Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 07
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Vanessa

El vestido terminado llegó apenas tres días después, a tiempo para convertirse en la piedra angular de mi plan.

Eulalia y yo éramos gemelas, pero siempre fuimos muy distintas. «El sol y la luna», nos decía mi tía Inés, que siempre fue como nuestra segunda madre.

Eulalia era el sol, y yo la luna.

Lali, solía llamarla yo.

Ella me decía que yo era “su otra mitad alocada”. Yo le decía que ella era la cabecita sensata de las dos.

Eulalia era práctica, decidida y siempre terminaba lo que empezaba.

Entendió pronto que el amor era una tontería para alguien como nosotras, y se dedicó de lleno a su fábrica de textiles: Hiladuras Martínez de la Cruz fue fundada en 1925 para dar trabajo a “mujeres sin marido”: era una forma curiosa de referirse a viudas sin ahorros, madres solteras y jóvenes huérfanas, que acudían a mi hermana en busca de un trabajo que les diera un sustento digno, algo difícil para mujeres como ellas en esa época.

Lo que pocos sabían hoy día era que Eulalia había sido la fundadora de esa empresa, hoy mucho más grande.

Todos asumían que Lali era alguna nieta del empresario original, algún Martínez de la Cruz con bigote, nacido en el siglo pasado.

Por supuesto, a nadie se le pasaba por la cabeza que una mujer hubiera fundado aquel próspero taller por sí sola. Y menos en 1925.

Pero Eulalia era así.

Yo, sin embargo… yo salí con muchos pájaros en la cabeza, como decía la tía Inés. Fui una niña hippie antes de que existiera la palabra hippie. Tuve que esperar hasta los años 60 para comprar mi pasaje de ida a Ibiza y unirme al movimiento.

A pesar de nuestras diferencias, Eulalia y yo habíamos aprendido a adaptarnos la una a la otra. Nos había costado casi un siglo, pero hoy día hacíamos un buen equipo.

Yo imaginaba.

Ella producía.

Yo vivía en una casa destartalada en una isla de eternas vacaciones.

Ella disfrutaba en su ático en el centro de Barcelona, con vistas a una ciudad tan cuadriculada como ella.

Nos separaba un mar y más de quinientos kilómetros de distancia, lo cual era perfecto porque así no nos peleábamos. Cuanto menos nos veíamos, más nos queríamos, como suele pasar con muchas familias.

Pero nadie cosía mis diseños como ella.

Supongo que, de algún modo, seguíamos estando interconectadas.

Esperé a que el mensajero se diera la vuelta y me fui corriendo a la cocina a buscar el primer cuchillo afilado que hubiese en el cajón. Rasgué la cinta adhesiva y abrí la caja de cartón con manos temblorosas.

Dentro de esta había un bulto suave envuelto en papel de seda, con un lazo dorado y una pegatina en tipografía anticuada con la inscripción “Martínez de la Cruz”.

Sobre esta, el sello con nuestro logo: una cruz solar con los cuatro brazos iguales, inscrita en un círculo de trazo irregular.

No era una cruz cristiana, ni de alguna secta dudosa, aunque muchos lo pensaran al verla.

Era un símbolo mucho más antiguo, que hablaba de ciclos y de pasos entre mundos, y de cosas que giraban, morían, y empezaban de nuevo.

Saqué el paquete con el vestido para Christine, confeccionado en una preciosa seda natural de color marfil. Debajo había otro, envuelto aparte en una bolsa sin lazos y con un sobrecito pegado encima: «Siempre juntas», ponía por fuera.

Dejé a un lado el vestido de mi clienta y abrí el paquete que Eulalia había enviado para mí. Contenía un vestido de color rojo oscuro, decorado con diminutas constelaciones de estrellas doradas.

Pero no eran estrellas. Era la cruz de nuestro emblema, bordada cientos de veces con hilo de oro para que imitase el firmamento.

Un vestido con nuestra marca y nuestra identidad familiar. Una muestra de amor… y probablemente, con intención de protección. Lo supe antes de leer su nota:

«Algo me dice que lo necesitarás.»

Sonreí y fui al dormitorio a probármelo.

Me quedaba perfecto.

Lo metí en la mochila de viaje que estaba preparando y comprobé que llevaba todo lo que necesitaba.

Por supuesto, no podía llevar armas ni venenos a donde íbamos. Se lo había dejado claro a Alistair, que había tenido varias rabietas mientras trataba de explicarle que no, no podía llevarse su espada, y no, tampoco podía presentarse con ese chaquetón de rarito vikingo que tanto le gustaba.

Durante el resto del día me dediqué a cerrar tantos asuntos pendientes como pude. Hablé con Mireia, mi dependienta de la tienda, y le pedí que se encargara del negocio durante un par de días mientras yo «me tomaba unas vacaciones».

Sobre las siete, el claxon de un vehículo me llamó desde la calle.

Mi acompañante no deseado llegaba puntual.

Tomé la mochila y puse el vestido de Christine en una bolsa de papel marrón con el nombre de mi tienda. Comprobé que todo estaba en orden y apagué el calentador de agua.

Era posible que tardase en regresar, si mi plan salía bien.

Luego cerré la puerta con llave, pasando todos los cerrojos. Esperaba poder volver a dormir en mi hogar muy pronto, pero con estas cosas, los imprevistos eran posibles.

