tu aspecto grita: “Soy un mercenario pirado y odio todo lo que huele a sobrenatural”.

—¿Y si fingís que sois pareja? —soltó Svein alegremente.

—Sí, ¡se ve a la legua que nos llevamos de maravilla! —dije resoplando—. Es más, ¿por qué no paramos en el ayuntamiento y nos casamos ahora mismo, para darle más credibilidad a la coartada?

—¡Tampoco es preciso! —insistió el nórdico de las narices—. Se lo creerán sin muchas explicaciones. En mi opinión, parecéis el típico matrimonio que lleva veinte años casados. Nadie se extrañará si discutís un poco.

Sacudí la cabeza, asqueada solo de pensarlo.

Por suerte, Alistair puso la radio antes de que aquella conversación degenerara aún más.

Bordeamos Santa Eulalia y cruzamos el interior de la isla por carreteras estrechas y bordeadas por muros antiguos de piedra que delimitaban viñedos y campos de secano.

Tardamos una media hora en llegar al camino de tierra que se desviaba hacia la casa. El Defender avanzó levantando una nube de polvo seco a su paso.

Desde la distancia parecía una masía en ruinas, de esas que abundan en el interior de la isla. Pero conforme nos acercábamos, se veía que estaba ocupada y para nada abandonada.

Esta vez aparcamos junto a la verja, entre dos pinos torcidos y junto a un contenedor metálico que rebosaba de bolsas de basura.

—Idílico —dijo Alistair.

—Tranquilos, yo os espero aquí —dijo Svein, bajando la voz—. Si algo va mal, gritad “¡Fuego!”

—¿Y si nos amordazan? —pregunté.

—Entonces probablemente ya sea tarde —respondió, con una sonrisa traviesa.

No había timbre, así que empujé la puerta metálica. Estaba cerrada con llave.

—Voy a llamarle —dije, y busqué el contacto de Christine en mi teléfono.

No hizo falta, porque justo en ese momento, un hombre con un pijama negro salió, nos vio y volvió a entrar, seguramente para avisar a los otros.

Mientras esperábamos ahí fuera, me inundó una sensación desagradable, como si alguien me pasara una mano invisible y fría por la espalda.

Una mujer salió de la casa en ese momento.

Iba descalza, con un vestido amplio y oscuro, y llevaba el pelo canoso recogido en una trenza floja.

Tenía el típico aspecto de la gente de piel clara que lleva muchos años sometiéndose al sol mediterráneo: tez dorada, llena de manchas marrones y con arrugas demasiado profundas para su edad.

—Buenos días —dijo—. ¿Buscáis a alguien?

Abrió la puerta metálica con una llave y la cerró tras de sí al salir, mientras me repasaba de arriba abajo.

—Soy Vanessa —me presenté—. Vengo a traer un vestido para la señora Christine.

—¡Oh, querida, pero si eres tú! —dijo, abriendo los brazos—. ¿Cómo no te he reconocido? Me alegra que al final hayas decidido venir en persona. ¡Soy yo! Bienvenida.

Me abrazó y noté cómo algo se me cerraba en el estómago.

—Yo… —empecé a decir, escabulléndome de aquel abrazo tan incómodo—. También me alegro de verte en persona.

Christine alzó la mano.

—¿A que sí? Después de tantos mensajes, me muero de ganas por ver cómo te ha quedado el vestido…

¡y por conocer a la artista! Pasad, pasad…

solo un momento, abro la verja. La tenemos cerrada con llave para que no se escapen…

—dudó—, ¡los perros! Tenemos varios, aunque a estas horas están todos durmiendo por el calor.

Y hablando de calor, ¿os apetece beber algo?

Sus ojos se deslizaron entonces hacia Alistair. Y por un segundo, muy breve, vi algo oscuro que cruzaba su expresión, supuestamente abierta y alegre.

—Entra, entra tú también —le dijo, pero él no respondió. Parecía ensimismado, con la vista puesta en un punto lejano detrás de la casa.

—Tu pareja también puede pasar —añadió Christine, asumiendo que Alistair no hablaba su idioma, o que tenía algún problema de comunicación—. Aunque no lo veo del todo convencido, ¿no?

—Ah, sí, mi… pareja —Suspiré. Al final, Svein iba a salirse con la suya—. Vamos, Alistair… no seas tímido.

Alistair me lanzó una mirada tan acerada que, si hubiera sido un sable de luz, me habría fulminado. Pero no dijo nada y nos siguió dentro, y luego Christine volvió a cerrar la puerta con la llave, que después se guardó en un bolsillo del vestido negro.

Nada inquietante en absoluto.

Pero la buena noticia era que ya estábamos dentro. Lo de salir lo veríamos después.

Justo en ese momento, una joven de tez oscura salió de un cobertizo, y Christine la llamó chasqueando los dedos.

—¡Faria, ven aquí! ¿Me consigues una jarra de zumo de piña para estos visitantes, por favor?

La joven hizo una pequeña reverencia con la cabeza y volvió a desaparecer con un revuelo de faldas negras.

Christine señaló una larga mesa de madera rústica bajo un porche.

—Siéntate, por favor —le dijo a Alistair—. Faria te traerá algo fresco para beber. Y mientras tanto, tú puedes pasar conmigo a mi habitación, Vanessa… ¡me encantaría probarme por fin ese vestido!