Alistair esperaba fuera, con el motor en marcha. Más que un motor, aquello parecía un reactor nuclear. ¿Qué puñetas era eso?

Por supuesto, tenía un enorme Land Rover Defender de los años 80 que me trajo a la mente las fuerzas especiales del ejército, misiones remotas en África y, posiblemente, un viaje al fin del mundo.

Muy apropiado. No había esperado menos de alguien como él.

Para mi sorpresa, no estaba solo en su caja de hojalata reforzada.

En el asiento del copiloto había un tipo rubio nórdico, de aspecto sanote y cara de pescador de salmones. Seguro que se lo había traído solo para obligarme a sentarme en los asientos de detrás, y así vengarse de mi ofensa del último día.

Subí en aquel mamotreto con ruedas de mala gana. Habría sido mucho mejor usar mi coche, más pequeño y discreto, pero no tenía ganas de empezar la tarde discutiendo con aquel bruto.

—Hola —saludé, más por costumbre que por voluntad propia.

—¡Hola! —respondió alegremente el nórdico desconocido, con un dulce acento que no supe reconocer—. Yo soy Svein. ¡Encantado!

—Ah, hola Svein —contesté, un poco confundida—. Pensé que solo iríamos Alistair y yo. ¿Han cambiado los planes y nadie me ha avisado?

—Svein es mi ayudante —aclaró Alistair con un gruñido.

—Pensaba que tú eras mi ayudante —murmuré, pero Alistair me ignoró.

—A decir verdad, me he acoplado sin avisarle —confesó el otro tan tranquilo, ajeno a las pullas que volaban sin parar de un extremo a otro del coche—. Nos conocimos hace un par de meses en Noruega, e hicimos unos amigos comunes…

—Si te refieres a esos chupasangres remilgados, no son mis amigos ni por casualidad —lo corrigió Alistair.

Svein se rio y agitó la mano en el aire.

—¿No es un crack? —me dijo, y parecía que lo pensaba de verdad—. Tiene un humor tan oscuro, tan sutil…

Sí, tan sutil que era invisible, intocable… inexistente.

—En fin —Svein siguió parloteando—, que Alistair se vino para Ibiza y yo me quedé con nuestros amigos, recuperándome de unas lesiones, y luego los vampiros me dijeron que planeaban también pirarse a Ibiza a visitar a la family y yo me dije, “¡Svein, nunca has estado en España!” Y luego, “Svein, no tienes novia, tus viejos la han palmado, ¿qué leches te ata a este pueblo roñoso?” Así que, bueno, no tenía curro, y acababa de cobrar un trabajillo, y…

¡aquí que vine! Y como no conocía a nadie más en la isla, lo primero que hice fue llamar a Alistair, que es el tío más simpático que conozco en España.

Si Alistair era el tío más simpático que Svein conocía en España, eso me dejaba claro a cuánta gente más conocía Svein en el país (pista: entre cero y ninguno).

—Será nuestro contacto fuera de la casa —aclaró Alistair, casi como si le diera vergüenza que lo relacionaran con Svein—. Puede sernos útil si hay alguna urgencia.

—¡Claro tío! —Svein le dio una palmada en el hombro, y Alistair se mordió el labio como si le doliera, o le diera asco—.

Huy, perdona, se me olvidaba lo de la lesión.

Deberías haberte quedado con los vampiros.

Eran realmente buenos con las curas… Ya ves que estoy como nuevo.

En fin, tío, que podéis ir tranquilos. Yo os esperaré fuera, y guardaré tu pedazo de espada.

Solo llámame si la necesitas y te la lanzo por la valla.

Ah, así que era eso.

Ahora me quedaba todo un poco más claro.

Alistair era incapaz de dar un paso sin aquel espadón, que seguramente compensaba la escasa longitud de su diminuto miembro viril. Y se estaba aprovechando de este pobre inocente para que le hiciera de escudero.

—Vaya, qué suerte —comenté con ligereza—. Pues yo no me he traído a ningún paje real. Aunque creo que seré capaz de hacer mi trabajo yo solita, sin nadie que me cubra el trasero desde fuera.

—A lo mejor, dentro de un rato me lo agradeces —murmuró Alistair.

A lo mejor.

Pero preferiría morir devorada por un banco de pirañas que darle las gracias a ese bruto.

Además, estaba bastante segura de que podía colarme en la casa sin grandes problemas.

Había estado investigando acerca del lugar donde vivía Christine.

Según lo poco que pude encontrar, era una casa de retiros privada.

Y si alguien sabía desenvolverse en una comuna hippie, esa era yo.

Me sabía todas las canciones, los gestos y las costumbres.

Podía dormir en esterillas, trenzarme flores en el pelo y recitar mantras hasta la saciedad. Nada de eso era nuevo para mí.

Simplemente, me mimetizaría con ellos y les seguiría la corriente hasta que confiasen en mí. Una vez dentro, descubriría si tenían algún Prisma y dónde lo ocultaban. Y, a ser posible, me escaparía con él al primer descuido.

En teoría, sonaba bastante simple.

—¿Me explicáis cuál es exactamente vuestro plan? —preguntó Svein, apoyándose sobre el cabezal de su asiento mientras se giraba para mirarme mejor.